Los Estados crean dinero útil, pero abusan de él

En la política monetaria se deben evitar dos errores, depender demasiado de la demanda del sector privado o la del gobierno.

Billetes

Los países son los garantes del dinero en los distintos territorios, lo que se convierte en una herramienta muy poderosa con los ciudadanos, y también genera malos manejos.

Carlos Ortega/CEET

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mayo 31 de 2019 - 08:20 p.m.
2019-05-31

El Estado representa la más importante de todas nuestras innovaciones institucionales. Es el máximo garante de la seguridad. Pero su poder también lo hace aterrador. Por esta razón, las personas a veces fingen que es más débil de lo que es.

En un área de la economía, esto es particularmente cierto: en la monetaria. El dinero es una criatura del Estado.

La teoría monetaria moderna (TMM), una controversial explicación de esta verdad, es analíticamente correcta, teniendo en cuenta lo que no cubre debido a sus limitaciones. Pero donde no tiene cobertura es crucial: el dinero es una herramienta poderosa, pero puede ser objeto de abuso.

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L. Randall Wray de la Universidad de Missouri-Kansas City expuso estas ideas en su libro ‘Teoría Monetaria Moderna’. Estas ideas tienen los siguientes elementos fundamentales:
El primero es que los impuestos impulsan el dinero. Esta doctrina se llama ‘chartalismo’. Los gobiernos pueden obligar a sus ciudadanos a usar el dinero que emiten, porque es así como la gente paga sus impuestos. El dinero del Estado se convertirá, por consiguiente, en el dinero utilizado para las transacciones del país.

Los bancos dependen del banco del Gobierno — el banco central — como prestamista de última instancia. Los pagarés de los bancos — la forma predominante de dinero en las economías actuales — son sustitutos imperfectos de ese dinero soberano. Son imperfectos porque los bancos pueden volverse ilíquidos o insolventes y, por lo tanto, pueden fracasar. Es por eso que las crisis bancarias son comunes.

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El segundo es que, contrariamente a la sabiduría convencional, no existe una relación mecánica entre las tenencias de los pasivos del banco central por parte de los bancos (es decir, las reservas) y la creación de dinero bancario.

Desde la crisis financiera, los balances de los bancos centrales y las reservas de las instituciones financieras han crecido enormemente, pero los agregados monetarios más amplios no lo han hecho. La explicación es que el impulsor dominante de la oferta monetaria es la rentabilidad (ajustada al riesgo) de los préstamos, la cual es alta en tiempos de auge y baja en tiempos de contracción. La debilidad del crédito también explica por qué la inflación se ha mantenido baja.

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El tercer elemento fundamental es que los gobiernos nunca deben incumplir los préstamos en su propia moneda. El gobierno no necesita aumentar los impuestos o pedir prestado para hacer sus pagos ya que puede crear el dinero que necesita. Esto hace que sea sencillo que los gobiernos tengan déficits, a fin de garantizar el pleno empleo.

El cuarto es que solamente la inflación establece límites a la capacidad de gasto de un gobierno. Pero, si surge inflación, el gobierno tiene que restringir la demanda aumentando los impuestos.

Por último, los gobiernos no necesitan emitir bonos para autofinanciarse. El motivo de pedir préstamos es controlar la demanda, mediante la alteración de las tasas de interés, o el suministro de reservas a los bancos.

Este análisis es correcto, hasta cierto punto. También acarrea implicaciones para la política. Un gobierno soberano siempre puede gastar con el fin de apoyar la demanda. Nuevamente, la expansión del balance del banco central no hace que una alta inflación sea probable, y mucho menos que sea inevitable.

Algunos creyentes en la TMM argumentan que el poder para crear dinero debiera usarse para ofrecer una garantía universal de empleo o para financiar programas como el ‘Nuevo Trato Verde’ propuesto por los demócratas en EE. UU. Pero tales ideas no se desprenden de su análisis. Éstas son sólo sugerencias acerca de adónde debiera gastar el Estado.

¿Cuáles son, entonces, los problemas de la TMM? Éstos son de dos categorías: económicos y políticos. Una dificultad económica importante, evidenciada por la dolorosa experiencia occidental en la década de 1970, es que es difícil saber dónde se encuentra el ‘pleno empleo’.

El exceso de demanda puede existir en algunos sectores o regiones, y una demanda deficiente en otros sectores. El pleno empleo es un rango altamente incierto, no un punto único.

Un error económico aún más importante es ignorar las expectativas que impulsan el comportamiento de las personas. Supongamos que los tenedores de dinero temen que el gobierno esté preparado para gastar en sus más altas prioridades, independientemente de cuán sobrecalentada pueda llegar a estar la economía. Supongamos que los tenedores de dinero temen que el banco central también esté totalmente sujeto a los caprichos del gobierno (lo cual ha ocurrido con bastante frecuencia en el pasado).

Entonces, es muy probable que abandonen el dinero en favor de algún otro activo, provocando una moneda en colapso, precios de activos al alza y una creciente demanda de bienes duraderos. Puede que esto no conduzca a una hiperinflación. Pero pudiera conducir a un aumento de alta inflación, la cual se vuelve arraigada. El enfoque de los proponentes de la TMM en los balances y su indiferencia ante las expectativas que guían el comportamiento representan errores garrafales.

Estos errores son económicos, pero existe un error político relacionado, y mucho peor, tal como lo ha argumentado Sebastian Edwards, de la Universidad de California en Los Ángeles. Si los políticos piensan que no tienen que preocuparse por la posibilidad de incumplimiento, sino solamente por la inflación, su tendencia puede ser suponer que la producción puede ser mucho más alta, y el desempleo mucho más bajo, de lo que es posible sin desencadenar un aumento de la inflación.

Eso les sucedió a muchos países occidentales en la década de 1970. Ha ocurrido con más frecuencia en los países en desarrollo, especialmente en Latinoamérica. Pero las consecuencias económicas y sociales de los grandes picos en la inflación pueden ser extremadamente perjudiciales.

Sin embargo, lo mismo es cierto en el caso de un alto desempleo. Así es que, al administrar una economía monetaria moderna, hay que evitar dos graves errores. Uno de ellos es depender demasiado de la demanda del sector privado, ya que eso puede fácilmente resultar en fluctuaciones altamente destructivas.

El error opuesto es depender demasiado de la demanda liderada por el gobierno, ya que eso puede generar destructivas fluctuaciones inflacionarias.

La solución, casi todo el tiempo, es delegar la discreción necesaria a los bancos centrales independientes y a los reguladores financieros. Sin embargo, los partidarios de La TMM tienen razón en que durante un período de demanda privada estructuralmente débil (como en Japón desde 1990) o en una profunda caída, un gobierno soberano debe y puede actuar, por sí solo o en cooperación con el banco central, para compensar la debilidad privada. Entonces no existe razón para temer las restricciones. Debiera simplemente seguir adelante.

Martin Wolf

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