Moniquirá, el pueblo colombiano que huele a guayaba

Sus habitantes afriman que esta localidad es la cuna donde nació el bocadillo.

Bocadillo

A pesar de que este pueblo es la cuna del bocadillo, los trabajadores de la región aseguran que las condiciones laboraes son muy precarias.

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diciembre 20 de 2019 - 08:00 p.m.
2019-12-20

El pueblo colombiano de Moniquirá, a tres horas de Bogotá por carretera, reivindica ser el municipio más dulce del país y la cuna del ‘bocadillo’, la confitura hecha de pulpa de guayaba y de panela.

La mayoría de los 24.000 habitantes de esta localidad viven del cultivo de plátano, yuca y caña de azúcar en sus pequeñas parcelas y su posterior venta en el mercado, aunque los bajos precios, el abandono institucional y la falta de relevo generacional amenazan con diezmar el campo.

En este contexto, los campesinos y habitantes del municipio, ubicado en Boyacá, buscan ensalzar el patrimonio natural y gastronómico, e incentivar el turismo de aventura para impulsar la economía local.

El olor de la guayaba impregna los pasillos de la fábrica de bocadillos La Moniquireña, donde cada domingo llegan unas 50 cajas de esta fruta dulce y tierna que se hierve, se mezcla con panela y se enfría hasta convertirse en tableta.

El propietario del negocio, Libardo Villamil, explicó que “el bocadillo nació en Moniquirá, aunque poco a poco llegaron a las fábricas vecinos del municipio de Vélez y de Barbosa. Aquí aprendían la técnica y después creaban allá sus negocios. Al final se popularizó en esos sitios”, señaló.

El edificio está inusualmente vacío porque sus trabajadores compiten en la plaza para ver quién empaca más rápido los dulces en su tradicional envuelto de hojas de bijao, como parte de la edición 104 de la Feria del Dulce y Bocadillo de Moniquirá.

Justamente el bijao, una planta que crece en el trópico, es uno de los cultivos típicos del pueblo. Sus habitantes recogen las hojas y las blanquean para después venderlas en el mercado por un precio irrisorio.

Un jornalero puede ganar “unos 150.000 pesos a la semana”, señaló Guillermo Luis, un campesino que lamenta también los bajos precios del café y la caña de azúcar con la que se hace la panela, de los que Moniquirá es el principal productor en Boyacá.

“Como el precio es muy barato, la gente se retira de la producción porque se quiebra, yo hasta vendí mis mulas y tampoco los jóvenes quieren trabajar en el campo porque no hay ningún incentiv”", detalló el jornalero, que trabaja en una finca rodeada de hojas de plátano y gallinas cacareando en libertad.

La fruta de guayaba se transporta desde otras localidades ya que “las plantas se dejaron de cultivar porque se las comió el picudo”, un insecto de Asia, y ahora necesitan “crear alianzas con el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) para recuperarlas”, explicó.

OPORTUNIDADES

Ante este panorama, las nuevas salidas económicas atraen a emprendedores como Fernando Cáceres, uno de los guías de la operadora Finca Ecoturística de Aventura y Ecoaventura’, que descubre a los visitantes de Moniquirá un recorrido paisajístico con más de 15 cascadas y senderos.

En el Salto del Zorro los turistas pueden hacer rapel, caminar entre los arbustos y bañarse en un pozo de agua cristalina, mientras que en la Cascada del Cajón, de 76 metros de altura, pueden quitarse el sudor de las travesías por las montañas en las quebradas.

Cáceres también se ocupa de descubrir lugares olvidados como el montículo donde se libró la penúltima batalla de la Guerra de los Mil Días, la última contienda que marcó el paso de Colombia del siglo XIX al XX.

Ese suceso se recuerda con un cartel de madera y un obelisco ennegrecido por el descuido. Contra este olvido lucha también el proyecto del Fondo Nacional de Turismo, que financia campañas para ensalzar la belleza de Moniquirá y los proyectos ecoturísticos.

Este guía construyó con otros compañeros una estructura metálica para que los visitantes ávidos de adrenalina salten desde el Alto del Mazamorral en unos 60 metros de caída libre y, si el miedo lo permite, desde allí otear todo el valle. Ese valle está marcado por las imágenes de fincas campesinas y plantas tropicales y por el olor a guayaba que se escapa de la fábrica y humedece la plaza de Moniquirá.

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