Vivir solo es cada vez más común en Colombia

Aunque este comportamiento no es exclusivo de la vejez, la proporción de personas mayores que viven solas se duplicó entre 1973 y 2005.

Piense ya en su vejez y ahorre en pro de ella. Entre más se tarde, más tendrá que destinar al mes para este fondo.
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agosto 08 de 2019 - 09:40 a.m.
2019-08-08

El aumento de los hogares conocidos como unipersonales no es algo exclusivo en la edad provecta, pues también se da entre jóvenes y adultos, de manera que su número total pasó de significar el 11 por ciento de los hogares en 2005 al 18 por ciento en el 2018.

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La tendencia a vivir solo es de carácter global: entre 1996 y 2011 el número de personas que viven solas en el mundo pasó de 153 a 277 millones. Este fenómeno se relaciona con el descenso en las tasas de fecundidad, con el aumento de la esperanza de vida, con el proceso acentuado de la individuación de las sociedades, con la expansión de los sistemas de seguridad social y con otra serie de cambios culturales, entre las cuales se incluyen las nuevas formas de organización de la familia y la incursión masiva de la mujer al ámbito laboral.

El aumento de los hogares unipersonales en la vejez es un asunto que debe tener en cuenta cualquier gobierno, porque tiene implicaciones directas sobre la calidad de vida de estos individuos, la de sus familias y la de la sociedad en general. Por eso y, por ejemplo, para poder responder a las demandas de los 9 millones de personas que viven solas en el Reino Unido (13,7 por ciento de la población total), el gobierno de Theresa May inauguró un ministerio de la Soledad. Según cálculos, en Inglaterra, la mitad de los adultos mayores de 75 años viven solos, unos dos millones de personas.

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Mientras que para algunos vivir solo significa la oportunidad de realización personal o de fortalecer los lazos sociales, para otros se trata de una situación dolorosa y frustrante que suele tener graves consecuencias de salud, especialmente de salud mental. La diferencia entre unos y otros depende de las condiciones socioeconómicas, de las redes de solidaridad, de los niveles de autonomía y del significado que estas personas le otorgan a la vejez.

EL CASO COLOMBIANO

Lamentablemente, en países como el nuestro, donde prima la desigualdad en los sistemas de seguridad social, vivir solo rara vez es una oportunidad para el desarrollo autónomo, pues en la mayoría de los casos aumenta los riesgos de pérdida de bienestar, enfermedad y aislamiento social.

Que la mayoría de personas mayores vivan solas en el mundo occidental desarrollado es consecuencia de un proceso largo (150-200 años) de industrialización y urbanización que fue modernizando las relaciones sociales. Por eso, en este tipo de sociedades la mayoría de las personas mayores solas viven en las grandes ciudades y disfrutan de independencia física y económica, lo cual facilita su desarrollo autónomo.

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En contraste, en Colombia este tipo de hogares no surgió de forma lenta y progresiva, sino acelerada (entre 50 y 80 años). Además, los procesos de modernización fueron mucho más lentos y fragmentados. Como consecuencia, los hogares unipersonales no se encuentran tan igualmente concentrados en las ciudades y no disfrutan en un grado comparable de independencia física y económica. De hecho, tanto en las zonas rurales como en las ciudades del país estos hogares tienden a encontrarse en condición de pobreza. Por ejemplo, de cada 10 mayores de 60 años, apenas dos reciben pensión, o sea que otros ocho dependen sobre todo de familiares, amigos o vecinos. Esto no solo afecta el bienestar de los adultos mayores, sino también el de sus familiares, que se ven obligados asumir las funciones de protección que debería asumir el Estado.

Como en el mundo entero las mujeres tienen una expectativa de vida mayor que la de los hombres, ellas son más propensas a vivir solas en la vejez. Pero en Colombia no es necesariamente así: aunque en 2017 la esperanza de vida femenina era de 81,1 años, y la masculina, de 75,4, los hombres tienen más probabilidad de vivir solos en la vejez. Esto se debe a que históricamente ellos han tenido más acceso al trabajo remunerado, lo que les permite seguir vinculados al mercado –generalmente informal– después de cumplir la edad de pensión. En contraste, las mujeres, especialmente aquellas que han perdido a sus parejas, viven acompañadas por sus hijos o hermanos y continúan cumpliendo una función de apoyo y cuidado, especialmente de sus nietos.

Tanto la situación de los hombres como la de las mujeres resulta sumamente problemática porque deteriora su bienestar y limita su autonomía personal. Según varias investigaciones publicadas en los últimos años, la soledad es tan perjudicial para la salud como fumar 15 cigarrillos al día.

¿QUÉ HACER?

La residencia independiente es importante porque invita a la reflexión en torno a la economía de la vejez, y porque impulsa su expansión y generalización hacia el futuro.
El principal problema del aumento precipitado en el número de hogares unipersonales consiste en no otorgarnos el tiempo necesario para adecuar las condiciones sociales, económicas e institucionales a sus necesidades. Especialmente, los servicios médicos y domiciliarios requeridos para compensar la ausencia de otras personas en la misma residencia, algo que era habitual en los hogares durante la primera mitad del siglo XX.

Hasta el momento, las acciones del Estado se orientan por una idea de familia que no reconoce los cambios en su composición y en su funcionamiento. Por eso, la ruptura de las solidaridades fundadas en el parentesco no ha sido compensada por el desarrollo de solidaridades institucionales ni comunitarias basadas en los derechos de esta población.

Mientras que la sociedad no reconozca este tipo de hogares, no será posible promover mecanismos que apunten con eficacia hacia la integración social y el bienestar individual y colectivo de la población mayor. En consecuencia, las familias seguirán asumiendo cargas que corresponden al Estado, sin contar con apoyos formales ni informales.

Esto podría intensificar los sentimientos de soledad, la violencia intrafamiliar y la depresión, pues históricamente las solidaridades han sido fundamentales para la supervivencia, reproducción y conservación de las sociedades humanas. En este sentido, los arreglos residenciales también son un indicador fundamental de integración y cohesión social.

Por otra parte, se deben identificar con precisión los riesgos diferenciales que corren hombres y mujeres cuando viven solos o acompañados, para poder adoptar las medidas adecuadas. Así mismo hay que tener en cuenta que las generaciones mayores de 60 o 65 años en la actualidad nacieron durante la primera mitad del siglo XX, de manera que vivieron cambios significativos asociados con la urbanización e industrialización, la expansión de la escolaridad, la participación de la mujer en la educación, el trabajo y la vida pública y la institucionalización de la seguridad social, entre otros. Todos estos cambios afectaron sus experiencias y sus aprendizajes, así como sus posibilidades y oportunidades para acceder a los servicios de distinta índole.

En suma, los hogares unipersonales se produjeron más por las modificaciones simbólicas que ocurrieron a lo largo del siglo XX –como los cambios en los sentidos de obligación dentro de la familia o los procesos de individualización– que por las condiciones económicas e institucionales del país.

Esta forma de vida ha comenzado a generalizarse, así no existan la seguridad económica ni las solidaridades formales e institucionales necesarias para que se realice de manera digna y autónoma.

ÁNGELA JARAMILLO -RAZÓN PÚBLICA

* Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Javeriana, socióloga de la Universidad Nacional, magíster en Estudios de Población y doctora en Estudios Sociales de la Universidad Externado de Colombia.

(Razón Pública es un centro de pensamiento sin ánimo de lucro que pretende que los mejores analistas tengan más incidencia en la toma de decisiones en Colombia).

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