VIERNES, 01 DE MARZO DE 2024

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Horacio Ayala Vela

¿El buen vecino?

Por desgracia, junto con Chile estamos padeciendo de la enfermedad del crimen importado. 

Horacio Ayala Vela
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Horacio Ayala Vela

El área de Colombia equivale aproximadamente a una vez y media el área de Chile y su población no llega al 40% de la población colombiana. Sin embargo, sus cifras macroeconómicas son superiores a las nuestras en casi todos los aspectos.

Por ejemplo, el PIB per cápita en 2022 fue de €14.639 y el nuestro €6.324. El porcentaje de deuda sobre el PIB fue 37,98% contra 64,04% para nuestras maltratadas finanzas. En general, todas sus cifras son sustancialmente mejores que las nuestras. A lo cual se agrega la calidad de vida.

Tuve oportunidad de vivir allá algún tiempo y regresé recientemente para observar, con envidia, la modernización del país y su aporte al bienestar de los ciudadanos. Da tristeza, pero además enorme vergüenza, ver como todos los días los medios de comunicación están revelando los enormes negociados y la infinidad de pícaros que en nuestro país se roban los impuestos que pagamos los contribuyentes. A las ya envidiables avenidas y carreteras de Chile se agregan muchos túneles y otras obras modernas, que hacen sentir al visitante en el Siglo XXI. En especial los habitantes de Bogotá seguimos preguntando por el destino de nuestros impuestos, porque las obras suspendidas, la inseguridad y el desaseo nos están haciendo retroceder al pasado.

Por desgracia, junto con Chile estamos padeciendo de la enfermedad del crimen importado. Recientemente, en menos de un mes asesinaron a tres carabineros en Chile y todo hace pensar que los autores pertenecen a mafias venezolanas. No se trata de estigmatizar a los vecinos, pero infortunadamente en Colombia hemos tenido experiencias similares, de manera que es inevitable, al menos suponer, que la desgracia que ha venido sufriendo ese país está afectando a sus vecinos.

Los politiqueros ignorantes no parecen conocer las diferencias entre las relaciones diplomáticas y las relaciones consulares, y por eso cerraron unas fronteras de más de 2.200 kilómetros, obligando a los migrantes -los honestos y los demás- a buscar atajos para cruzarlas. Lo elemental y lo inteligente era dejar mecanismos que permitieran los cruces de información entre los vecinos, para evitar en lo posible la invasión de antisociales que ha venido afectando a varios países de Suramérica.

Poco o nada podía hacer una figura política designada como presidente en la sombra, a quien nadie obedecía, carente de facultades para intervenir en los asuntos de gobierno. En vez de organizarse electoralmente para derrotar al dictador, los opositores optaron por la solución más simple: nombrar un presidente honorario para contarle al mundo que estaban ejerciendo la democracia en Venezuela, pero fuera de sus fronteras.

Ojalá el gobierno de Colombia entienda que el hecho de nombrar embajadores en los dos países no significa que a Venezuela haya llegado la democracia y que podemos vivir felices, como buenos vecinos, con ese lastre de por medio.

HORACIO AYALA VELA
​Consultor privado

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