close
close
Miguel Gómez Martínez

Guerra al mamarracho

Cuando las cosas son bonitas la gente tiende a protegerlas y adueñarse de ellas como si fueran propias.

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
noviembre 03 de 2021
2021-11-03 12:22 a. m.
https://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/05/56b4c55d1afeb.png

El arte debe formar parte integral de nuestra vida. La dimensión estética es una de las características que diferencian al ser humano de las demás especies. Somos seres sensibles a la belleza que nos llena de alegría, placer, serenidad y admiración. Vivir en un entorno bello hace las cosas muchos más agradables.

Si fuera alcalde, le declararía la guerra al grafiti. Dejo bien claro que no me estoy refiriendo a los murales que artistas, de renombre o sin él, dibujan en espacios públicos. Sin entrar en la discusión sobre su calidad pictórica, esas expresiones hay que promoverlas. Debería haber en cada barrio un espacio donde la gente con inclinaciones artísticas pueda expresarse. La alcaldía debería organizar concursos y premiar a los mejores artistas que muy seguramente podrían llegar a la celebridad.

Pero la guerra sin cuartel hay que declararla al grafitero que, armado con un spray, mancha con un garabato sin gracia ni arte un bien público. Esa persona no es un artista ni tiene sensibilidad. Es un ser egoísta y negativo que deteriora un bien que pertenece a la sociedad por el placer de hacerlo. Su garabato no es tampoco una señal de protesta porque no transmite ningún mensaje ni tiene sentido político. Ese grafitero es un ser antisocial que, amparado en la impunidad y la oscuridad, daña lo que es de todos. Probablemente le produce satisfacción el saber que ha ensuciado una pared, el mobiliario público, un local o un vehículo. Pero su placer es un insulto a los demás.

Mientras peor administrada está una ciudad, más sucia y llena de grafitos tiene. Mucho se ha escrito sobre el impacto que tiene el descuido de lo público en la calidad de vida. James Wilson y George Kelling, siguiendo los trabajos del sicólogo Philip Zimbardo, formularon en 1982, la Teoría del Síndrome de la Ventana Rota. Según estos investigadores, “la existencia de ligeras violaciones de las normas y leyes, ‘delitos menores’, actitudes antisociales o simplemente desorden, crea un ambiente donde poco a poco van apareciendo delitos o crímenes cada vez más graves”.

A nuestras ciudades les falta casi todo: planeación, seguridad, infraestructura, parques, espacio público sin vendedores, jardines, flores, obras de arte. Les sobran ladrones, huecos, basuras y… grafitos.

Algunos me dirán que, frente a la magnitud de los problemas de nuestras metrópolis, el tema de los mamarrachos no debería ser una prioridad. Discrepo de esa opinión. Lo público debe ser limpio, ordenado, seguro y, de ser posible, hermoso. Porque lo que es de todos debe producir placer y no rechazo. Ver una ciudad como Bogotá pintorreteada por vándalos debilita el compromiso que todos debemos tener por el respeto del lugar donde vivimos.

Cuando las cosas son bonitas la gente tiende a protegerlas y adueñarse de ellas como si fueran propias.

MIGUEL GÓMEZ MARTÍNEZ
​migomahu@hotmail.com

Destacados

  • OPINIÓN
  • NEGOCIOS
  • MIS FINANZAS
  • TENDENCIAS

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes