María Carolina Lorduy

¿La contrarrevolución digital?

Contrario a lo que las mismas empresas consideraban debía ser el mundo de los negocios (frío, insensible, antipático), hoy empiezan a tener corazón.

María Carolina Lorduy
POR:
María Carolina Lorduy
abril 21 de 2019
2019-04-21 02:26 p.m.
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Big data, inteligencia artificial, algoritmos, nativos digitales, inmigrantes digitales, BI, BA, todos son términos que se han puesto de moda a raíz de la exponencial transformación de este planeta en de la denominada ‘revolución digital’, esa que se ha desarrollado a la par de dos generaciones –millennials y centennials–, aparentemente compuestas por seres introspectos, solitarios y autónomos que observan con recelo a otros seres –como yo– que aún necesitamos a la familia, los amigos, un abrazo apretado de vez en cuando y mucha interacción humana para sentirnos vivos. Esos, a los que les debemos parecer, además de brutos tecnológicos, unos especímenes pusilánimes, dependientes y sentimentaloides. En resumen, patéticos.

Pues bien, resulta que las empresas que van a la vanguardia con la revolución digital están descubriendo que la clave para atraer a ese talento inconforme y tan carpe diem (vive el día) que asusta, es una palabrita, por décadas vetada en los ambientes laborales, considerada propia de libros de autoayuda y de aquellos que, a falta de habilidades ‘verdaderas’ se iban por el lado emocional del ser humano: felicidad.

Si señores, tal cual. La felicidad, que antes estaba reservada para el fuero interno, ha sido rescatada de lo recóndito de los espacios modulares para ser ahora el centro de la oferta de las empresas y atraer a los mejores talentos de esas dos generaciones, que andan por ahí desperdigados en el mercado, con fama de trasegar de una empresa a otra, dándose el lujo de rechazar ofertas porque no encuentran un lugar que los satisfaga suficientemente y porque poco les importa andar ahorrando para el futuro, la pensión, los hijos y todo lo demás que obsesiona a las generaciones anteriores. Esos seres hoscos, asociales y escépticos, también están en busca –como todos– de la famosa felicidad.

Pero, ¿qué es hoy la felicidad? Sin entrar en divagaciones filosóficas sobre si la felicidad existe o no, si es un estado permanente o una chispa fugaz y delusoria, la felicidad de las nuevas generaciones no es, como en las anteriores, atesorar dinero para luego comprar afectos. Esta nueva felicidad trae implícito lo vivencial, lo experiencial, lo lúdico, y otra serie de términos que nadie entiende, pero que envuelve una búsqueda del sentido del existir, que solo se encuentra en la sensación de ser útil, de una u otra manera, a la sociedad. Mucho nos tardamos en entender esto, pero ahí vamos. El significado de felicidad cambió en el mundo, y también lo está haciendo en un país típicamente arribista, consumista y clasista como el nuestro.

En este contexto, las empresas, esas que se supone no tienen ‘alma’, lentamente empezaron a darse cuenta de que no bastaba con buscar gente llena de diplomas o con grandes habilidades técnicas. Que el conocimiento y los años de experiencia son hoy solo un aspecto, a veces ni siquiera el preponderante, de lo que las compañías requieren para ir al ritmo de lo que demanda el angustioso devenir del planeta. Un estudio del grupo Manpower, mostró que los presidentes y gerentes de las organizaciones, en el mundo, hoy se lamentan de la escasez de candidatos para sus puestos de trabajo, pero no solo por falta de experiencia, sino por de competencias técnicas y, cada vez con mayor relevancia, de la carencia de habilidades sociales.

Esas habilidades sociales (soft skills o competencias blandas), en realidad, resultan siendo las más duras. Lo técnico y lo teórico se memoriza, se aprende y se repite, pero las habilidades de comunicación, liderazgo, trabajo en equipo, actitud de servicio al cliente y de colaboración no se memorizan, no se ensayan, no se programan. Se desarrollan, observan, interiorizan, prueban y contraprueban, se logran con éxito o se fracasa en ello. Y esas competencias están directamente relacionadas con el éxito o el fracaso de una empresa, con sus pérdidas o ganancias en productividad y, por supuesto, en dinero.Porque muchos de los conflictos en los ambientes laborales se originan no en diferencias sustanciales alrededor de temas fundamentales, sino en problemas de comunicación, fallas de liderazgo, imposibilidad de trabajar en equipo, retrasando así los procesos y deteriorando los ambientes de trabajo, lo cual redunda en deserción, apatía y, en últimas, en pérdidas enormes de productividad.

Es también por eso que la educación virtual, tan de moda hoy, merece una revisión. La humanidad viene –tímidamente, como cuando uno no quiere aceptar que se equivoca– dándose cuenta de que esta es excelente para entregar conocimiento y dar acceso cuasi universal al mismo (incluso gratuito o a precios muy accesibles). Pero, por una parte, carece de un componente básico para aplicar el conocimiento, el saber comunicarse, y, por otra, castra, casi por completo, la capacidad de innovar, pues para esto debemos estar expuestos a retos, los cuales casi nunca se presentan en solitario, los desafíos más útiles los propone la interacción con los demás.

La educación virtual es una excelente herramienta complementaria de un proceso de formación, pero jamás logrará por sí sola desarrollar personas aptas para desenvolverse adecuadamente en el mundo laboral.El modelo de educación debe ir corriendo a la par, o incluso a la avanzada, del desarrollo tecnológico, debe actualizarse día a día para dar la talla y no quedar ‘desuetos’, pero debe urgentemente recuperar su componente fundamental: la virtud de hacernos seres capaces de interactuar con otros, de sentir empatía hacia los demás, de comunicarnos adecuadamente. Somos seres sociales, y los millennials y los centennials no son la excepción. Esto no solo redunda en la felicidad de las personas, sino en la productividad de las organizaciones.

Contrariamente a lo que las mismas empresas consideraban debía ser el mundo de los negocios: frío, insensible, antipático, hoy felizmente –por necesidad o por convicción– parece que empiezan a tener corazón, a dejar de temerle a términos como ‘felicidad’ o ‘pasión’, y están en plan de abrazar con amor a sus empleados y a apreciar lo que estos ‘son’, más allá de lo que ‘saben’. Me atrevo a decir que tenemos el privilegio de estar presenciando la contrarrevolución digital.

En cuanto a las generaciones anteriores, enhorabuena llegaron la reinvención, la disrupción creadora, la innovación personal y demás términos acuñados para justificar el hecho simple de que no estamos obligados a seguir nuestro tedioso destino.

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