América Latina: la otra batalla entre China y Estados Unidos

A Colombia le corresponde diversificar mercados y buscar una mayor inserción en Asia, pues nuestros pares regionales han avanzado más rápido.

China

Así al Tío Sam le moleste, todo apunta a que el dragón chino seguirá batiendo sus alas en esta parte de la cuenca del Pacífico.

AFP

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septiembre 20 de 2020 - 11:07 a. m.
2020-09-20

El avión de color azul y blanco, con una franja dorada en la mitad, que aterrizó en la noche del viernes en el aeropuerto El Dorado trayendo en su interior al secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, acabó con una larga sequía en materia de bienvenidas protocolarias. Como lo señalaron los observadores, se trató de la primera visita en más de seis meses de un funcionario extranjero de primera línea al territorio nacional.

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Aun así, mascarillas y distanciamiento confirmaron que la nueva normalidad cobija a las relaciones internacionales, que ahora tienen lugar en otros escenarios. Por cuenta de la pandemia que redujo los contactos personales a su mínima expresión, la diplomacia cara a cara ahora exige al menos dos metros de espacio, cuando no debe adaptarse a la virtualidad, tal como le sucedió a las Naciones Unidas, cuya asamblea general anual transcurre en el ciberespacio.

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Ese hecho hace más significativa la presencia del enviado de Donald Trump, quien cerró en Bogotá una gira que lo llevó a Surinam, Guyana y Brasil, escalas en donde envió varias veces el mismo mensaje. El más sonoro se le dirigió a Nicolás Maduro, quien volvió a recibir una invitación a dejar el poder. Pero también fue clara la advertencia sobre China, lo cual llevó a Pekín a decir que la mano derecha de Donald Trump busca “sembrar discordia” en la región.

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Aunque el cruce de salvas entre las dos principales potencias del planeta resulta usual desde hace un tiempo, es claro que la tensión se extiende a América Latina. Washington no ve con buenos ojos que se le metan en su patio trasero y menos ahora que la Casa Blanca sigue alimentando la hoguera con acciones y palabras dirigidas al que ahora es su gran adversario, al otro lado del océano Pacífico.

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Guerra comercial, prohibición de inversiones, cierre de consulados y limitación de frecuencias aéreas son algunas de las armas utilizadas en las que promete ser una confrontación de largo aliento. Para los expertos, lo que está en juego es nada menos que la supremacía mundial a lo largo del siglo XXI.

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Aunque la batalla no ocurrirá necesariamente en el terreno militar, armamentista o ideológico, como pasó con la antigua Unión Soviética, sino en el económico y tecnológico, esta va a ser intensa y puede dejar daños colaterales. El mayor riesgo es que se obstaculicen los flujos de intercambio de bienes y de capitales, limitando el acceso a diversos mercados y las posibilidades de progreso.

SI POR ALLÁ LLUEVE

Semejante escenario puede sonar lejano en Colombia, cuyas urgencias inmediatas son de otra índole. Sin embargo, las estadísticas confirman que la nación asiática no solo es el segundo socio comercial, sino que desde hace un tiempo relativamente corto el país comenzó a recibir inversiones chinas importantes que se expresan no solo en un grupo de empresas cada vez más amplio, sino en varios proyectos de gran envergadura.

La lista es larga y comienza con el metro de Bogotá, la obra de infraestructura de mayor costo en la historia del país. En el mismo segmento está el Regiotram de Cundinamarca y la autopista Mar 2, una de las concesiones de cuarta generación, a la cual se le podrían sumar las del fracasado grupo Solarte.

De otro lado, aparece una fuerte presencia en telecomunicaciones, a través de nombres tan conocidos como Huawei –proveedor de celulares y redes para telefonía móvil–, ZTE, Hytera, TP Link, Vivo o Xiaomi. En energía se encuentra Hydro Global, que desarrolla una iniciativa hidroeléctrica en el Chocó, mientras que en minería Zijin Mining pagó 1.400 millones de dólares por una compañía que explota un yacimiento en Buriticá, en Antioquia.

A lo anterior hay que agregarle a CMIG International que se quedó con los activos de Old Mutual en el área financiera, a Didi en el transporte de personas o a marcas de vehículos como BYD –especialista en buses eléctricos–, al igual que JAC, Chery, Haima, Changan y DFSK. El cálculo es que el número de compañías supera con facilidad las setenta.

Aunque se corre el peligro de sumar peras y manzanas, puede decirse con un alto grado de certeza que hay cerca de 10.000 millones de dólares involucrados en operaciones de diverso tipo. No todo ese dinero ha llegado, pues en ciertos casos hay emprendimientos que tomarán años en madurar.

Según el Banco de la República, el flujo acumulado de la inversión directa de China en Colombia ascendió a 277 millones de dólares entre enero de 2000 y junio de 2020. Como proporción del total, esa cifra representa apenas un 0,14 por ciento, que es un guarismo bajo. Quienes saben del asunto advierten que la explicación es que los registros identifican el país de donde viene el dinero y no donde se toma la decisión de girarlo, por lo cual en más de un caso aparece Panamá o algún paraíso fiscal, así su remitente sea una firma de capital de la República Popular.

No hay duda de que estamos en la mira. En opinión de Margaret Myers, directora del programa de Asia y América Latina en el Diálogo Interamericano en Washington, lo sucedido “refleja el trabajo de ciertas instituciones colombianas para hacer conexiones y también un importante proceso de aprendizaje de parte de las compañías chinas”.

Y es que después de varios años, en esta parte del mundo ha tenido lugar una adaptación hacia mecanismos más sofisticados. Eso lo evidencia “tomar parte en asociaciones público privadas (APP) con frecuencia creciente, en lugar de apoyarse en créditos atados, lo cual pasa por juntarse con empresas internacionales cuando hace sentido, como es el caso del metro de Bogotá”, añade Myers.

Para Lan Hu, el embajador en Bogotá, “el crecimiento de la inversión china en Colombia es el resultado de la creciente apertura y atracción de un país que goza de condiciones favorables como estabilidad política, desarrollo económico y un sistema legal sólido”. El enviado de Pekín asegura que lo que hacen las firmas de su país “no es una simple inversión de capital o contratación de obras, sino que a través de proyectos APP y otros traen tecnología y administración más avanzada, en aras de colaborar con el pueblo colombiano por un mayor desarrollo”.

En paralelo, se observa un estrechamiento de los vínculos comerciales. “El intercambio económico se volvió importante en los últimos diez años, pero sobre todo en los últimos cuatro las exportaciones colombianas a China han crecido 300 por ciento”, anota Guillermo Puyana, presidente de la Asociación Colombo China.

TENSIONES DE FONDO

Semejante evolución es un reflejo de cómo se ha movido el péndulo del poder económico hacia la zona del Asia Pacífico. Son varias las naciones de esa parte del mundo que han liderado los indicadores de crecimiento, pero no hay duda de que por su tamaño China está en una categoría aparte.

Basta recordar que genera un 17 por ciento del producto interno bruto global y que cuenta con casi 1.400 millones de consumidores, cuya calidad de vida ha cambiado sustancialmente en menos de cuatro décadas. Aparte de ser el mayor exportador de bienes, también es un enorme comprador de materias primas, con un gran impacto regional: adquiere el 78 por ciento de las ventas de soya de Brasil o el 41 por ciento del cobre que saca Chile, para solo citar un par de datos.

Como consecuencia, es uno de los dos principales destinos de las ventas externas de los países de América Latina, que se concentran en alimentos y minerales. Ese surgimiento tuvo lugar en lo corrido de este siglo y claramente ha sido de doble vía.

Los superávit acumulados y el mismo tamaño de sus empresas hacen lógico que la inversión china sea cada vez más relevante en el planeta. En muchos casos, los capitales se han enfocado en garantizar el abastecimiento de una nación deficitaria en bienes primarios. En otros hay la intención de impulsar transnacionales en los sectores más diversos.

Dicha evolución debería ser más acelerada ahora, por cuenta de la pandemia. Al tiempo que cerca del 90 por ciento de las economías en los cinco continentes entran en recesión, la china se encamina a cifras positivas en 2020, así estén por debajo del promedio observado desde comienzos de los años ochenta.

A lo anterior se agrega el despliegue de lo que varios analistas llaman la “diplomacia de la máscara”. Justo en el momento en que Estados Unidos parece estarse replegando y toma una actitud confrontacional, incluso con sus aliados más cercanos, Pekín logró dejar atrás el estigma de ser identificado con el covid-19. Para conseguirlo multiplicó sus donaciones de equipos de protección o ventiladores de uso médico, aparte de comprometerse a compartir las vacunas que está desarrollando.

En respuesta, Washington frunce el ceño y habla duro, pero no tiene mucho que mostrar más allá de una iniciativa para promover inversiones en las Américas, descrita como algo gaseosa. Lo anterior no desconoce que las tensiones están ocasionando cambios importantes que pueden convertirse en oportunidades para los países de este hemisferio.

De un lado, Estados Unidos recortó sus compras de productos chinos, pero esa disminución benefició a los exportadores latinoamericanos. Del otro, China también impuso barreras y eso la lleva a buscar otros proveedores.

Al mismo tiempo, es probable que algunas industrias decidan localizarse en estas latitudes, con el fin de disminuir el riesgo geopolítico y acceder al mercado estadounidense. Los menores costos laborales y la cercanía son argumentos que juegan en favor de la región.

Así las cosas, el mensaje es que a América Latina le conviene ser neutral en la confrontación de las superpotencias. Como afirma Margaret Myers: “Espero que las naciones del área no tengan que escoger entre agradar a Estados Unidos o agradar a China”.

Ello obliga mantener buenas relaciones con todos, no prestarse a los juegos de poder y defender los principios del regionalismo abierto. En caso de que Trump repita mandato y trate de volver realidad sus amenazas de desacoplarse de su antagonista al otro lado del océano Pacífico, habrá que mantener la cabeza fría y usar la diplomacia.

Volviendo a Colombia, lo que corresponde es diversificar mercados y buscar una mayor inserción en esa parte del mundo, pues nuestros pares regionales han avanzado más rápido. A este respecto, el ministro de Comercio, José Manuel Restrepo, subraya que “China, que hace diez años no aparecía todavía en los primeros diez destinos de las exportaciones colombianas, hoy ocupa el segundo puesto, con mucho más dinamismo que las del resto del mundo y menor dependencia de bienes minero energéticos”.

Café, aguacate, banano, pulpas de fruta, frutas secas y chocolates son renglones que muestran una muy buena dinámica. El desafío es ampliar ese abanico, y ojalá con artículos de mayor valor agregado y con el objetivo de equilibrar una balanza comercial que sigue siendo ampliamente deficitaria.

Por otra parte, es previsible que las inversiones sigan llegando y que eventualmente, una vez la pandemia quede atrás, los turistas. Nada de eso era así de claro hace cuatro décadas, cuando Bogotá y Pekín establecieron relaciones diplomáticas.

En ese lapso, las cosas han cambiado mucho, pero hay que reconocer que la historia apenas comienza. Y así al Tío Sam le moleste, todo apunta a que el dragón chino seguirá batiendo sus alas en esta parte de la cuenca del Pacífico.


RICARDO ÁVILA
Especial para EL TIEMPO
En Twitter: ​@ravilapinto

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