Así actúan los temibles colectivos chavistas en la frontera

El gobierno de Nicolás Maduro podría estar usando a estos grupos irregulares para aliviar la presión que asedia a los militares.

Venezuela

En los últimos tres días mencionarlos en los puentes fronterizos es sinónimo de terror.

AFP

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febrero 28 de 2019 - 03:16 p.m.
2019-02-28

Colectivo es un término general para describir grupos irregulares de izquierda en áreas empobrecidas y hay docenas en toda Venezuela. Se originaron en los movimientos guerrilleros urbanos de la década de 1960 y luego se reagruparon en barrios marginales haciendo trabajo comunitario, vigilantismo y educación política.

Círculos viciosos Hugo Chávez, el difunto expresidente que llegó al poder en 1999, incorporó a los exproscritos al redil socialista. Creó los círculos bolivarianos, organizaciones armadas que se hicieron cargo o engendraron los colectivos. Algunos miembros obtuvieron cargos en el gobierno como guardaespaldas y en detalles de seguridad, lo que les dio acceso a arsenales.

En el régimen de Maduro, sucesor elegido por Chávez, los miembros suelen ser exoficiales de policía y soldados a los que se les otorga autonomía, autoridad e influencia en programas de bienestar social. Dicen que defienden la revolución, mantienen la paz y protegen a los pobres contra el flagelo de las drogas.

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Grupos de derechos los acusan de cometer asesinatos extrajudiciales, ejecutar planes de corrupción y aterrorizar a quienes desafían sus toques de queda y sus órdenes. Algunos mantienen lazos profundos en vecindarios y controlan sectores enteros de ciudades, aunque muchos han perdido sus conexiones con las comunidades mientras combaten la disidencia generalizada, explicó Alejandro Velasco, profesor asociado de estudios latinoamericanos de la Universidad de Nueva York.

"Tienen todos los adornos de una fuerza represiva paramilitar", comentó.

AMENAZAS A MÉDICOS

Los colectivos roban a reporteros, destruyen equipos y disparan violentamente contra las multitudes que se reúnen en masa para protestar. En 2017, golpearon a manifestantes con porras y le abrieron la frente a un congresista. Ingresaron al edificio de la Asamblea Nacional opositora en Caracas y atacaron a parlamentarios con garrotes en una nube de gases lacrimógenos.

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San Antonio estuvo tranquilo el lunes y los colectivos restantes mantuvieron un perfil bajo, pero durante el fin de semana nadie parecía estar a salvo mientras los motociclistas aceleraban por la ciudad disparando ráfagas.

Los médicos que asistían a los heridos en las calles se arrodillaron y levantaron sus manos mientras los enmascarados pasaban rápidamente. Josman Mora, de 28 años y cirujano de la ciudad petrolera de Maracaibo, llegó a San Antonio para ofrecerse como voluntario y ayudó a tres personas heridas por disparos. Sin embargo, los pandilleros amenazaron al grupo de dos docenas de médicos con pistolas y armas caseras.
"Dijeron: 'Fascistas, traidores, ¿A quién atienden? ¿A nuestra gente o a la oposición?'", aseguró Mora.

NIÑOS ESCONDIDOS

Una estampida aterrorizada de manifestantes obligó al vendedor de hot dogs Javier Yépez, de 34 años, a permanecer en el interior de su casa con su familia, donde escucharon municiones rebotar en el techo de zinc. "Saqué a los niños de sus camas y los hice dormir debajo de un viejo refrigerador para que no les pasara nada", indicó.

El resurgimiento de los colectivos se produce en un contexto en el que las fuerzas de seguridad tradicionales comienzan a perder efectivos. Miles de guardias han abandonado sus puestos en los últimos años y más de 270 soldados y policías han desertado desde el sábado, según funcionarios colombianos.

Guiado y sus aliados ofrecen una amnistía a los agentes de seguridad que cambien de bando, pero pocos integrantes de alto mando han acudido al llamado. Velasco plantea que el gobierno podría estar usando colectivos para aliviar la presión que asedia a los militares a medida que aumentan las protestas. Las pandillas "no tienen nada que perder, Maduro entiende esto", acotó.

No obstante, conforme se prolonga la crisis, muchas personas pueden perder todo. Ana María Arcila, de 59 años, se sentó frente a su casa en San Antonio y recordó cómo escondió a media docena de desconocidos durante horas. "¿Qué pasa después si esa ayuda no entra? ¿Qué sucede si las cosas empeoran y las personas intentan volver a alzarse?", preguntó.

Un graffiti grabado en casas y tiendas saqueadas ofrece una respuesta. Muestra a un hombre sosteniendo un rifle y la frase: "Los colectivos toman la frontera".

TEMBLAR DEL SUSTO

Los "colectivos" estuvieron detrás del frustrado ingreso el sábado de la ayuda solicitada por el opositor Juan Guaidó, reconocido por 50 naciones como presidente interino de Venezuela. Detrás de las fuerzas estatales que enfrentaban a los manifestantes que exigían el ingreso de la asistencia, ellos lanzaban piedras o gases, y algunos fueron vistos disparando hacia el lado colombiano.

Guaidó ordenó el repliegue de su gente y de los camiones que transportaban los enseres básicos donados por Estados Unidos y sus aliados. Los heridos se contaron por cientos. Bogotá ordenó el cierre hasta la noche de este martes de los cuatro puentes del Norte de Santander para evaluar daños.

Las acciones de estos colectivos ratificaron su temible fama en Cúcuta, donde dicen que caer en sus manos puede ser sentencia de muerte. "Estoy bastante nerviosa, me dan muchos nervios porque no conozco la gente que está acá, pero igual si no voy me quedo sin trabajo", señala Alice Reyes con la voz temblorosa. Ya había pisado Colombia pero aún tenía tembleque. "¿Falta mucho?", pregunta, dudando de si ya está en zona segura.

Es la primera vez que esta madre de tres hijos tiene que cruzar irregularmente para atender su trabajo como profesora en Cúcuta. Va tarde y ajusta unos 40 minutos de trayecto, pero está a salvo.

‘NINGÚN CONTROL’

El accionar de estas bandas ya es conocido fuera de Venezuela. La jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini, denunció el domingo al gobierno chavista por usar "grupos armados" para intimidar a civiles.

En los últimos tres días mencionarlos en los puentes fronterizos es sinónimo de terror. Circulan rumores de militares o policías que querían desertar y huir a Colombia, pero fueron atrapados por ellos en el camino.

En ocasiones se escucha a la multitud apoyando a un desconocido que está cruzando los límites. Si lo logra hay jolgorio, si lo interceptan los encapuchados, miradas largas. Y es frecuente que un residente en Venezuela que llega a Colombia se niegue a dejarse filmar el rostro ante el temor de que los "colectivos" tomen represalias contra ellos o sus familias. "Son particulares que están armados y que andan allá sin ningún control", dijo una fuente policial de Colombia.

Hasta el momento no han chocado con autoridades colombianas y no hay reportes de que hayan pisado Colombia, señala. En Cúcuta hay treinta "trochas", según la policía. Pero la porosidad dificulta el control total de la frontera, donde operan narcos y contrabandistas.

Por el camino de polvo, piedras y barro, camina lentamente Margarita Rueda. Es la primera vez en 71 años que pasa por una vía irregular, pero la necesidad de conseguir una medicina para dormir, que hace tres años no hay en la desabastecida Venezuela, la obligó a tomar esta ruta. "Uno tiene que dejar el miedo", afirma, aferrada a su fe. Ella y su hija no tuvieron incidentes.

José Guerra también dice no haber visto nada. El silencio forma parte del código de terror. Él y las seis mujeres con las que viaja, entre ellas su mamá y abuela, se sumaron el lunes a los 1,1 millones de migrantes venezolanos que han huido a Colombia por la crisis. "La idea es producir y trabajar", dice este tatuador de 24 años.

Con información de Bloomberg y AFP

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