China en África, ¿un nuevo imperialismo?

Ese país es el principal socio comercial en el continente, con intercambios por US$170.000 millones, pero también es el mayor acreedor. 

China- África

El presidente de China, Xi Jinping, reafirmó la buena relación bilateral en el último Foro de Cooperación China-África.

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junio 21 de 2019 - 08:08 p.m.
2019-06-21

En ningún lugar del mundo, el ascenso de China como potencia se palpa más que en África, donde es el primer socio comercial y acreedor. Pero esa pujanza causa recelos y los más suspicaces denuncian ya un nuevo imperialismo.

Desde Ciudad del Cabo a El Cairo, la presencia del gigante asiático es abrumadora: aeropuertos, carreteras, puentes, ferrocarriles, plantas hidroeléctricas, estadios, faraónicos edificios oficiales y teléfonos móviles llevan la marca de China. La obra más simbólica de la relación es la sede de la Unión Africana (UA) en Adís Abeba, que costó US$200 millones y fue un “regalo”.

(La otra cara de la inversión en África de la Ruta de la Seda). 

Más allá de esa ‘generosidad’, el ‘dragón asiático’ ha convertido el continente en un tablero esencial para exhibir su modelo de liderazgo en la carrera por la hegemonía mundial.

Fue en los noventa cuando China decidió que debía “hacer de África una prioridad”, y apostó por esa región, según el profesor Howard French. “Nadie miraba a África, no pasaba nada allí y era vista como un problema sin esperanza. Pero el gobierno chino vislumbró que algo increíble iba a ocurrir en África”. Desde entonces, China ha desbancado a EE. UU. como primer socio comercial, con intercambios por US$170.000 millones.

Pero tras años de cooperación enfocada en la explotación de recursos naturales para alimentar su crecimiento, China centra hoy su estrategia africana en la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Nueva Ruta de la Seda). Se trata de un titánico proyecto de infraestructuras que busca tejer una red comercial internacional y conseguir que, mediante el ‘poder blando’, los países graviten alrededor de sus intereses.

De hecho, el presidente chino, Xi Jinping, anunció durante el Foro de Cooperación China-África (Focac, en sus siglas inglesas) un fondo de US$60.000 millones para el desarrollo del continente. “El océano es vasto porque no rechaza ningún río”, expresó Xi ante casi cincuenta presidentes africanos, haciendo uso de un proverbio chino.

(‘Solo África está menos integrada que Latinoamérica’). 


“Los 1.300 millones de habitantes de China y los 1.200 millones de África quieren un futuro compartido”, proclamó el líder, al prometer una colaboración basada en “sinceridad y resultados reales” y aseguró que ningún obstáculo frenará esa “marcha conjunta”.

Xi, que ha visitado cuatro veces África desde el 2013, lanzó ese plan en una coyuntura muy propicia dado el actual desapego de Donald Trump hacia el continente y la creciente pérdida de influencia de Europa. Y recibió el aplauso de los mandatarios africanos.

“Con los valores que promueve, su forma de operar y su impacto en los países, Focac refuta la idea de que un nuevo colonialismo está arraigando en África, como nuestros detractores quieren que creamos”, dijo el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa.

¿Es, pues, la Nueva Ruta de la Seda un estímulo para el desarrollo de África o también el rostro de un nuevo imperialismo?

Las críticas a ese expansionismo parten de argumentos como los que emplea el asesor de Seguridad Nacional de Trump, John Bolton. “China usa sobornos, acuerdos opacos y el uso estratégico de deuda para hacer a los países de África cautivos de los deseos y demandas de Pekín”, sostiene Bolton, quien considera ese proceder como “prácticas depredadoras”. El gigante asiático, principal fuente de créditos en África, prestó al continente US$95.500 millones entre 2000 y 2015, según la Universidad John Hopkins.

El empresario nigeriano Benedict Peters, CEO del grupo energético Aiteo, alertó asimismo de la llamada “diplomacia de la deuda-trampa”, es decir, cuando los países caen en una obligación de pago tan insoportable, China ofrece una renegociación de la deuda a cambio de activos estratégicos o un trato preferencial.

El miedo a la “deuda-trampa” se dejó sentir en Kenia, cuando se filtró un documento que admitía que China podía hacerse con el control del puerto de la ciudad de Mombasa, uno de los más importantes de África del Este, si el país incurría en suspensión de pagos de una deuda. Esa alude al préstamo de US$2.300 millones para construir el ‘Madaraka Express’, el tren de pasajeros y mercancías entre Mombasa y Nairobi.

Tal revuelo provocó la información que el presidente de Kenia, Uhuru Kenyatta, reaccionó alegando que ese riesgo “es propaganda” y que “no hay motivo para la alarma”. Pero existe el precedente de Sri Lanka, que en el 2017 cedió el control del estratégico puerto de Hambantota a China por el impago de un préstamo multimillonario.

Por estos hechos, Benedict Peters no tiene dudas: “En África está claro que la campaña de inversión de China es una nueva forma de colonialismo. El continente, donde vivo y trabajo, es la zona cero”.

‘NO ES IMPERIALISMO’


En las antípodas de esa línea está Zheng Zhu, experto del Proyecto China África, una iniciativa que explora las relaciones. “El concepto de ‘deuda-trampa’ es una creación para desprestigiar a China, de manera que los países occidentales puedan tener ventaja en África”, declara Zheng. “Es una situación en la que todos ganan. China no da dinero gratis. Queremos ganar dinero, pero bajo condición de que el acuerdo comercial sea beneficioso para nuestros socios. Nosotros ganamos dinero con las infraestructuras y ellos desarrollan su economía”.

French, por su parte, aboga por ser “cuidadoso con la palabra imperialismo”, ya que “China no coloniza un país en el sentido de apropiárselo de manera directa. Pero existe una enorme disparidad de poder con esos países, que son pequeños y pobres. Esa disparidad precede a las relaciones imperiales”, apunta Howard French, quien no descarta que “sea una nueva forma de imperialismo”.

El poder económico de China empieza a tener también una tímida dimensión militar en África, como demuestra la apertura en Yibuti de su única base naval en el extranjero. Aunque como dijo el ministro español de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, “en cuanto a bases en el extranjero, aún tienen mucho que recorrer antes de llegar a la altura de los Estados Unidos”.

EFE

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