China y Estados Unidos: ¿guerra comercial o guerra fría?

El conflicto entre Washington (una superpotencia en declive) y Beijing (una emergente) va mucho más allá del comercio.

Guerra comercial

La tensión entre ambos continuará en distintos frentes y no se sabe quién será el ganador.

AFP

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diciembre 07 de 2018 - 08:09 p.m.
2018-12-07

Es interesante que las tensiones en las relaciones entre EE.UU. y China se hayan enmarcado alrededor de la idea de un estallido de una guerra comercial. Creo que esta caracterización es incorrecta. La tensión acerca del comercio sólo representa una batalla en una guerra más amplia entre los dos países por la hegemonía.

De hecho, se puede pensar en varios frentes de batalla, incluyendo el comercio; el ciberespacio; la defensa y la seguridad (mar de China Meridional); la inteligencia artificial (IA); y la tecnología (5G). Pero ésta es una guerra entre una superpotencia global en declive (EE.UU., ya sobrecargado en el Medio Oriente) y una en ascenso (China).

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En la batalla relacionada con el comercio, el mercado está buscando un acuerdo sobre los aranceles o sobre acceso al mercado para lograr una resolución y permitirle seguir adelante. Pudiéramos imaginarnos una victoria estadounidense en la que, después del período de enfriamiento de 90 días acordado en el G20, se pueda llegar a algún tipo de acuerdo mediante el cual China conceda terreno al acceso comercial, o realice otros esfuerzos para reequilibrar su relación comercial con EE.UU.

Pero creo que sería totalmente erróneo pensar que un acuerdo de este tipo proporcionará una resolución final o una declaración de paz. De hecho, es probable que ésta sea la primera de muchas batallas futuras en materia de comercio. Y estoy casi seguro de que esto es sólo un frente en la guerra entre EE.UU. y China por la hegemonía, y que veremos disputas en todos los ámbitos durante los meses y años venideros, ya sea en relación con la telefonía móvil de quinta generación (5G), con la IA, con Taiwán, con el mar de China Meridional, con la Iniciativa Un Cinturón, Una Ruta, o con los préstamos chinos frente al Fondo Monetario Internacional (FMI).

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El punto clave es que debemos reconocer que la base fundamental de la relación entre EE.UU. y China ha cambiado. Antes del presidente Donald Trump, la relación era inclusiva, incluso simbiótica, al menos desde la perspectiva estadounidense, con la idea de que ayudar a China a desarrollarse, incorporándola a la arquitectura económica y financiera mundial, redundaría en beneficios mutuos; y que una China más poderosa y más rica que fuera “como uno de nosotros” sería bueno para todos.

Desde que Trump asumió el cargo, en el Occidente se ha reconocido que este enfoque inclusivo de las administraciones anteriores con respecto a China ha fracasado. Puede haber facilitado un crecimiento global más rápido a través de la globalización, pero China ha sido el desproporcionado ganador, y de manera abrumadora.

En lugar de simbiótica, la relación ha sido parasitaria: China está matando a EE.UU. (muerte por China) en términos de su hegemonía global. El creciente consenso en EE.UU., y en mi opinión en el Occidente, es que esto tiene que terminar.

La conclusión es que, si bien se pueden realizar acuerdos comerciales a corto plazo, nos encontramos en un largo período de competencia, incluso de conflicto, entre EE.UU. y China, en todos los campos mencionados anteriormente, y en muchos más. Esto pudiera resultar extremadamente perjudicial para los mercados globales.

Volviendo al G20, hay que preguntarse cuál sería el beneficio para EE.UU. de un acuerdo definitivo con China en materia de comercio. ¿No devolvería esto simplemente la relación entre EE.UU. y China a la inclusiva y simbiótica del pasado, la cual, desde la perspectiva estratégica estadounidense, fracasó?

Lo que parece más probable es que la administración Trump tome todo lo que China tiene para ofrecer en esta ocasión, pero que cualquier acuerdo sea temporal, con la estrategia de EE.UU. probablemente siendo la de mantener a China en la incertidumbre en términos de la relación, no solamente en materia comercial, sino también en las otras áreas de tensión.

Al mantener a China y a los mercados en la incertidumbre sobre el estado de la relación, es probable que la administración Trump cree una crisis de confianza en China, tanto para los inversionistas locales como para los extranjeros. Ésta sería la mejor defensa para contrarrestar la tendencia de crecimiento, hasta ahora unidireccional, lograda por China durante las últimas décadas. Quizás ya estemos presenciando esto en información anecdótica proveniente de China.

Es interesante recordar la última guerra fría entre superpotencias - el enfrentamiento entre EE.UU. y la Unión Soviética - que duró más de 40 años. Durante gran parte de este período, las dos partes conocían las ‘líneas rojas’ mutuas, pero sólo después de haberlas puesto a prueba. Algunos ejemplos de estas pruebas fueron el puente aéreo de Berlín, la crisis de los misiles cubanos, la intervención soviética de 1956 en Hungría, y la Primavera de Praga de 1968.

Éstos fueron episodios de extrema tensión en aquel momento, pero establecieron lo que cada país toleraría. Como resultado, para la década de 1980 se había alcanzado un cierto equilibrio, el cual proporcionó un cierto grado de estabilidad. Esto sólo se rompió con la carrera armamentista inspirada por Thatcher y  Reagan, la cual alentó la intervención de Moscú en Afganistán que militarmente extralimitó a la Unión Soviética, exponiendo su debilidad económica. El resto (Gorbachov, Yeltsin, y el resto) es historia. EE.UU. pudo declarar victoria sobre la URSS.

Esto sugiere que, en la nueva guerra fría entre EE.UU. y China, vamos a experimentar minicrisis, conforme cada bando discierne las ‘líneas rojas’ del otro. También es probable que veamos batallas subsidiarias entre ellos, lo cual proporcionará puntos álgidos adicionales. No está claro quién será el ganador final.

Timothy Ash
El escritor es estratega soberano sénior de BlueBay Asset Management

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