Cómo evitar la próxima crisis financiera

Los más recientes datos del FMI destacan el perdurable daño ocasionado por el colapso de la economía mundial que se registró en el año 2008.

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La tarea es la de la normalización de la política monetaria en un mundo con tanta deuda. Las tasas de EE. UU. han revelado la vulnerabilidad de varias economías emergentes.

EFE

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Portafolio
octubre 12 de 2018 - 07:53 p.m.
2018-10-12

La crisis financiera de 2008 y 2009 y la resultante recesión representaron un momento crucial. El mundo anterior a la crisis era uno de globalización, de convicción en los mercados y de democracias seguras de sí mismas. En la actualidad es todo lo contrario.

Los impactos económicos ciertamente no representan el final de la historia, pero son el inicio. La más reciente edición del informe ‘Perspectivas de la economía mundial’ (WEO, por sus siglas en inglés) del Fondo Monetario Internacional (FMI) proporciona un valioso análisis empírico de los efectos. Destaca dos importantes puntos: los impactos han sido duraderos y se han extendido mucho más allá de los países que sufrieron crisis bancarias.

(¿Cómo se movería la economía mundial en los próximos años?). 

La manera obvia de medir el impacto económico de las crisis es comparando el desempeño posterior a la crisis con lo que hubiera ocurrido si las tendencias previas a la crisis hubieran continuado. Sin embargo, las tendencias precrisis eran, hasta cierto punto, insostenibles. Por lo tanto, el análisis del FMI ha ajustado el crecimiento tendencial precrisis para los auges crediticios.

El FMI ha señalado que “91 economías, las cuales representan dos tercios” del producto interno bruto (PIB) mundial en términos de paridad de poder adquisitivo (PPA), experimentaron una disminución en la producción en 2009. Esto representó el mayor impacto negativo en la era de la posguerra.

Además, cuanto más grandes fueron las pérdidas a corto plazo, más grandes también lo fueron a largo plazo. Los países con significativas caídas inmediatas en la producción también mostraron mayores aumentos en la desigualdad de ingresos, en comparación con los promedios anteriores a la crisis.

¿Qué tipo de países perdieron más y cuánto perdieron? Para responder a esta pregunta, el WEO dividió su muestra de 180 países en aquellos que experimentaron crisis bancarias y aquellos que no la experimentaron.

El primer grupo contenía 24 países, 18 de los cuales son economías de altos ingresos. El informe descubrió que el 85% de ellos todavía muestran déficits de producción en relación con la tendencia. Para los países que sufrieron crisis bancarias, el déficit modal (más frecuente) promedio de producción entre 2015 y 2017, en relación con las tendencias precrisis, estuvo cerca del 10%. Pero algunos de ellos sufrieron pérdidas de entre el 20 y el 40%.

(FMI advierte de nuevos riesgos para la estabilidad financiera mundial). 

Sin embargo, la producción también se mantiene por debajo de las tendencias precrisis en el 60% de los países que no experimentaron crisis bancarias. Las pérdidas modales aquí han sido muy similares a las de los países afectados por la crisis, aunque la distribución está menos inclinada a la baja.

La ubicuidad de las pérdidas puede que no sea tan sorprendente: esta crisis emanó del núcleo de la economía global y causó enormes disminuciones en la demanda global. Los resultados fueron unas profundas recesiones, las cuales influencian significativamente el futuro.

De nuevo, mientras que las economías avanzadas fueron particularmente afectadas, a las economías emergentes no les fue mucho mejor. Ésta fue una crisis financiera occidental, pero fue una crisis económica mundial. El programa de estímulo de China, de alrededor del 10% del PIB, amortiguó en gran medida el impacto.

Las explicaciones inmediatas de los enormes déficits en producción fueron los colapsos en la inversión: en 2017, en promedio, la inversión estuvo un cuarto por debajo de las tendencias precrisis. Esta deficiente inversión también debe ayudar a explicar los bajos índices de innovación, un hecho que es particularmente visible en los países directamente afectados. La nueva tecnología a menudo se materializa en los nuevos equipos: consideremos a los robots, por ejemplo.

En promedio, los países que experimentaron crisis bancarias sufrieron una pérdida en producción de cuatro puntos porcentuales adicionales durante el 2011 y el 2013 en relación con los que no la experimentaron. Aquellos con grandes desequilibrios macroeconómicos precrisis, en particular insostenibles déficits de cuenta corriente, también sufrieron pérdidas relativamente grandes.

Lo mismo sucedió en el caso de aquellos países con mercados laborales relativamente inflexibles. Nuevamente, los países cuyas exportaciones estaban más expuestas a los mercados impactados por la crisis se vieron más afectados. Los países que estaban más expuestos al sistema financiero global también sufrieron pérdidas más grandes.

La falta de espacio político fiscal también resultó costosa, al igual que la falta de flexibilidad de la tasa de cambio. Este último factor es ciertamente una explicación, aunque no la única, para el terrible y deficiente desempeño de la eurozona.

Las acciones monetarias emprendidas por los países de altos ingresos después de la crisis han sido controvertidas en un sinnúmero de mercados emergentes. Muchos en los países de altos ingresos también han argumentado que la dramática flexibilización monetaria fue un error.

Sin embargo, la evidencia de que los déficits de producción son acumulativos destruye el argumento en contra de un apoyo fuerte y sostenido en materia de políticas. No obstante, una mayor respuesta en relación con las políticas fiscales habría reducido la necesidad de un periodo tan largo de políticas monetarias no convencionales.

Las inyecciones y las garantías de capital proporcionadas al sector financiero durante la crisis fueron igualmente controvertidas. Tal vez se pudieran haber encontrado maneras de rescatar a los bancos sin rescatar a los banqueros. Pero cuanto mayor fue el apoyo del afectado sector financiero, argumenta el WEO, más sólida fue la recuperación. Esta evidencia no apoya el “liquidacionismo”: el punto de vista de que los colapsos y las depresiones bancarias son benignos purgantes.

TRES TAREAS Y UNA LECCIÓN

La primera tarea es la de la normalización de la política monetaria en un mundo que tiene tanta deuda. Las tasas estadounidenses de política monetaria más altas ya han revelado la vulnerabilidad de varias economías emergentes. Es muy probable que surja más turbulencia.

Una segunda tarea es dilucidar cómo responder ante otra gran recesión, cuando el espacio político está tan disminuido.

La tarea final es lidiar con las consecuencias políticas de la crisis. La disminución de la credibilidad y del poder relativo occidentales y el aumento de las fuerzas demagógicas son reales, poderosos y peligrosos. La lección es que las grandes crisis financieras son, no sorprendentemente, extremadamente dañinas. Una vez que han sucedido, es demasiado tarde.

El análisis de las regulaciones, incluido en el ‘Informe sobre la estabilidad financiera mundial’ (GFSR, por sus siglas en inglés) de octubre, sugiere que debemos ignorar las quejas de los banqueros en contra de las regulaciones: sobre todo debemos mantener los requisitos de capital. Las recuperaciones pudieran haber sido más sólidas con una acción fiscal y financiera sostenida, especialmente en la eurozona. Pero los costos de la crisis todavía habrían sido altos. “Nunca más” debe ser nuestro lema.

Martin Wolf

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