EE. UU. debe evitar una nueva guerra fría con China

La rivalidad debe manejarse con sensatez para proteger el futuro del mundo.

Muro de Berlín

La Guerra Fría, aunque no desencadenó un conflicto armado real, generó grandes divisiones entre las distintas regiones de todo el mundo.

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noviembre 02 de 2018 - 07:26 p.m.
2018-11-02

¿Cuál ha sido el evento más importante de 2018 hasta el momento? Pudiera decirse que fue el discurso sobre las relaciones entre Estados Unidos y China de Mike Pence, el vicepresidente estadounidense, del 4 de octubre.

Él declaró la intención de EE. UU. de enfrentar a una China en ascenso en todos los aspectos: en relación con su “interferencia en la política estadounidense”; en relación con sus políticas comerciales y de inversión, con el presunto robo de propiedad intelectual, y con los planes de desarrollo industrial; en relación con sus ataques cibernéticos; en relación con asuntos de seguridad; en relación con su “diplomacia de la deuda”; y en relación con la “cultura de censura”. El objetivo sería “restablecer la relación económica y estratégica con China”, comentó, “para finalmente colocar a EE. UU. en primer lugar”.

(Trump estaría buscando acuerdo con China para acabar guerra comercial). 


El exprimer ministro australiano Kevin Rudd, un experto en China, ha negado que estemos al inicio de una “nueva guerra fría”. Él tiene razón si nos estamos refiriendo a un conflicto idéntico al de EE. UU. con la Unión Soviética después de la Segunda Guerra Mundial. Pero estas diferencias, aunque reales, no son tan alentadoras. La fricción entre Estados Unidos y China pudiera ser incluso más perjudicial que la Guerra Fría. Esta última, al menos, se mantuvo relativamente ‘fría’, a diferencia de las dos guerras mundiales que la precedieron. También se limitó, en gran medida, a asuntos de ideología y de seguridad.

El daño que un conflicto entre EE. UU. y China pudiera hacerle a la gestión de los bienes comunes globales y a la prosperidad mundial pudiera ser enorme, en parte porque los dos países están tan interrelacionados. Una nueva rivalidad estratégica también podría volverse “caliente” en relación con Corea del Norte, Taiwán o el mar de China Meridional, por ejemplo. Sólo hay que recordar que la Guerra Fría estuvo a punto de ‘calentarse’ por el incidente con Cuba en 1962.

Guerra fría o no, este conflicto estratégico parece ser profundo y duradero. “No nos rendiremos hasta que nuestra relación con China esté basada en la justicia, la reciprocidad y el respeto por la soberanía”, aseguró Pence.

¿Quién va a juzgar cuándo se logrará este nirvana? La respuesta es, por supuesto, EE. UU. ¿Bajo qué circunstancias pudiera llegar a la conclusión de haber alcanzado su objetivo? Dado el maniqueísmo de gran parte de la ideología estadounidense, una respuesta posible es: no antes de que China se derrumbe.

(Lo que le costará a los estadounidenses la guerra comercial con China). 


También hay que tener en cuenta que la decepción con la trayectoria de China no se limita a la derecha. De manera significativa, Kurt Campbell y Ely Ratner, dos funcionarios de la administración de Barack Obama, han argumentado en la revista ‘Foreign Affairs’ que el “compromiso” con China no ha logrado convertirlo en el país abierto política y económicamente que Trump había esperado.

En resumen, parece que estamos al comienzo de un conflicto duradero entre Estados Unidos y China. EE. UU. ha declarado que desea transformar a China. China teme, con cierta razón, que EE. UU. quiera detener su ascenso. Los pensadores “realistas” en materia de asuntos extranjeros argumentarán que el conflicto no es una sorpresa: en el mundo anárquico de las políticas de los grandes poderes, tal lucha por la primacía es inevitable, argumenta John Mearsheimer de la Universidad de Chicago.

Y a menudo sobreviene la guerra, ha apuntado Graham Allison de la Universidad de Harvard.

Es probable que estas profecías sean “realistas”. Pero el comportamiento también pudiera ser una locura. Tal vez la Primera Guerra Mundial fue inevitable, pero ¿quién cree que fue una buena idea?

EE. UU. tiene buenas razones para evitar el conflicto indefinido que ha declarado Pence. Una razón es que, a diferencia de la Unión Soviética, China no es en verdad un rival ideológico, excepto en la medida en que encarna la autocracia que el presidente Donald Trump admira. Otra razón es que es probable que el conflicto sea costoso, incluso si se evita una guerra abierta, como sostiene el académico chino-estadounidense Minxin Pei.

¿Quién cree actualmente que Estados Unidos libraría tal conflicto racionalmente? Las destructivas políticas comerciales de Trump refuerzan las dudas, al igual que sus ataques a los aliados estadounidenses. EE. UU. también debe reconocer que China tiene enormes recursos: el tamaño de su población, su dinámica economía y su importancia como mercado para numerosos países. Por supuesto, China también tiene un sinnúmero de significativas debilidades. Pero la esperanza de que China simplemente se rinda o de que desaparezca, como lo hizo la Unión Soviética, es absurda.

Entonces ¿cómo pudiera gestionarse la rivalidad? Yo sugeriría seguir cinco principios.
El primero es reconocer que China no es “nuestra” para hacer o rehacer. Les pertenece a los chinos y a nadie más.

El segundo principio es darse cuenta de que es probable que la organización política de China continúe siendo diferente a la del Occidente indefinidamente. Hoy en día, desgraciadamente, incluso parece más probable que nosotros nos volvamos más como China que al contrario.

El tercero es enfocar la atención en comportamientos precisos y medibles que afecten a terceros, y hacerlo de manera consistente y proba. No se debe intentar detener el desarrollo de China.
Eso es claramente desatinado.

Si queremos que China obedezca las normas comerciales, ¿qué tal si lo hacemos nosotros mismos? Si queremos que reconozca los derechos de propiedad intelectual, ¿por qué no admitir que éstos pueden ser excesivos y onerosos? Si queremos resaltar la importancia de los derechos humanos, ¿qué tal si reconocemos nuestras propias fallas? Los chinos reconocen la hipocresía cuando la ven.

El cuarto principio es reconocer que China es, de alguna manera, un rival pero también un socio vital y esencial. Mantener la estabilidad de la economía mundial, y lidiar con el cambio climático, será imposible sin la cooperación de China. La relación no se debe concentrar principalmente en la rivalidad estratégica. Hay que equilibrar el poder de China cuando sea necesario, mientras que se coopera con él cuando sea esencial.

El quinto es entender el valor de las alianzas. Esto tiene que ver con la confianza. Si EE. UU. desea alentar a los países a que resistan la invasión de su soberanía por parte de China, debe ser considerado como un confiable aliado. Con Trump no lo ha sido.

Por último, hay que confiar en nuestros valores de libertad y de democracia. Comprender que dependemos de la creación de nuevas ideas, no de la protección de las antiguas. Eso, a su vez, depende de la libertad de investigación y de la apertura a los mejores talentos del mundo entero.

Si los países occidentales pierden éstos o al menos alguno de ellos, perderán el futuro. Nuestro enemigo no es China. Como declaró el mejor presidente estadounidense del siglo XX: “A lo único que debemos temer es al miedo”.

Martin Wolf

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