Ejecutivos de EE. UU. se vuelven escépticos sobre China

Aquellos que conocen mejor a Pekín se han unido a Donald Trump en su deseo de confrontar a China.

EE.UU. y China

Las exportaciones son una de las bases de la economía de China.

Reuters

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noviembre 16 de 2018 - 08:40 p.m.
2018-11-16

En un Estados Unidos más dividido que nunca, existe un área de sólido consenso bipartidista: la necesidad de “hacer algo” sobre la amenaza que China representa para el orden mundial liderado por EE. UU. Incluso aquellos que desprecian a Donald Trump, en su mayoría han alentado al Presidente a revertir más de cuatro décadas de la política estadounidense con respecto a China.

La razón subyacente más importante para este apoyo es el hecho de que Trump no fue el que cambió los términos del compromiso. El presidente de China, Xi Jinping, lo hizo primero.

Bajo su predecesor, Hu Jintao, los mandarines en Pekín se preocuparon de que usar el eslogan “ascenso pacífico” para describir la llegada del país al estatus de superpotencia era demasiado presuntuoso. Ellos optaron por usar el lema “desarrollo pacífico” en su lugar.

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Pero en el primer discurso de Xi como líder del partido comunista gobernante en 2012, abandonó toda modestia con su promesa de volver a hacer grande a China y de impulsar el “gran rejuvenecimiento de la nación china”.

Prácticamente todas las acciones tomadas por la administración Xi en el país asiático y en el extranjero desde entonces han sido mucho más agresivas y represivas que cualquiera que hayamos visto en China desde los días de Mao Zedong.

En el Occidente, ha habido mucha discusión acerca de cómo los formuladores de políticas no evaluaron correctamente la situación de China; muchos han sido criticados por haber creído arrogantemente que China se volvería más “como nosotros” uniéndose al orden global existente y eventualmente transformándose en algo parecido a una democracia liberal.

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Pero las personas que tenían esa perspectiva tenían razón en ese momento. Lo que cambió entonces fue la decisión de Xi Jinping de cambiar la dirección de su país hacia el autoritarismo.

Visto a través de los medios estatales increíblemente censurados de China, Xi parece ser la antítesis del torpe presidente estadounidense. Pero su tipo de nacionalismo - que se parece extrañamente al de Trump - ha logrado alienar al único grupo que siempre había sido el mejor colectivo de presión a favor de Pekín en Washington: las multinacionales estadounidenses y el mercado de Wall Street.

Conforme han enfrentado cada vez más barreras de entrada y presión para entregar su valiosa tecnología a cambio de obtener acceso al mercado, las compañías occidentales que operan en China se han convertido en los principales partidarios de Trump en la guerra comercial contra Pekín.

Un discurso pronunciado la semana pasada en Singapur por el exdirector ejecutivo de Goldman Sachs y el secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, indica cuán pocos amigos estadounidenses le quedan a China.

“La comunidad empresarial estadounidense ha pasado de ser defensora a escéptica y hasta se ha vuelto un oponente de las políticas pasadas de Estados Unidos hacia China”, consideró Paulson. “¿Cómo puede ser que aquellos que conocen mejor a China y que han abogado por relaciones productivas en el pasado, se encuentren entre los que ahora defienden la confrontación?”

Paulson solía ser uno de los mejores “viejos amigos de China”, un grupo que incluye a personas como Henry Kissinger y Stephen Schwarzman de Blackstone, que se ven a sí mismos como un puente entre Pekín y Washington. Sus palabras inusualmente ásperas deben servir como una llamada de atención para Xi.

Algunas personas que conocen realmente a Paulson creen que sus críticas fueron alentadas por miembros de alto rango de la propia administración de Xi, quienes sienten que el presidente chino se ha excedido, pero quienes han tenido demasiado miedo para decirlo ellos mismos.

A estos remanentes de la facción liberal y reformista del Partido Comunista les preocupa que la economía tambaleante de China tal vez no pueda soportar una guerra comercial total contra los estadounidenses.

A pesar de todo el revuelo y propaganda que rodea a compañías como Alibaba y Tencent, China sigue siendo predominantemente una economía de producción masiva y de bajo margen que depende de las importaciones para la mayoría de los componentes de alta tecnología.

A pesar de décadas de esfuerzo y miles de millones de dólares invertidos en el desarrollo de semiconductores domésticos, China aún importa más de 95% de los microchips de gama alta utilizados en computadoras y servidores. Como resultado, el mayor importador de energía del mundo gasta más en la compra de microchips de fabricación extranjera que en las importaciones de petróleo crudo.

Por razones de seguridad y con la meta de retener la corona de Estados Unidos como superpotencia tecnológica del mundo, Trump y los funcionarios de línea dura que lo rodean tienen la intención de “desvincular” gran parte de la cadena de suministro estadounidense de China. Si logran llevar a China a la crisis económica y política en el proceso, será mucho mejor en su opinión.

Sin embargo, como advirtió Paulson, existe el riesgo de que EE. UU. se aísle a sí mismo cuando caiga una “cortina de hierro económica” a través de Asia.

Esto se debe principalmente a que China es en la actualidad el mayor socio comercial de prácticamente todos los países de la región y su economía sigue creciendo muy rápidamente, pese a los mayores signos de desaceleración.

Dado el evidente desdén de Trump por los aliados de EE. UU., no está claro cuántos escogerían a los estadounidenses sobre China si China los obligara a tomar una decisión en este momento.

Pero si Trump decide cambiar y comienza a trabajar estrechamente con otros países para aislar a China, entonces tendrá muchos problemas.

Jamil Anderlini

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