El conflicto entre EE.UU. y China representa un reto para el mundo

Los países pequeños deberían unirse para mantener el libre comercio multilateral.

Guerra comercial

La expansión de la guerra arancelaria y la decisión de limitarle el acceso a Huawei, parecen tener como objetivo mantener a China en una permanente inferioridad.

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mayo 24 de 2019 - 08:15 p.m.
2019-05-24

¿dónde deja el creciente conflicto económico entre EE. UU. y China al resto del mundo, particularmente a los aliados históricos estadounidenses?

En circunstancias normales, estos últimos permanecerían de su parte. La Unión Europea (UE), después de todo, comparte muchas de sus preocupaciones sobre el comportamiento chino. Sin embargo, éstas no son circunstancias normales.

(Estados Unidos aplaza sanciones a Huawei). 

Bajo Donald Trump, EE. UU. se ha convertido en una superpotencia canalla, que ha mostrado hostilidad, entre muchas otras cosas, ante las normas fundamentales de un sistema de comercio basado en acuerdos multilaterales y normas vinculantes. De hecho, los aliados estadounidenses también son un blanco de la ola de intimidación bilateral.

Entonces, ¿qué deben hacer los aliados estadounidenses mientras EE.UU. y China batallan entre sí? Esto no solo tiene que ver con Trump. Su enfoque en las balanzas comerciales bilaterales puede incluso ser relativamente manejable. Lo que es peor aún es que una gran proporción de estadounidenses comparte una profunda hostilidad no solamente hacia el comportamiento de China, sino hacia el hecho de una China en ascenso.

También estamos observando un enorme cambio en el pensamiento conservador estadounidense. En 2005, Robert Zoellick, el subsecretario de Estado, argumentó que China debería “convertirse en un actor responsable” dentro del sistema internacional.

Recientemente, Mike Pompeo, el secretario de Estado, ha indicado una perspectiva diferente. El especialista en asuntos exteriores, Walter Russell Mead, ha descrito la idea impulsora de Pompeo de la siguiente manera: “mientras los internacionalistas liberales creen que el objetivo del compromiso global estadounidense debe ser promover el surgimiento de un orden mundial en el que las instituciones internacionales suplanten cada vez más a los Estados-nación como los principales actores en la política global, los internacionalistas conservadores creen que el compromiso de EE. UU. debe estar guiado por un enfoque más reducido en intereses específicos estadounidenses”.

(Economía mundial resistirá a la guerra comercial). 


En resumen, EE. UU. ya no ve por qué debiera ser un “actor responsable” dentro del sistema internacional. Su concepto es, en cambio, el de las políticas de poder del siglo XIX, en las cuales los fuertes les dan órdenes a los débiles.

Esto también es relevante para el comercio. La noción de que el sistema de comercio haya sido basado en la idea de que las instituciones internacionales deberían suplantar a los Estados-nación es falsa.

El sistema se basó en las ideas gemelas de que los Estados deberían lograr acuerdos multilaterales entre sí y de que la confianza en tales acuerdos debería reforzarse mediante un sistema vinculante de solución de controversias. Esto proporcionaría estabilidad a las condiciones de comercio, de las cuales dependen los negocios internacionales.

La expansión de la guerra arancelaria y la decisión de limitarle el acceso a la tecnología estadounidense a Huawei, el único fabricante de tecnología avanzada líder en China, parecen tener como objetivo mantener a China en una permanente inferioridad. Así es como lo ven los chinos.

La guerra comercial también está convirtiendo a EE.UU. en un país significativamente proteccionista, con aranceles promedios ponderados que pronto posiblemente sean más altos que los de India.

Un documento del Instituto Peterson para la Economía Internacional (PIIE, por sus siglas en inglés) afirma que “Trump está amenazando a China con aranceles que no están muy lejos del nivel promedio de los aranceles impuestos por EE. UU. mediante la Ley de Aranceles Smoot-Hawley de 1930”.

Es posible que los aranceles incluso permanezcan en este nivel alto debido a que las demandas de negociación de EE.UU. son demasiado humillantes para que China las acepte. Estos gravámenes también conducirán a la desviación a otros proveedores.

Es probable que los aranceles también se extiendan a estos últimos: el bilateralismo es, a menudo, una enfermedad contagiosa. Contrariamente a las protestas de Trump, los costos también están siendo asumidos por los estadounidenses, especialmente por los consumidores y por los exportadores agrícolas. Irónicamente, muchos de los condados más afectados están bajo control republicano.

Algunos pudieran llegar a la conclusión de que los altos costos significan que el conflicto no puede ser prolongado, particularmente si los mercados bursátiles son afectados.

Un resultado alternativo, y más posible, es que Trump y Xi Jinping de China son líderes “fuertes” a quienes no se les puede ver cediendo. El conflicto permanecerá congelado o, más probablemente, empeorará conforme las relaciones entre las dos superpotencias se vuelven cada vez más envenenadas.

Y ¿dónde deja esto a los aliados estadounidenses? Ellos no deberían apoyar los intentos nacionales de frustrar el ascenso de China: eso sería inconcebible.

Ellos deberían indicar dónde están de acuerdo con los objetivos estadounidenses en materia de comercio y de tecnología y, si es posible, mantener una posición común sobre estos temas, especialmente entre la UE y Japón.

Ellos deberían defender los principios de un sistema de comercio multilateral, bajo los auspicios de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Si EE.UU. logra que el sistema de disputas no funcione debido a la falta de quórum, los otros miembros podrían acordar más bien acatar un mecanismo informal. Más significativamente, debería ser posible mantener el comercio liberal, a expensas de EE. UU. y China.

Anne Krueger, la ex primera subdirectora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), señala en una columna que, por la insensata decisión de rechazar el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), EE.UU. sufre la discriminación legal de la OMC contra sus exportaciones a los miembros del Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP, por sus siglas en inglés), el cual sustituyó al TPP. La UE también tiene acuerdos de libre comercio con Canadá y con Japón.

Esto es bueno. Pero ellos pueden ir aún más lejos. Los países que ven los beneficios de un sólido orden comercial debieran convertir esos tratados de libre comercio (TLC) en un “TLC global de la voluntad”, en el que cualquier país que esté dispuesto a aceptar los compromisos pudiera participar. Incluso se pudiera concebir un futuro en el que los participantes en un TLC global de este tipo defendieran a sus miembros contra los ataques comerciales ilegales por parte de quienes no son miembros a través de represalias coordinadas.

La hostilidad entre EE.UU. y China representa una amenaza para la paz y la prosperidad mundiales. Quienes están fuera no pueden detener este conflicto; pero no están indefensos. Si las grandes potencias se salen del sistema de comercio multilateral, otros países pueden incorporarse. Ellos son, en conjunto, actores significativos. Y deben atreverse a actuar como tales.

SE PREPARAN PARA UNA LARGA GUERRA 

A medida que se ha intensificado la disputa comercial entre China y EE. UU., la televisión estatal china ha comenzado a difundir algunas películas clásicas sobre “la guerra para resistir la agresión estadounidense y ayudar a Corea”, como se conoce la guerra de Corea en China.

Según los analistas, ésta es una de las muchas señales en China que sugieren que se prolongará el conflicto comercial con Washington. Xi Jinping, el presidente comunista chino, se ha mostrado renuente a aceptar los términos humillantes exigidos por el presidente estadounidense Donald Trump para poner fin a la disputa comercial de los dos países, por lo que se está preparando para liderar a su país en un conflicto comercial en contra del poder económico y tecnológico más importante del mundo, de la misma manera en que Mao Zedong envió “voluntarios” chinos para enfrentarse a las fuerzas estadounidenses en la guerra de Corea durante la década de 1950.

“El hecho de que la mayor parte de este acuerdo exige que China haga esto y que China haga lo otro, no es aceptable para la audiencia nacional china”, dijo un informante de Beijing. Actualmente, la economía de China es mucho más dependiente de sus exportaciones a EE.UU. que EE.UU. de sus exportaciones a China.

Después de 30 años de crecimiento de casi dos dígitos, la segunda economía más grande del mundo también está entrando en un período de desaceleración, lo cual ha resultado en una creciente inquietud entre la clase media y los empresarios privados sobre la movilidad social y el énfasis del Xi en las empresas estatales. Mientras tanto, la economía estadounidense se está acelerando.

Pero al igual que las fuerzas chinas se enfrentaron a la potencia de fuego superior de EE.UU. en el pasado, Xi cree que puede liderar una guerra comercial exitosa respaldada por toda la sociedad china.

Los funcionarios chinos creen que tienen dos ventajas en la guerra comercial. La primera es el control de las palancas del mando del Estado que sólo sueña tener Trump. Las instituciones estadounidenses, como la Reserva Federal o la Cámara de Representantes, se han resistido a la presión de este líder, mientras que Xi sólo necesita chasquear los dedos para que todos los actores nacionales cumplan sus órdenes.

Y además, está el sentimiento histórico contra las potencias extranjeras que previamente han “intimidado” y “humillado” a China, el cual puede ser convenientemente avivado por los portavoces del partido.

Martin Wolf

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