El pacto fáustico del nacionalismo

Estamos presenciando un aumento de las formas más malignas de esta poderosa fuerza social.

Estados Unidos

En Estados Unidos se está dando un resurgimiento del nacionalismo maligno.

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diciembre 21 de 2018 - 08:20 p.m.
2018-12-21

La historia del ascenso de la humanidad de ser simios de la sabana a ser dueños del planeta es una llena de pactos fáusticos. La revolución agrícola ocasionó enormes aumentos en la población, pero disminuyó los estándares de vida de muchos. Lo que es verdad de los sistemas productivos también lo es de las ideologías. De ningún aspecto es esto más cierto que del nacionalismo, un motor tanto de desarrollo como de destrucción. Necesitamos reconocer y manejar ambos aspectos de su personalidad: el benéfico y el diabólico.

El nacionalismo es, más que nada, una fuerza social extraordinariamente poderosa. Como nos recordó la conmemoración del armisticio de 1918, decenas de millones de personas han luchado y fallecido en ejércitos nacionales, a menudo voluntariamente, desde principios del siglo pasado. Murieron en masa por lo que Benedict Anderson llamaba una “comunidad imaginada”: “imaginada” porque la gran mayoría de sus miembros son desconocidos para aquellos cuya identidad nacional comparten, y “comunidad” porque reconoce un vínculo primario de lealtad y de apoyo. Tales vínculos no pueden fácilmente insertarse en el marco del economista que dicta que los individuos racionales tienden a maximizar su utilidad. Se conectan a algo mucho más profundo: el nacionalismo es una religión secular que santifica la idea de ‘nación’.

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Los seres humanos son intensamente sociales. Es totalmente natural que se identifiquen con algo más grande que ellos mismos. Inicialmente, sin embargo, estas comunidades eran pequeñas y familiares. La mayoría de nuestras entidades políticas posteriores no anticipaban que sus súbditos sintieran una íntima identidad con el Estado: estas entidades principalmente exigían obediencia. El Estado nación movilizado, y la intensa identidad que promueve, son aproximadamente un producto de los últimos 200 años, aunque, en el Occidente, hacen eco de los valores de las antiguas ciudades Estado. Nuestro punto de partida moderno pudiera ser la “levée en masse”, o conscripción masiva, iniciada después de la Revolución francesa.

El fallecido filósofo británico-checo Ernest Gellner realizó importantes contribuciones a nuestra comprensión de los beneficios económicos del nacionalismo. Su esencia, él argumentó, era la imposición de una cultura de alfabetización universal en un lenguaje común, en gran parte a través de un sistema nacional de educación. Esto, a su vez, exigió la creación de instituciones nacionales y apoyó el surgimiento de una economía nacional. Esta nueva ideología no sólo acompañó, sino que activamente promovió, una forma de vida más flexible, mientras que la antigua economía agraria, con sus propietarios agricultores, siervos y señores feudales, quedó atrás en la historia. El nacionalismo fue una de las parteras de la modernidad industrializada.

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Un Estado nación moderno tiene consecuencias benignas, menos benignas y malignas. Entre las benignas se encuentra el surgimiento de una población con un lenguaje compartido, capaz de cooperar más fácilmente y de movilizarse más libremente entre las actividades económicas. Además, el nuevo énfasis en una cultura compartida y en una identidad nacional condujo de manera bastante natural a las demandas de democracia: si todos eran miembros de pleno derecho de la comunidad nacional, seguramente todos también merecían tener voz y voto en su destino. Y, como consecuencia de la combinación del nacionalismo con la democracia, surgió el Estado benefactor. Esto último aseguró a las personas contra los riesgos creados por una dinámica economía de mercado, en la cual los medios de vida pudieran desaparecer de un día para otro. Pero, simultáneamente, también fortaleció los lazos de identidad nacional.

Entre las consecuencias menos benignas se encuentra la oportunidad de captar rentas: cuán atractivo siempre ha parecido envolver la bandera alrededor de los propios intereses regionales. Esos extranjeros injustos - exclama la gente - están socavando los esfuerzos de los ciudadanos virtuosos. Sin embargo, algo más profundo que la mera codicia está en funcionamiento. Para la mayoría de los ciudadanos de los países de altos ingresos, su pasaporte es el activo más valioso que poseen. Inevitablemente, a muchos les disgusta compartirlo libremente. Que ellos vean esto en términos de “identidad” es natural, precisamente porque un pasaporte es una expresión de identidad. El control sobre la inmigración representa, por lo tanto, una inevitable consecuencia del Estado benefactor democrático.

Entre los resultados totalmente negativos del nacionalismo se halla el uso de la xenofobia como un camino hacia el poder. Mientras más diverjan los resultados económicos dentro de un Estado nación, más fácilmente podrán los políticos cínicos persuadir a los ciudadanos ansiosos de que sus intereses están siendo sacrificados por los de una élite “globalista” - es decir, traicionera - y los de sus asociados y funcionarios extranjeros. La opinión de que quienes piensan globalmente son traidores no es sorprendente. Es un resultado natural del sentimiento nacional.

Desde mediados del siglo XX, el nacionalismo se ha globalizado. En China, por ejemplo, ahora vemos la creación, por primera vez en su historia, de un Estado nación chino. No es de extrañarse, entonces, que no pueda lidiar adecuadamente con sus comunidades minoritarias. En sociedades altamente complejas, como la de India, la creación de una identidad nacional general es aún más difícil.

Hoy en día, estamos presenciando el resurgimiento del nacionalismo maligno en el Occidente y, más significativamente, en EE.UU. Incluso tenemos el espectáculo de gente promoviendo un nacionalismo internacional. Mientras tanto, el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, ha recomendado, ridículamente, la cooperación y el desmantelamiento de las instituciones que la fomentan.

El nacionalismo es, sin duda alguna, la fuerza política más poderosa de nuestra era. En su forma benigna - llamémosla “patriotismo”, como alguna vez lo hiciera George Orwell - es la piedra angular de las entidades políticas más exitosas del mundo. En su forma maligna, sin embargo, es un enemigo de la paz y de la cooperación de la que depende nuestro futuro. Si no podemos contener sus aspectos malignos, seguramente nos destruirá.

Martin Wolf

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