El reto de un mundo, dos sistemas

Una desenfrenada competencia estratégica entre China y el Occidente sería desastrosa.

China

Lo que realmente se necesita para evitar una escalada en la tensión existente es una combinación de competencia y de cooperación con una China en ascenso

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febrero 01 de 2019 - 08:20 p.m.
2019-02-01

El acelerado desmoronamiento de las relaciones entre China y Estados Unidos representa el evento actual más significativo. ¿Cómo debiera manejarse esto, dada la interdependencia global de hoy día?

Tres hechos recientes han revelado preocupación acerca del ascenso de China a su estatus actual como la ‘superpotencia junior’ del mundo, en palabras de Yan Xuetong de la Universidad de Tsinghua.

Uno de ellos es la campaña contra Huawei - el portaestandarte de las ambiciones tecnológicas chinas a nivel internacional-, la cual debe considerarse dentro del contexto de la guerra comercial de Estados Unidos en contra de China y su descripción de este último como un ‘competidor estratégico’.

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Otro es la publicación de un artículo de la Federación de Industria Alemanas (BDI, por sus siglas en alemán) - la asociación líder de la industria en el país con una orientación hacia el libre comercio - que calificó a China de “socio y competidor sistémico”. El último es la descripción de George Soros de la China de Xi Jinping como “el oponente más peligroso de aquellos que creen en el concepto de una sociedad abierta”.

Éste es, entonces, un punto en el que una administración estadounidense nacionalista, los proponentes del comercio libre alemanes y un notable defensor de las ideas liberales están de acuerdo: China no es un amigo. En el mejor de los casos, es un incómodo socio; en el peor de los casos, es una potencia hostil.

¿Debiéramos concluir que ha comenzado una nueva ‘guerra fría’? La respuesta es que sí y que no. Sí, porque numerosos occidentales consideran a China como una amenaza estratégica, económica e ideológica. Esto no proviene simplemente de Donald Trump, ni sólo del sistema de seguridad, ni simplemente de Estados Unidos, ni meramente de la derecha del espectro político: se está convirtiendo cada vez más en una causa unificadora. La respuesta también es que no, sin embargo, porque la relación con China es muy diferente de la que existe con la Unión Soviética.

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China no está exportando una ideología global, sino comportándose como una gran potencia normal. Y, a diferencia de la Unión Soviética, China está integrada a la economía mundial.

La conclusión es que la hostilidad generalizada dirigida a China pudiera ser mucho más disruptiva que la guerra fría. Si, sobre todo, el pueblo chino se convenciera de que el objetivo del Occidente es impedirle disfrutar de una vida mejor, la hostilidad sería infinita e interminable. La cooperación se acabaría. Sin embargo, hoy en día ningún país puede aislarse por completo.

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No es demasiado tarde para evitar tal ruptura en el orden político internacional. Pero, ante esto, la estrategia correcta es gestionar relaciones que sean tanto competitivas como cooperativas, y reconocer que China puede ser tanto un enemigo como un amigo. En otras palabras, debemos acoger la complejidad. Ése es el camino de la madurez.

Al hacerlo, debemos reconocer que Estados Unidos y sus aliados (si es que el país dirigido por Donald Trump aún reconoce su valor) poseen significativas fortalezas. El ascenso de China ha sido estupendo. Pero los estadounidenses y sus aliados, en conjunto, gastan mucho más en defensa, tienen economías más grandes y representan una mayor proporción de las importaciones mundiales que China.

Una vez más, la dependencia de China de los mercados en los países de altos ingresos es mucho mayor que la dependencia de EE. UU. de China. Es probable que estas ventajas perduren, porque la nación asiática se está alejando, quizá cada vez más, del camino a las reformas - como argumenta Nicholas Lardy, del Instituto Peterson para la Economía Internacional (PIIE, por sus siglas en inglés), en un nuevo libro -, razón por la cual su economía pudiera drásticamente desacelerarse.

Además, a pesar del aumento global del autoritarismo y del malestar posterior a la crisis financiera, las democracias de altos ingresos continúan teniendo una ideología de libertad, de democracia y de estado de derecho más atractiva que la que ofrece el comunismo de China. Y, lo que es más, es obvio que los recientes fracasos del Occidente son abrumadoramente autoinfligidos: no se debe culpar a otros, por muy atractiva que esa opción sea.

Por lo tanto, Estados Unidos debiera ver su situación con una ecuanimidad mucho mayor que la de China, siempre que mantenga su red de alianzas, especialmente dada su ubicación geográfica y sus fortalezas económicas.

Si lo hiciera, de hecho, también podría reconocer que su interdependencia con China representa una fuerza estabilizadora, ya que fortifica el interés de ambas partes en unas relaciones pacíficas.

De manera similar, las autoridades estadounidenses reconocerían que crear una causa común con los aliados, en el contexto del sistema de comercio gobernado por reglas que creó, aumentaría la presión sobre China para que se reformara.

Es más, en una entrevista que se realizó en el marco de Davos, Shinzo Abe, el primer ministro de Japón, argumentó que la mejor manera de lidiar con China era precisamente en ese contexto.

Hacer concesiones en apoyo de un acuerdo global sería mucho más fácil para China que en respuesta a la presión bilateral estadounidense. Si eso requiriera reformas de las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), también estaría bien.

La cooperación es tan esencial como la interdependencia. No podemos gestionar el entorno global, ni garantizar la prosperidad y la paz, sin la cooperación con China. Además, si todos los países se vieran obligados a elegir uno u otro lado, nuevamente habría profundas y costosas divisiones entre y dentro de los países.

Nada de esto implica que los países occidentales deban aceptar todo lo que China quiera. Las tomas de control de empresas estratégicamente importantes podrían estar legítimamente fuera de los límites, para ambas partes. Simultáneamente, si existiera evidencia de un peligro estratégico por la presencia de ciertas compañías dentro de nuestras economías, entonces debieran tomarse medidas en su contra. Pero la palabra clave es ‘evidencia’.

Por último, y para mí lo más importante, y realmente vital, como lo sugiere Soros, es que protejamos nuestras libertades y las de los chinos que viven en nuestros países del nuevo sistema de 'crédito social' de China y de otras formas de alcance extraterritorial, en la medida en que podamos. 

Pero esto sería más fácil de justificar si EE.UU. no fuera tan extraterritorial también. De hecho, la creencia de EE.UU. de que tiene derecho a imponerle sus prioridades al mundo, caprichosamente, es altamente desestabilizadora. 

Ha surgido una nueva gran potencia, una que nunca fue parte de un sistema dominado por el Occidente. Como resultado, muchos están intentando dirigir al mundo hacia una era de desenfrenada competencia estratégica. La historia sugiere que esto es peligroso. Lo que se necesita es una combinación de competencia y de cooperación con una China en ascenso. 

La alternativa será una hostilidad más intensa y un creciente desorden. Ningún individuo sensato debiera querer eso. Así es que hay que detener esto, antes de que sea demasiado tarde. 

Martin Wolf

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