Enfrentamiento político impulsa el colapso económico en Venezuela

El fracaso de Guaidó para derrocar a Maduro ha acelerado la implosión.

Guaidó

"Si bien la situación podría cambiar en cualquier momento, los analistas dicen que ni Guaidó ni Maduro parecen poder asestar un golpe decisivo”.

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agosto 09 de 2019 - 08:00 p.m.
2019-08-09

La revolución del hombre respaldado por el mundo occidental para salvar a Venezuela de la dictadura y la ruina económica se ha retrasado Juan Guaidó, un carismático ex líder estudiantil de 36 años que se parece un poco a Barack Obama, está buscando apoyo en la región rural de las estribaciones andinas, pero su progreso fue interrumpido por una multitud entusiasta de simpatizantes. Las familias de la región que están hartas de dos décadas de la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez, llenaron las calles para ver al hombre quien está desafiando al heredero de Chávez, el presidente Nicolás Maduro.

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Cuando el convoy de vehículos utilitarios deportivos blindados de Guaidó se acerca a una plaza en la ciudad de Valera, con las sirenas a todo volumen, la emoción aumenta. Guaidó, desgarbado y de camisa blanca, desciende de su automóvil y se abre paso entre la multitud, ayudado por una falange de guardaespaldas con camisetas de @juanguaido.

“Si tengo que descender al infierno para terminar con esta dictadura, lo haré con la bendición de todos ustedes”, grita desde la parte trasera de una camioneta.

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Minutos después, Guaidó termina su discurso y su convoy se marcha, sonando sirenas, a su próxima aparición en un agotador día de 14 horas. La multitud regresa a la lucha diaria por la supervivencia: colas de gasolina, cortes de energía, agua corriente intermitente y salarios pagados en una moneda casi sin valor.

Ese día en el estado occidental de Trujillo en Venezuela es una metáfora adecuada. A pesar del fuerte apoyo popular, la gran valentía y el respaldo internacional, la revolución del “poder popular” de Guaidó también se ha retrasado.

Habiendo fracasado hasta ahora en despojar al régimen de Maduro, tanto Guaidó como sus partidarios en Washington, Europa y América Latina enfrentan preguntas difíciles. Aunque él sigue siendo, por mucho, el político más popular de Venezuela, no está claro cuánto tiempo puede mantener la unión de su coalición de oposición y suscitar el entusiasmo de sus partidarios.

Para la administración de Donald Trump, el problema ahora es si necesita comenzar a pensar en un Plan B para Venezuela. Y entre más se prolonga el estancamiento político en Caracas, más se ha acelerado la implosión de la economía y el desastre humanitario que está atravesando el país.

Las facciones belicosas en Washington habían prometido inicialmente una victoria rápida, presentando la lucha contra Maduro como parte de una batalla más amplia para librar a las Américas del socialismo. “La troika de la tiranía en este hemisferio - Cuba, Venezuela y Nicaragua - finalmente se enfrentará con un rival”, dijo el asesor de seguridad nacional John Bolton en noviembre.

El plan era el siguiente: el nuevo jefe electo de la Asamblea Nacional controlada por la oposición, Guaidó, lanzaría una oferta pública para derrocar a Maduro, un exconductor de autobús entrenado en Cuba con una temible reputación de mala gestión económica, corrupción y gobierno autoritario. Otras naciones lo respaldarían, las multitudes se concentrarían y el régimen caería.

El 23 de enero, ante una gran multitud en las calles de Caracas, Guaidó se proclamó presidente interino citando un artículo en la constitución que permitía al jefe del parlamento tomar el poder en ausencia de un presidente debidamente elegido. Fue rápidamente reconocido por Washington, la Unión Europea y la mayoría de los países latinoamericanos.

Pero no hubo una victoria fácil. Maduro denunció lo que llamó un complot golpista gestado en Estados Unidos y - respaldado públicamente por figuras de alto rango en el ejército - permaneció en el poder.

En medio de la crisis humanitaria, Guaidó intentó una táctica diferente al mes siguiente. Al dirigirse a los venezolanos desde el otro lado de la frontera en Colombia, prometió enviar un convoy de ayuda suministrada principalmente por EE. UU. y apeló al ejército para que permitiera el ingreso de la ayuda.

Las tropas se mantuvieron firmes al régimen y los convoyes nunca entraron.
En este momento, las conversaciones sobre una posible intervención militar estadounidense para derrocar a Maduro se estaban desvaneciendo y Washington había optado por una estrategia de “máxima presión” de sanciones cada vez más estrictas.

Las medidas comenzaron bajo Barack Obama, sancionando a funcionarios del régimen con prohibiciones de viaje y confiscación de activos por abusos contra los derechos humanos. Se extendieron en gran medida bajo Trump para golpear la economía venezolana, deteniendo progresivamente el comercio de deuda y valores venezolanos, oro y petróleo, y bloqueando las transacciones del banco central.

A medida que se aplicaba más presión, la economía venezolana se hundió aún más, pero el mensaje seguía siendo el mismo: un empujón más y Maduro se iría.

Tras semanas de protestas y manifestaciones callejeras y frustrado por el estancamiento continuo, Guaidó aumentó aún más las apuestas a fines de abril. Al amanecer, apareció frente a una base militar en Caracas con uno de los líderes opositores más conocidos del país, Leopoldo López, que se había escapado de la cárcel después de estar detenido durante muchos años. Guaidó apeló directamente a las tropas en un mensaje de vídeo para que se sublevaran y despojaran a Maduro.

El levantamiento terminó casi tan pronto como comenzó. El mensaje de Guaidó sonó improvisado y poco claro. ¿Por qué, preguntaron los venezolanos, estaba proclamando un golpe desde fuera de una base militar y no dentro? Un funcionario de alto rango, Manuel Cristopher Figuera, el jefe del temido servicio de inteligencia, sí desertó. Pero las tropas nuevamente se mantuvieron firmes con Maduro, la policía antidisturbios rápidamente aplastó las protestas dispersas y López se refugió en la residencia del embajador español.

Ahora, seis meses después de proclamarse presidente interino, Guaidó siente la presión. Encuestas independientes muestran que sigue siendo el político más popular de Venezuela, pero su apoyo ha disminuido de manera importante. Ha sido obligado a regañadientes a entablar negociaciones con el Gobierno de Maduro, auspiciadas por Noruega, conversaciones que han tenido pocos resultados en el pasado y que prometió evitar.

Si bien la situación es inherentemente inestable y podría cambiar en cualquier momento, los analistas dicen que ni Guaidó ni Maduro parecen ser capaces de asestar un golpe decisivo.

Mientras tanto, el estancamiento está destruyendo lo que queda de la economía de Venezuela. Una potencia petrolera tan rica que presumía de un servicio Concorde a París a fines de la década de 1970 se ha deteriorado tan dramáticamente que más de 4 millones de ciudadanos han huido.

Veinte años de mala gestión han otorgado a los datos económicos de Venezuela una dimensión descomunal, casi absurda. El banco central dice que la inflación alcanzó el 130.060% el año pasado. La economía se ha reducido a menos de la mitad de su tamaño en unos pocos años. El efecto de endurecer las sanciones estadounidenses este año sólo ha aumentado el dolor. El FMI, en su último reporte, espera un desplome para este año del 35%.

Ricardo Hausmann, un ex ministro venezolano y partidario de Guaidó, lo describe como el mayor colapso económico en la historia humana fuera de la guerra o de un Estado fallido, dos veces mayor a la Depresión.

Las colas para obtener combustible fuera de la capital pueden extenderse alrededor de los vecindarios y a lo largo de las carreteras. Los conductores duermen dentro de sus vehículos durante esperas que puede superan dos días y noches. Cuando llegan a las bombas, custodiadas por la policía armada, el precioso combustible se distribuye de forma gratuita: la hiperinflación ha hecho que el precio oficial del combustible sea tan bajo que no hay un billete lo suficientemente pequeño como para pagar un tanque lleno.

La Organización de Estados Americanos (OEA) estima que, si el éxodo continúa a su ritmo actual, 8 millones de venezolanos habrán abandonado su tierra natal a fines del próximo año, alrededor de una cuarta parte de la población y un número mayor que el que abandonó Siria durante su guerra civil.

Para quienes permanecen, la protesta contra el régimen de Maduro es cada vez más peligrosa. Michelle Bachelet, la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos, informó el mes pasado que casi 7.000 personas habían sido asesinadas en los últimos 18 meses en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, y dijo que muchas parecían ser ejecuciones extrajudiciales. El Gobierno rechazó rotundamente su informe.

Maduro y sus ministros rara vez aparecen en público en estos días, prefiriendo emitir comunicados estentóreos en un lenguaje revolucionario. Las solicitudes de entrevista a altos funcionarios no fueron respondidas.

En medio de la economía en ruinas, los funcionarios estadounidenses insisten en que la victoria de Guaidó es cuestión de tiempo. “Hay cada vez más presión y estamos ayudando a incrementarla”, dice un alto funcionario. “Realmente no puedo creer que sobrevivan hasta fin de año”.

Eso no es necesariamente lo que se siente en las calles del centro de Caracas, donde se hacen esfuerzos especiales para mantener el suministro de combustible, energía y agua y donde sigue habiendo una vaga apariencia de normalidad.

Moisés Naím, un escritor que fue ministro venezolano en la década de 1990, afirma que hay dos escenarios. “Uno es que el estancamiento actual continúe y tengamos un caso como el de Libia en el Caribe, una nación con dos gobiernos rivales, cada uno apoyado por una coalición internacional diferente”. Agrega: “El otro escenario es algún tipo de acuerdo imperfecto y difícil de aceptar que conlleve a unas elecciones”.

Cuando se le preguntó sobre el fracaso del levantamiento de abril, Guaidó sonrió y cambió de tema. En cambio, siguió su guión: el país lo apoya y, tarde o temprano, su campaña de protesta no violenta tendrá éxito.

Pero una combinación letal de represión y privación diaria está minando la voluntad de una población que solía ser luchadora. Luis Vicente León, director de Datanálisis, una firma de investigación en Caracas, destaca las encuestas que indican el estado mental venezolano: 49% siente tristeza, 41% ansiedad, 35% ira, 31% desconfianza y 27% frustración. Explica que la mayoría de las emociones son pasivas: la gente está profundamente conmocionada.

Y el mito de Chávez es difícil de superar, como demuestran las encuestas que sugieren que hasta una quinta parte de los venezolanos todavía se consideran partidarios.
En una colina que domina el centro de Caracas se encuentra una fortaleza militar desde la cual Chávez lanzó su primer intento de tomar el poder, un golpe militar fallido en 1992. Ahora es un mausoleo para su enorme tumba custodiada por cuatro soldados.

Daxis Mosquera, una abogada que ofrece sus servicios como voluntaria para acompañar a los visitantes, se erizó ante la sugerencia de que Chávez, “el hombre más grande que jamás haya vivido”, simplemente fue enterrado allí. “El comandante supremo no está enterrado”, explicó. “Está superpuesto”.

Ya que su legado sigue superpuesto en Venezuela, realmente se ven pocas pocas señales inmediatas de que los herederos de Chávez serán destituidos del poder.

MICHAEL STOTT – FINANTIAL TIMES

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