¿Habrá una recesión durante el Gobierno de Trump?

El presidente más fiscalmente irresponsable tiene la suerte de su lado.

Donald Trump

Aunque para los expertos Trump ha errado en la mayoría de las políticas económicas que ha hecho, el dinamismo actual está a su favor.

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Portafolio
diciembre 21 de 2018 - 08:20 p.m.
2018-12-21

Nadie merece una recesión económica más que el presidente estadounidense, Donald Trump. Pero los pronósticos de una inminente recesión en Estados Unidos son, como mínimo, prematuros.

La esperanza es lo que motiva parcialmente esa expectativa generalizada. Se ha convertido en un artículo de fe entre los opositores a Trump que su campaña de 2020 coincidirá con un colapso del crecimiento estadounidense. Eso sería fatal para sus posibilidades de reelección. También le daría un final muy merecido a la presidencia más fiscalmente irresponsable desde la de George W. Bush.

Habría justicia poética en un desenlace como éste. Pero los oponentes de Trump no son buenos en diferenciar entre lo que ‘es’ y lo que ‘debería ser’. Según lo que se quiera ver, los números podrían apuntar en cualquier dirección.

Por un lado, el auge provocado por el recorte fiscal de US$1.500 millones de Trump se extinguirá rápidamente el próximo año. Ha ayudado a elevar el crecimiento estadounidense por encima del 3%. La mayor parte de ese estímulo desaparecerá a finales de 2019.

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También, el crecimiento debe disminuir de forma correspondiente. Es difícil que una Cámara de Representantes ahora controlada por los demócratas tenga motivos para acordar otro estímulo a tiempo para la campaña de reelección de Trump.

Los mercados de bonos parecen compartir el pronóstico de los liberales estadounidenses. La curva de rendimiento entre los papeles del Tesoro a dos y cinco años, que mide los diferentes retornos que los inversionistas esperan, se ha invertido recientemente.

Esto significa que es más barato pedir prestado a más largo plazo que a corto, lo cual es un presagio clásico de una contracción inminente.

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De hecho, muchos inversionistas esperan que la economía se desacelere. Si se suma la guerra comercial de Trump con China, cómo el mercado de valores está rechazando las valoraciones de las grandes compañías tecnológicas, y el aumento de los precios del petróleo después de que la Opep y sus aliados acordaron una reducción de la producción, entonces sí que es altamente probable que haya una desaceleración dentro de los próximos dos años.

La fiesta de Trump fue frenética mientras duró. Ahora la realidad está a punto de apagar la música.

Pero esta es solo la mitad de la imagen. Fácilmente podría ser la mitad equivocada. He aquí la otra. Si eres anti-Trump, cúbrete los ojos: la tasa de desempleo en Estados Unidos se encuentra en su nivel mínimo en casi 50 años; la tasa de participación en la fuerza laboral estadounidense continúa mejorando; los salarios se están recuperando; y hay pocas señales de que la inflación esté a punto de dispararse.

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Eso significa que la Reserva Federal puede darse el lujo de prestarle atención al consejo de Trump de retrasar - o reducir - las tasas de interés previstas para el próximo año.
Jay Powell, el presidente de la Reserva Federal, podría estar reacio a ceder a los deseos de un presidente abusivo. Pero lo que es realmente cierto es que la marea monetaria está favoreciendo a Trump.

Las recuperaciones no se mueren de vejez. Algo las mata. Si la economía de hoy fuera una moralidad, Trump sería el asesino. Lo ha hecho casi todo mal. Sus recortes fiscales carecían de financiamiento. Contrariamente a lo que alegó, no se pagarán por sí mismos. El déficit presupuestario mensual estadounidense alcanzó un récord de US$205.000 millones en noviembre.

También, habrá menos herramientas para luchar contra la próxima recesión cuando llegue. Además, habrá poco espacio para que la política monetaria la contrarreste: las tasas de interés se mantienen muy por debajo de sus normas históricas.

Tampoco su reducción fiscal fue una “reforma”, como se le llama erróneamente a menudo. Trump dejó en su lugar gran parte el código impositivo corporativo existente, lo cual beneficia a los grandes titulares en lugar de a las empresas startup. Por lo tanto, no es de extrañar que las empresas hayan destinado la mayor parte de los beneficios imprevistos a la recompra de acciones en lugar de a nuevas inversiones.

Como resultado, la desigualdad ha aumentado durante la presidencia de Trump. Los economistas solían hablar de la ‘curva del Gran Gatsby’: que la desigualdad en EE. UU. había regresado a los niveles de la década de 1920. Esos días ahora parecen casi igualitarios.

El 1% en EE. UU. posee el 40% de la riqueza del país, que es mayor que la del 90% inferior combinado. Ésa es una cifra peligrosa, que las políticas de Trump probablemente empeorarán. Y él no necesariamente pagará por ello.

Así como la política es un juego de percepción, las creencias de las personas sobre su futuro económico están cada vez más definidas por su política. La mayoría de los votantes republicanos se muestran optimistas sobre la perspectiva económica de EE. UU. La mayoría de los demócratas se muestran pesimistas.

Este es un fiel reflejo de lo que decían los votantes cuando Barack Obama era presidente. La ampliación de la “brecha de las expectativas partidistas” ofrece otra medida más de la división cognitiva entre los fieles republicanos y demócratas en EE. UU.

¿Cómo afecta la desigualdad esta imagen? De dos maneras. En primer lugar, una brecha de riqueza grande y creciente reduce el crecimiento a largo plazo. Cuantos más beneficios de la economía se lleven quienes ya son ricos, menos gastará la sociedad en el consumo.

Esto no pronostica nada bueno para la tasa de crecimiento de la tendencia estadounidense. Ayuda a explicar por qué a los minoristas de clase media, como Macy’s, Sears y JC Penney, les está yendo tan mal.

En segundo lugar, la desigualdad alimenta la ira contra las élites. Trump es un genio por excelencia de su generación en cosechar el resentimiento de la gente. Tras empeorar el problema, seguramente lo explotará.

Mientras tanto, a los liberales estadounidenses les resulta incómodo atacar directamente la desigualdad. El partido demócrata también tiene su ala plutocrática. En parte les preocupa que se les acuse de una guerra de clases. También los inhibe el hecho de que tantos multimillonarios conocidos son liberales. Pensemos en Michael Bloomberg, George Soros y Tom Steyer. Contar con una recesión no es una estrategia para ganar.

En resumen: Trump está destrozando el balance financiero de Estados Unidos, sembrando divisiones tóxicas y aprovechando una ola de suerte cíclica. Eso eventualmente llegará a su fin. Pero no debemos apostar a que sucederá antes del año 2020.

Como los mejores generales de Napoleón, Trump tiene suerte. A diferencia de ellos, su derrota no es inevitable.

Edward Luce

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