Inversionistas toman distancia mientras asciende del caos en Brasil

Los datos de la Bolsa de Valores muestran que los extranjeros han sido los vendedores netos de las acciones desde que Bolsonaro llegó al poder. 

Sérgio Moro, el juez anticorrupción de Brasil

El ministro de Justicia, Sergio Moro, está en el foco de las críticas.

AFP

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junio 30 de 2019 - 05:36 p.m.
2019-06-30

Estos últimos días han sido agitados en Brasil, incluso para un país propenso a los escándalos. El ministro de justicia ha sido acusado de conspiración; uno de los principales asesores presidenciales fue despedido después de una riña con el gurú malhablado de su jefe; y el jefe del banco nacional de desarrollo se vio obligado a renunciar por acusaciones de impureza ideológica. Un militar de la comitiva de Bolsonaro fue detenido por llevar 39kg de cocaína.

Sorprendentemente, las acciones y la moneda apenas se han visto afectadas. Esto parece extraño, pues los escándalos más recientes se han producido en momentos en que el Gobierno, que comenzó su mandato hace seis meses, se está preparando para someter sus reformas de pensiones a votación en el Congreso.

Si se aprueban, el plan promete poner a Brasil nuevamente en vías de crecimiento. Si fracasan, se corre el riesgo de un regreso a la recesión. Cualquier distracción o pérdida del escaso capital político seguramente sería una mala noticia. Sin embargo, los mercados parecen indiferentes. Esto se debe a los recientes avances en el plan de reforma de las pensiones, que está en vías de superar su primer obstáculo importante en la legislatura la próxima semana.

Pero también oculta una diferencia de opinión persistente entre los inversionistas locales y extranjeros. Aunque los locales parecen aún confiar en el programa económico liberal del a menudo caótico nuevo Gobierno, los extranjeros se muestran más escépticos. Los datos de la Bolsa de Valores de São Paulo muestran que los extranjeros han sido los vendedores netos de las acciones brasileñas desde que Jair Bolsonaro, el presidente de derecha, asumió el poder en octubre del año pasado.

Pero no siempre fue así. Conforme se desarrollaron los mercados financieros y de capital de Brasil en los últimos 20 años, era común que los lugareños se mostraran pesimistas sobre las perspectivas económicas del país y que los extranjeros se mostraran muy entusiastas.

Al conocer mejor el terreno, los lugareños sabían cómo procede la política, usualmente disfuncional, del país. Incluso cuando Brasil logró estabilizar su economía al vencer la inflación en la década de 1990, y mientras aprovechaba el superciclo de los productos básicos en los primeros doce años de este siglo, a ellos les preocupaba que los gobiernos de tendencia izquierdista despilfarraran las ganancias. Durante la devastadora recesión de 2015-2016, muchos se sintieron reivindicados.

A los extranjeros les interesaban menos los detalles. A ellos les importaban, específicamente, las altísimas tasas de interés de Brasil. Exceptuando una crisis, y asumiendo que la moneda se depreciaría aproximadamente acorde con la inflación, las operaciones de acarreo, o ‘carry trade’, de Brasil - la diferencia entre las tasas de interés que se ofrecen en Brasil y el costo de financiamiento en el extranjero - eran demasiado tentadoras como para ignorarlas.

Conforme Brasil emergía de las ruinas de la recesión ocurrida entre 2015 y 2016 y el candidato preferido de los inversionistas se evaporaba rápidamente en las elecciones, muchos se alegraron de apoyar al polémico Bolsonaro, especialmente después de que nombró a Paulo Guedes - un banquero de inversiones capacitado en la Universidad de Chicago - como ministro de Economía.

Desde entonces, muchos se han desilusionado de Bolsonaro, quien, además de su hábito de hacer comentarios racistas, homofóbicos y misóginos, y publicar contenido escatológico en Twitter, ha demostrado tener cierta predilección por intervenir en los asuntos económicos, lo cual recuerda a la desastrosa y difamada ex presidenta Dilma Rousseff. Al igual que ella, por ejemplo, él ha impedido que Petrobras, la compañía petrolera estatal, suba los precios acorde con las tasas del mercado.

Sin embargo, muchos inversionistas locales siguen confiando en Guedes y sus reformas económicas. Pero para muchos extranjeros, conforme se acaban las oportunidades inmediatas y fáciles, Brasil se ha convertido en un lugar complejo y desordenado que exige un grado de diligencia debida que muchos no están dispuestos a ofrecer.

“¿De dónde vendrá la inversión?”, pregunta Wilber Colmerauer, de EM-funding, con sede en Londres. “El Gobierno no tiene dinero para invertir”.

Para los extranjeros escépticos, el torpe gobierno de Brasil es un motivo de preocupación. Independientemente de cuán prometedores puedan ser los planes de Guedes, muchos esperarán a ver los resultados antes de comprometerse. 

Jonathan Wheatley

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