Las cicatrices sociales que dejaron las elecciones brasileñas

Separaciones familiares y un temor generalizado entre los ciudadanos, son algunas de las secuelas que dejó la jornada electoral de este año.

Elecciones en Brasil

Las redes sociales se llenaron de informes sobre desconfianza, resentimiento, paranoia extrema y odio absoluto.

EFE

POR:
bloomberg
octubre 29 de 2018 - 12:46 p.m.
2018-10-29

La familia solía ser un espacio seguro para Mauro Palermo. El ejecutivo editorial de Rio de Janeiro y padre de dos niñas recordó con cariño los domingos en la casa de sus abuelos, donde sin importar quien dirigía Brasil, hermanos y primos se reunían para bromear, chismear y resolver los problemas del mundo con bocadillos de jamón y queso y jugo de castaña de cajú. Ese idilio familiar desapareció con las elecciones de 2018.

Eso sí, los ancianos de la familia hicieron todo lo posible para mantener la paz a principios de este mes, cuando la tía de Palermo celebró su cumpleaños número 70 en la víspera de la primera ronda de las elecciones. Pero dado que el vehemente excapitán del ejército derechista Jair Bolsonaro lideró la contienda y fue elegido como presidente en la segunda vuelta con el exalcalde de Sao Paulo Fernando Haddad, la tregua no pudo durar: apenas terminó la celebración, el primo de Palermo fue a su Facebook para "repudiar" a la familia por su apoyo a Bolsonaro.

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Simpatizante del Partido de los Trabajadores, dijo que hablaba en nombre de su hermana, una lesbiana que, aunque nunca ha sido discriminada por sus familiares, seria presa fácil de los próximos "fascistas". "La política ha contaminado a nuestra familia", me dijo Palermo. "Lo que es peor, con las redes sociales, las conversaciones aisladas ahora son públicas y permanentes. No hay escapatoria".

Y así esto se convirtió en la contienda más divisiva, resentida y estúpidamente rencorosa desde que los generales en el poder regresaron a sus cuarteles hace 33 años. Quizás esto puede parecer exagerado, como el rumor en internet sobre un ferrocarril subterráneo que llevaba a las personas LGBT a refugios seguros en el extranjero, o colegas preocupados que me dicen que están cambiando de WhatsApp, la popular aplicación de mensajería, a Signal, porque tiene "mejor encriptación", me aseguró un amigo reportero.

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Por otro lado, algunos brasileños parecen estar manejando la turbulencia con el característico buen humor de esta nación. Algunos gays en Rio están hablando de cambiar la popular aplicación de seguridad para la ciudad de "Onde tem tiroteio" (Donde hay tiroteo) a "Onde tem troglodita" (Donde hay matones) para monitorear la violencia homofóbica.

Sin embargo, en una cultura política que he seguido a través de siete presidencias, y que durante mucho tiempo he admirado por su asombrosa habilidad para suavizar las diferencias con ligereza y gracia, últimamente hay una desagradable inclinación hacia la marca de una era.

Las redes sociales se llenaron de informes sobre desconfianza, resentimiento, paranoia extrema y odio absoluto. En ellas abundaron las historias de vándalos políticos que patrullan las calles en busca de adversarios para golpear o intimidar.

La Asociación Brasileña de Periodismo de Investigación ha registrado 141 casos de amenazas de violencia contra periodistas que cubrieron las elecciones, la mayoría de ellos vinculados a partidarios de Bolsonaro.

Los terapeutas son a menudo los primeros en responder a las repercusiones. "Las posiciones de un candidato sacan lo peor de la gente, mientras que el otro reacciona con total intolerancia", dijo Bianca Hermanny, terapeuta transpersonal, que asesora a muchos pacientes jóvenes en Rio. "Esto es totalmente nuevo y perturbador".

La psicoterapeuta Eliane Seldin concuerda con esto. "Nunca he visto a Brasil así, y viví la dictadura y una sentencia de prisión", dijo Seldin, quien pasó tres meses en la cárcel acusada de política estudiantil durante el gobierno militar. Me contó sobre pacientes gay que tienen miedo de tomar la mano de su pareja en público o salir por la noche, sobre una brasileña de color que estaba pensando planchar su pelo afro y sobre pacientes jóvenes que tienen miedo por la violencia con armas de fuego o que expresan "fantasías de que les hagan daños".

Es difícil decir cuándo exactamente la política brasileña pasó de una apasionada contienda política entre adversarios a una "batalla bíblica entre ángeles y demonios", escribió recientemente el antropólogo Roberto DaMatta.

Es aún más difícil tranquilizar a amigos y colegas convencidos de que Brasil está a punto de volver a los tiempos oscuros, cerca de 1964, cuando los militares tomaron el poder en un golpe de estado y permanecieron durante los próximos 21 años. O que Bolsonaro no es una encarnación brasileña del dictador filipino Rodrigo Duterte, y que su victoria del domingo pondrá al país más grande de América Latina a un paso de una autocracia electoral al estilo bolivariano.

Podría ser peor en Argentina, con su presidencia imperial: "Si Bolsonaro ganara en Argentina, podría destruir rápidamente la democracia", comentó el historiador Federico Finchestein en Twitter.

No es que Bolsonaro de tranquilidad. Una y otra vez, ha alardeado de su desprecio por la civilidad y la templanza que cimientan la sensibilidad democrática. En Internet se replica por todos lados sus insultos a las mujeres y a los gays y su desprecio por los activistas de izquierda. Su última joya: "Estos rojos marginales serán expulsados del país". Nada de esto debe pasarse por alto o tomarse a la ligera. Sin embargo, a medida que la campaña avanzó, el escrutinio y reproche público han obligado a Bolsonaro a apartarse de algunas de sus propuestas más odiosas e imprudentes, y a callar a sus lugartenientes al expresar sus puntos de vista más alarmantes.

Solo en las últimas semanas modificó sus posiciones de campaña de línea dura en siete políticas diferentes, como la reinstauración de un impopular impuesto a las transacciones financieras, la privatización de todas las grandes empresas estatales (desde entonces ha eximido a Petrobras, Eletrobras y los grandes bancos estatales), el retiro del popular pago de dinero a los pobres (ahora quiere agregar un bono navideño), y fijar la mayoría de edad en 16 años (se dice que su nuevo umbral es 17 años).

Elocuentemente, Bolsonaro de inmediato abordó las criticas después de que su hijo Eduardo, un legislador electo, describiera cómo cerrar la Corte Suprema ("Ni siquiera se necesita un jeep, solo un soldado y un cabo", le dijo a un grupo de oficiales de policía). Bolsonaro rápidamente reprendió a su hijo y escribió al decano de la Corte Suprema de justicia Celso de Mello prometiéndole respetar la Corte Suprema como el "guardián de la Constitución".

Ese gesto no es tanto la contrición como el reconocimiento de que el poder tiene consecuencias, y que fijar la tónica en el alto cargo es importante. Podría ser una locura afirmar, como lo han dicho algunos analistas políticos brasileños, que la democracia corre un "riesgo cero" por estas elecciones. Sin embargo, desde que los generales renunciaron, el sistema político de Brasil ha sobrevivido a la muerte de un presidente civil, una deuda externa aplastante y la hiperinflación, dos juicios políticos y la peor recesión de la historia.

Brasilia no es Manila, donde un dictador puede pisotear el poder judicial, a los fiscales y al Congreso, y la Constitución de 1988 sigue siendo ley. No son solo las instituciones formales las que refuerzan la estabilidad, sino lo que el politólogo Fernando Schuler, de la escuela de negocios Insper, ha llamado acuerdos informales: la opinión pública, que desde las protestas masivas de 2013 y todos los años desde entonces, ha convocado a funcionarios corruptos para que rindan cuentas y mantenido la política honesta y receptiva. Puede que eso no sea suficiente para detener las disputas familiares, pero es un buen presagio para la controvertida democracia de Brasil.

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