Populismo vs París: la lucha por responder al cambio climático

El auge de los líderes populistas amenaza el acuerdo alcanzado en la capital francesa en el 2015.

Francia

En todo el mundo se organizan manifestaciones pidiendo más acciones de los gobiernos para combatir el cambio climático.

EFE/Olivier Hoslet

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diciembre 07 de 2018 - 08:20 p.m.
2018-12-07

Han pasado tres años desde que más de 150 jefes de estado se reunieron en París para negociar un pacto sobre el clima que, por primera vez, cubrió todo el mundo. El histórico acuerdo se celebró como un triunfo no sólo para el medio ambiente, sino también para la cooperación mundial.

Al mismo tiempo, del otro lado del Atlántico, Donald Trump estaba condenando el acuerdo en su campaña presidencial. Pocos en París prestaron atención al candidato presidencial con escasas posibilidades que aún no había conseguido la nominación republicana. Sin embargo, en momentos en que Polonia es la sede de la conferencia de la ONU sobre el cambio climático de este año, que se celebra del 3 al 14 de diciembre, Trump y otros líderes populistas se han convertido en la mayor amenaza para el pacto sobre el clima.

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En su fondo, el acuerdo de París es un pacto de buena fe que se basa en la cooperación. Cada país establecerá su propia meta de emisiones, a partir de 2020 cuando entre en vigor, y luego elegirá una nueva meta de reducciones cada cinco años. En las conversaciones de este año, conocidas como ‘COP24’, se debe acordar un conjunto de reglas sobre cómo se hará esto, y se acordará la letra pequeña que quedó fuera del acuerdo original.

El auge del populismo desde Europa a América Latina y Asia ha hecho que el pacto, basado en un conjunto de ideales que ahora escasean, luzca frágil. Y la propuesta estadounidense de retirarse ha envalentonado a otros críticos.

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“Se necesita una respuesta globalista para lidiar con el cambio climático, y si eres nacionalista crees que no viniste a este mundo para apoyar algo así”, dice Jerry Taylor, presidente del Centro Niskanen, un grupo de estudio de Washington.

Taylor era un prominente escéptico del cambio climático antes de cambiar de opinión debido a la evidencia científica. “El auge del populismo en la derecha ha impulsado el escepticismo, porque introdujo estos elementos contra el elitismo, el globalismo y el compromiso global”, afirma. La reacción política contra el acuerdo de París coincide con un aumento en las emisiones globales de dióxido de carbono, debido principalmente al creciente consumo de carbón. A medida que comienzan las conversaciones anuales sobre el clima en Katowice, una antigua ciudad carbonera de Polonia, el entorno resalta lo difícil que es dejar de utilizar los combustibles fósiles: una compañía estatal de carbón es uno de los patrocinadores de la conferencia. Aunque los signatarios del acuerdo de París prometen limitar el calentamiento global a “muy por debajo” de los 2ºC, las promesas existentes están lejos de ser suficientes para lograrlo. Los científicos dicen que el mundo se dirige a un calentamiento mayor a los 3ºC de calentamiento para finales del siglo, si persisten las políticas actuales.

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Esto se dificulta aún más por el hecho de que la elección de Trump ha precedido el surgimiento de otros nacionalistas, muchos de los cuales comparten sus opiniones sobre el acuerdo. En Brasil, el presidente electo Jair Bolsonaro ha considerado la idea de retirarse y ha dicho que quiere relajar los controles sobre la deforestación de la Amazonia.

La semana pasada, Brasil dio marcha atrás a su oferta de ser sede de las conversaciones sobre el clima en 2019. Izabella Teixeira, la exministra de medio ambiente del país, quien ayudó a negociar el acuerdo de París, dice que ha sido difícil observar los ataques al acuerdo sobre el cambio climático. “Tengo miedo porque hay una nueva transición global, con el tema del Brexit, en EE. UU., en Australia”, dice ella.

En un número cada vez mayor de países se está produciendo un rechazo a la idea de coordinar acciones sobre el cambio climático global. En Australia, el exprimer ministro Malcolm Turnbull dejó el puesto en agosto después de que intentó introducir un plan de reducción de emisiones.

En Alemania, se avecina una lucha por el carbón, que se complica más por el poder creciente de AfD, un partido de extrema derecha que cree que el cambio climático es un engaño.

Mientras tanto, en Canadá, se espera que el impuesto al carbono introducido por Justin Trudeau sea un tema importante en las elecciones del próximo año. En Filipinas, el presidente Rodrigo Duterte indicó que el acuerdo era “absurdo”, antes de finalmente firmar el pacto en 2017.

“Si eres nacionalista, no te gusta la colaboración, y el acuerdo sobre el clima implica colaboración”, explica Nicholas Stern, profesor de economía y gobierno de la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres. “La pregunta es cómo enfrentamos ese tipo de desafíos. Brasil será una buena prueba”.

Una serie de desastres naturales e incendios forestales este año han resaltado el impacto del calentamiento del planeta; el mundo se ha calentado 1ºC desde los tiempos preindustriales. Un informe de la ONU en octubre reveló que incluso 2ºC de calentamiento tendría consecuencias devastadoras para la tierra.

“Los próximos 20 años son más importantes que cualquier otro período en la historia”, explica Lord Stern, porque los humanos definirán el futuro del planeta en formas que pueden ser irreversibles.

Michal Kurtyka, el presidente de la cumbre de Katowice, asegura que los delegados se están reuniendo en un entorno mucho más sobrio. “El apetito por soluciones multilaterales no es lo que era en 2015”, considera. “El estado de ánimo general es diferente”.

Kurtyka, un viceministro designado por Polonia para dirigir la cumbre, tiene la tarea de organizar a los negociadores para acordar normas. Señala que será “desafiante”, pero tiene esperanzas sobre el resultado.

La misión de las conversaciones de este año será “aún más complicada” por la nueva situación política, apunta Christiana Figueres, exjefa de la secretaría del clima de la ONU y arquitecta clave del acuerdo de París. El libro de normas determinará cómo el organismo de la ONU reporta, controla y verifica las emisiones de gases de efecto invernadero de los países.

“No habría sido tan difícil acordar el libro de normas si no hubiéramos tenido el resultado de la elección estadounidense”, afirma Figueres. “Técnicamente hay muy, muy poca preocupación allí. Lo lamentable es que todo ha quedado atrapado en la política”. Y argumenta que el surgimiento de Trump y Bolsonaro ha tenido un “efecto contagio”. “El clima no debería ser un tema partidista. Pero creo que se ha atascado en ese campo ideológico, en parte debido a la alergia al rol del gobierno y al rol de los acuerdos multilaterales”.

Un tema clave en las conversaciones de este año es si habrá un conjunto de normas para todos, o si debería haber normas diferentes para los países en diferentes etapas de desarrollo.

China, que ha asumido un mayor papel de liderazgo en el debate sobre el clima - aprovechando la oportunidad ofrecida por la retirada de EE. UU. -
quiere mucha más flexibilidad para los países en desarrollo, una posición que será muy difícil que muchas naciones occidentales acepten.

Uno de los principales puntos problemáticos para China es la forma en que se van a monitorear y verificar los informes de emisiones sin compartir información económica sensible, pues Pekín no quiere que personas ajenas examinen sus datos internos, en particular sus pronósticos económicos. Sin embargo, en ausencia de algún peso político estadounidense, China podría salirse con la suya, y los observadores creen que el resultado más probable de las conversaciones es un libro de normas que será mucho más débil que si EE. UU. se involucrara totalmente en las conversaciones.

La financiación también será un punto controversial, pues los países ricos no han dicho hasta ahora cómo cumplirán la promesa de entregarles US$100.000 millones al año en ayuda relacionada con el clima a las naciones más pobres en el año 2020. EE. UU. ha exacerbado el déficit esperado, pues Trump ha retirado miles de millones de dólares en fondos para el clima que la administración de Barack Obama había prometido.

“La burla autocrática de Trump envalentona a otros”, resalta Paul Bledsoe, un asesor sobre el clima de la administración Clinton. “Degrada la ambición de todos los que creen en este acuerdo”.

Alden Meyer, director de políticas de la Unión de Científicos Preocupados, señala que a todos los países les resultará difícil cumplir con las metas de temperatura acordadas en París. Limitar el calentamiento global a 2ºC requerirá reducir las emisiones a cero antes de finales del siglo.

“Éste es un desafío político para cualquier tipo de gobierno, la tasa de cambio, la transformación, la naturaleza exponencial de lo que tenemos que hacer”, asevera Meyer. “No se trata sólo de los gobiernos autoritarios, aunque son claramente parte del problema”.

Más allá de Katowice, dice que el verdadero desafío no es si las naciones se retiran, sino si ignoran el pacto. “Lo que es más corrosivo es si los líderes no parecen tener intención de utilizar la política interna para cumplir con los compromisos que hicieron en París”.
Una ironía es que el acuerdo de París fue diseñado para ser flexible, precisamente para garantizarles a los países que no afectaría su soberanía.

“No sé qué más podría hacerse para aliviar las preocupaciones de la derecha que un acuerdo internacional que permite establecer objetivos propios”, opina Taylor. “El hecho de que incluso un paso anémico y poco ambicioso, como el de París, pueda ser tan problemático debería ser alarmante para los realistas del cambio climático”.

Conforme los negociadores se reúnen en Katowice, muchos ambientalistas aún tienen esperanzas. Aparte del acuerdo climático a nivel nacional, las ciudades, los estados y las empresas han comenzado a tomar los asuntos en sus manos e introducir sus propias metas de emisión de carbono.

Aunque esto podría no lograr exactamente los mismos resultados que las políticas a nivel nacional, sí podría tener un gran impacto en la reducción de las emisiones, dice Michael Bloomberg, el exalcalde de Nueva York que ha dedicado una parte considerable de su fortuna a la lucha contra el uso del carbón y otras causas medioambientales.

Él reconoce los desafíos que enfrenta el acuerdo de París. “Sí, cada vez es más difícil, eso es verdad. Pero ¿y qué?”, cree Bloomberg. “Estamos cerrando centrales eléctricas de carbón en EE. UU. al mismo ritmo bajo el mandato de Trump que bajo el mandato de Obama”.

La reducción del costo de las energías eólica y solar, y los riesgos para la salud causados por la contaminación ambiental causada por la combustión del carbón, significan que la transición del uso de los combustibles fósiles se producirá independientemente de quién esté en la Casa Blanca, dice. “Al final el capitalismo está funcionando. Hacemos lo que nos interesa, y detener el cambio climático y mejorar el medio ambiente actualmente son cosas que son de interés público y corporativo”.

En EE. UU., un grupo cada vez mayor de ciudades, estados y empresas que representan aproximadamente la mitad de la economía estadounidense ha creado una coalición climática informal, denominada ‘We Are Still In’ (Seguimos en la lucha).

Esta visión optimista contrasta con las conversaciones sobre el clima en Polonia, donde EE. UU. organizará un evento para promover el carbón el 10 de diciembre. Trump dará un mensaje en video.

El centro de conferencias donde se celebra la cumbre de Katowice se construyó en el sitio de una antigua mina de carbón, y la polución en el aire da fe de la industria pesada que aún alimenta esta parte del sur de Polonia.

Pero quizás la contaminación del aire y las minas de carbón abandonadas son un recordatorio apropiado de lo que está en riesgo, mientras que el acuerdo global sobre el cambio climático enfrenta su prueba más dura hasta el momento.

Leslie Hook

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