Por qué el globalismo es bueno para todos

Los empresarios y financieros globalistas tienen, por supuesto, sus defectos. Pero su instinto es ver a los extranjeros como clientes, no enemigos. 

Así le irá al comercio exterior del país este año
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Portafolio
noviembre 02 de 2018 - 07:25 p.m.
2018-11-02

La diferencia entre globalización y globalismo puede parecer insignificante, pero es importante. La globalización es una palabra utilizada por los economistas para describir los flujos internacionales de comercio, inversión y personas. El globalismo es una palabra utilizada por los demagogos para sugerir que la globalización no es un proceso sino una ideología, un plan perverso, impulsado por una misteriosa multitud de personas conocidas como ‘globalistas’.

(Lea: Un debilitado EE. UU. se halla solo). 

En su discurso en la ONU, Donald Trump declaró: “Rechazamos la ideología del globalismo y acogemos la doctrina del patriotismo”. La semana pasada denunció nuevamente a los ‘globalistas’ en un evento de campaña, mientras la multitud clamaba por el encarcelamiento de George Soros, un filántropo judío considerado como el epítome del ‘globalismo’. Pero la derecha radical no es el único grupo que ataca a la globalización. Muchas figuras de la izquierda han argumentado que el sistema de comercio está diseñado por los ricos y que perjudica a la gente común.

Pero este ataque ideológico de derecha-izquierda es peligroso. Ignora los beneficios que el comercio ha traído. Sugiere que la globalización es un complot más que un proceso. Y al promover el nacionalismo como el antídoto, libera fuerzas económicamente destructivas y políticamente peligrosas.

Entre 1993 y 2015, el apogeo de la globalización, la proporción de la población mundial que vivía en la pobreza extrema se redujo a casi la mitad. El comercio ha ayudado a atraer a miles de millones de personas a la clase media y ha convertido a países pobres como Corea del Sur en naciones ricas.

(Trump lidera un resurgimiento global del nacionalismo). 


Trump y sus acólitos argumentan que esta prosperidad asiática se ha comprado a expensas de la clase media del Occidente. Pero los estilos de vida de la clase media en el Occidente ahora dependen, en gran medida, del flujo de bienes baratos del resto del mundo. Un iPhone fabricado en EE. UU. costaría alrededor de US$2.000, es decir, el doble. La competencia de mano de obra barata en Asia y América Latina sí ha contribuido al estancamiento de los salarios. Pero en lugar de contrarrestar esto con políticas públicas, la administración actual ha impulsado la creciente desigualdad a través de impuestos regresivos.

Trump y sus equivalentes europeos también han impulsado el mito que afirma que los globalistas cobardes, como Soros, están alentando y financiando la migración ilegal. Al hacerlo, fomentan fantasías paranoicas que provocan ataques como el asesinato masivo en una sinagoga en Pittsburgh. Para muchos antisemitas, ‘globalista’ se ha convertido en sinónimo de judío. No debería ser necesario decirlo, pero es absurdo sugerir que los ‘globalistas’ han causado la violencia en Siria o Honduras.

Los críticos de la globalización tienen el derecho de iniciar un debate sobre la migración, el comercio y la inversión. Pero sus “soluciones” son poco realistas, y se arriesgan a empeorar las situaciones económicas. El Brexit es un buen ejemplo. Las quejas de los partidarios sobre la UE se hacen eco de muchas de las quejas de Trump. Se culpa a Europa por la migración, la burocracia y el elitismo. Los partidarios del Brexit creen que la UE es un proyecto ideológico. Ignoran en qué medida la legislación europea es un conjunto de soluciones para problemas transfronterizos, como la libre circulación de mercancías y las normas comerciales comunes.

Lo que está sucediendo en el Reino Unido es un microcosmos de lo que podría suceder en el mundo si un asalto estilo Trump en contra del comercio internacional cobra fuerza. Los aranceles que Trump ha impuesto aumentarán el costo de vida para los estadounidenses.

Los mayores peligros, sin embargo, no son económicos sino políticos. Al denunciar repetidamente a los ‘globalistas’, Trump ha fomentado la idea de que EE. UU. se está enfrentando a un enemigo antipatriótico interno. Eso, a su vez, alimenta los actos de violencia.

Los riesgos políticos también son internacionales. El aumento de las tensiones económicas está vinculado a un aumento de tensiones militares. Tanto Washington como Pekín utilizan cada vez más el lenguaje del conflicto en lugar de la cooperación.

Todo esto se asemeja a la reacción violenta contra la globalización en 1930, un proceso narrado por Harold James, un historiador de Princeton, quien demostró cómo el proteccionismo creciente estaba vinculado con el aumento de las ideologías radicales y una tendencia a la guerra. Él piensa que es “muy probable” que la “desglobalización” actual también culmine en la guerra. Los empresarios y financieros ‘globalistas’ tienen sus defectos. Pero al menos su instinto es ver a los extranjeros como clientes, no enemigos.

Gideon Rachman

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