Por qué nuevas crisis financieras son inevitables

Con el paso del tiempo, las regulaciones se degradan y el riesgo aumenta.

Wall Street

Los temores a que se produzca una nueva crisis financiera internacional han sido uno de los principales factores que ha impulsado una gran volatilidad en los mercados.

EFE

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Portafolio
marzo 22 de 2019 - 08:12 p.m.
2019-03-22

Este mes nos enteramos de que la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos había decidido no aumentar el colchón de capital anticíclico requerido de los bancos por encima de su nivel actual de cero, a pesar de que la economía estadounidense se encuentra en un punto máximo cíclico.

(Cómo evitar la próxima crisis financiera). 

También eliminó las calificaciones ‘cualitativas’ de sus pruebas de estrés para los bancos estadounidenses, aunque no para los extranjeros. Finalmente, el Consejo de Supervisión de Estabilidad Financiera (FSOC, por sus siglas en inglés), liderado por Steven Mnuchin, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, eliminó a la última aseguradora de su lista de instituciones ‘demasiado grandes para quebrar’.

Puede que estas decisiones no perjudiquen la estabilidad del sistema financiero. Pero muestran que la regulación financiera es procíclica: se afloja cuando se debe endurecer y se endurece cuando se debe aflojar. De hecho, sí aprendemos de la historia de la economía mundial; y luego olvidamos la lección.

Las regulaciones de los bancos se han endurecido desde las crisis financieras de 2007-12. Los requisitos de capital y de liquidez son más estrictos; el régimen de ‘prueba de estrés’ es bastante exigente; y se han realizado esfuerzos para poner fin al escenario de ‘demasiado grande para quebrar’ desarrollando la idea de una ordenada ‘resolución’ de las instituciones financieras grandes y complejas.

Daniel Tarullo, el gobernador de la Fed a cargo de la regulación financiera hasta principios de 2017, recientemente señaló que “el coeficiente del capital ordinario agregado y ponderado por riesgo de los bancos estadounidenses más grandes aumentó de aproximadamente el 7% en los años anteriores a la crisis financiera del 2008, a un nivel que está cerca del 13%, a partir de finales de 2017”.

Sin embargo, la autocomplacencia es injustificada. Los bancos siguen siendo instituciones altamente apalancadas. El público espera que estén a salvo. Pero, con una relación promedio de activos a capital básico de alrededor de 17 a uno, su capacidad de soportar pérdidas continúa siendo limitada.

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El argumento a favor de esto es que estas instituciones promueven en una gran medida el crecimiento de los países. Como insiste Anat Admati, de Stanford, este es un argumento dudoso pero que, políticamente, funciona.

Además, como lo ha mostrado en un reciente artículo Jihad Dagher, del Fondo Monetario Internacional (FMI), la historia demuestra la prociclicidad de las regulaciones.

Una y otra vez, a las regulaciones se las relaja durante un auge: de hecho, la desregulación a menudo impulsa ese auge. Luego, cuando han ocurrido los daños y aparece la desilusión, se las vuelven a endurecer. Este ciclo se puede ver en la burbuja de los mares del sur del Reino Unido a principios del siglo XVIII y, tres siglos más tarde, en el período previo - y en la secuela posterior - a las recientes crisis financieras. De hecho, es posible observar un sinnúmero de ejemplos diferentes entre las dos.

Podemos reconocer cuatro razones por las que esto suele ocurrir: económica, ideológica, política y meramente humana.

La gran razón económica es que, con el paso del tiempo, el sistema financiero evoluciona. En este sentido, existe una tendencia a que el riesgo salga de las partes mejor reguladas del sistema y migre hacia las que están menos adecuadamente reguladas.

Incluso si los reguladores tienen el poder y la voluntad de mantenerse al día, la innovación financiera que a menudo acompaña esta evolución dificulta hacerlo.
Cabe resaltar que el sistema financiero global es complejo y adaptable. Y también está dirigido por personas altamente motivadas, por lo que es difícil para los reguladores ponerse al día con la evolución de lo que actualmente llamamos ‘banca en la sombra’.

La razón ideológica es la tendencia a ver este complejo sistema a través de un ‘cristal’ simplista. Cuanto más poderosa sea la ideología de los mercados libres, más tenderá a erosionarse la autoridad y el poder de los reguladores mundiales.

Naturalmente, la confianza pública en esta ideología tiende a ser fuerte en los auges y débil en las caídas.

La política también es importante. Una razón es que el sistema financiero controla vastos recursos y puede ejercer una enorme influencia. En el ciclo electoral estadounidense de 2018, según el Centro de Política Responsiva (CRO, por sus siglas en inglés), las finanzas, los seguros y los bienes raíces (tres sectores entrelazados) fueron los que más contribuyeron, cubriendo una séptima parte del costo total.

Este es un magnífico ejemplo de la lógica de la acción colectiva de Mancur Ol son: los intereses concentrados prevalecen sobre los generales. Esto es mucho menos cierto en tiempos de crisis, cuando el público está enfurecido y quiere castigar a los banqueros. Pero es verdad, de nuevo, durante las épocas ‘normales’.

También surge una corrupción relativa, o incluso flagrante: los políticos pueden incluso exigir una parte de la riqueza creada durante los auges. Dado que los ellos al final controlan a los reguladores, las consecuencias para estos últimos, incluso si son honestos y diligentes, son evidentes. Si es necesario, pueden ser eliminados.

JK Galbraith inventó el concepto del ‘bezzle’: la riqueza que la gente cree que tienen antes de que se les revele el robo. Las burbujas crean enormes ‘bezzles’ legales. Todo el mundo odia a los funcionarios que tratan de impedir que obtengan una parte de estos grandes ‘botines’.

Un aspecto significativo de la política está estrechamente vinculado al arbitraje regulatorio: la competencia internacional. Una jurisdicción trata de atraer negocios financieros a través de una regulación de ‘toque ligero’; posteriormente otras le siguen. Esto con frecuencia ocurre porque sus propios financieros y centros financieros se quejan amargamente. Es difícil resistirse al argumento de que los extranjeros están haciendo trampa.

Luego tenemos la tendencia humana a descartar los eventos del pasado lejano como irrelevantes; a creer que “esta vez será diferente”; y a ignorar lo que es evidente.

Mucho de esto puede resumirse como una ‘miopía ante el desastre’. El público les otorga a los reguladores irresponsables el beneficio de la duda y disfruta del auge. Con el tiempo, las regulaciones se debilitan, conforme las fuerzas en su contra se fortalecen y las que están a su favor se corroen.

Así pues, cuanto más grande sea el desastre, más probable es que duren las regulaciones más estrictas. Pero se irán al final. El hecho mismo de que la respuesta en materia de política ante la última crisis haya exitosamente evitado otra depresión aumenta las posibilidades de una repetición más temprana.

El hecho de que el sector privado se mantenga fuertemente endeudado hace que este resultado sea todavía más probable.

El advenimiento de la administración de Donald Trump debiera considerarse como parte de este ciclo. Es posible que partes de las regulaciones y de la estricta supervisión que no le gustan sean innecesarias o incluso perjudiciales.

Pero el efecto acumulativo de sus esfuerzos es bastante claro: las regulaciones se erosionarán, y esa erosión se exportará. Esto ha sucedido antes y volverá a suceder. Esta vez, tampoco es diferente.

Martin Wolf

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