Superpotencia en declive: política exterior de Estados Unidos

El diplomático veterano William Burns detalla los cambios bajo cinco presidentes del país, desde el triunfo hasta la arrogancia.

La Casa Blanca

Burns admite graves errores en Libia, donde EE. UU. fue arrastrado para derrocar a Muammer Gaddafi por David Cameron. 

Bloomberg

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marzo 15 de 2019 - 08:37 p.m.
2019-03-15

William Burns se encuentra entre los diplomáticos estadounidenses más destacados de su generación, habiendo servido bajo cinco presidentes y 10 secretarios de Estado. Su memoria, The Back Channel, es una defensa sencilla de un oficio anticuado. También es un testimonio de los peligros de las ilusiones con respecto a la política exterior de Estados Unidos.

‘Testigo de la destrucción’ podría servir como un título alternativo del libro de Burns. Critica fuertemente el “sabotaje activo” del departamento de Estado bajo el presidente Donald Trump. Destaca la arrogancia de la decisión del presidente George W. Bush de invadir Irak, “el pecado original” que sacrificó la influencia estadounidense en el Medio Oriente.

Concuerda, pero critica a su sucesor, Barack Obama, quien se percibe como distante, reflexivo e inflexible. “Después de la imprudencia de su predecesor, el mantra de Obama de ‘no hacer estupideces’ fue una guía sensata”, escribe Burns. “Pero había otras realidades escatológicas en la política exterior: también sucedieron desastres, y reaccionar ante los acontecimientos con movidas fuera de políticas con límites claros fue un desafío persistente”.

Naturalmente, estas críticas están cubiertas por referencias obligatorias a información incompleta y un mundo complejo. No obstante, en general, Burns es francamente sincero sobre el uso y abuso del poder que ejecutó Estados Unidos en la segunda mitad de sus 30 años de carrera. Esto es particularmente cierto después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, cuando el impulso natural de tomar represalias llevó a guerras abiertas a un costo enorme en sangre y riqueza.

“Los estadounidenses a menudo estamos tentados a creer que el mundo gira en torno a nosotros, nuestros problemas y nuestro análisis”, escribe el autor. “Como aprendí de la manera más difícil, otras personas y otras sociedades tienen sus propias realidades, que no siempre son hospitalarias con la nuestra. Eso no significa que tengamos que aceptar o complacer esas perspectivas, pero entenderlas es el punto de partida para una diplomacia sensata”.

Su dilema, como reconoce él mismo, es que la profesión diplomática ha perdido su monopolio de presencia, acceso y percepción e influencia. En la era de WikiLeaks y los actores transnacionales, los secretos son porosos y la información es omnipresente.

Aquellos como Burns quienes practicaron el arte de la diplomacia corren el riesgo de ser ahogados. En la Twittersfera se han perdido las antiguas virtudes de la diplomacia: la capacidad de reunirse, comunicarse y maniobrar para obtener ganancias futuras, especialmente a través de alianzas.

Burns señala correctamente a la administración de George H. W. Bush (Bush padre) como modelo. El equipo de seguridad nacional que logró el final de la guerra fría fue de primera clase. James Baker era un secretario de estado astuto que disfrutaba de la confianza del Presidente. De igual manera, Bush entendió perfectamente la importancia de la moderación. Su decisión de no derrocar a Saddam Hussein en la primera guerra del Golfo parece incluso más sabia dada la debacle después de la segunda guerra del Golfo.

Pero, como Burns reconoce, Estados Unidos se encontraba en la cima del poder en 1991. Un año después, cuando Bill Clinton se preparaba para llegar a la Casa Blanca, Burns advirtió en una nota profética que la victoria en la guerra fría enmascaraba desarrollos más malignos.
Las fuerzas de fragmentación estaban en aumento, con el riesgo de una retirada hacia el nacionalismo o el extremismo religioso o una combinación de ambos.

“La competencia ideológica no había terminado; simplemente asumió nuevas caras”, escribió Burns. “El conservadurismo islámico sigue siendo una poderosa alternativa a la democracia como un principio organizador”.

Estas señales de advertencia se ignoraron o se perdieron en los acontecimientos del día a día. Otros memorándums desclasificados del departamento de Estado muestran a Burns preocupado por la ampliación prematura de la OTAN, especialmente teniendo en cuenta los compromisos informales de Baker y Bush con el líder soviético Mijaíl Gorbachov.

El riesgo en ese momento era que una nueva teoría de la conspiración de mala fe ganara terreno en la Rusia de Boris Yeltsin.

Burns tiene pocas ilusiones sobre Vladimir Putin. El sucesor de Yeltsin estaba decidido a restaurar el poder y la influencia del Estado ruso. El error fue empujar la ampliación de la OTAN a Georgia y Ucrania. Dos momentos desastrosos se produjeron, en 2008 y 2014, cuando Rusia invadió a sus vecinos. “Fue otra lección en las complejidades de la diplomacia y los riesgos de las ilusiones”, dice Burns, exembajador en Moscú.

Burns tiene un don para la perspicacia demostrado en sus observaciones. Putin es “un apóstol de la retribución”. El recién instalado presidente Bashar al-Assad es “agradable pero seguro”, un estudio sobre “la banalidad del mal”. James Baker fue un excelente negociador, “desencadenado por la ideología y abierto a puntos de vista y desafíos alternativos a la convención”.

En ocasiones, Burns el diplomático es demasiado razonable. El exembajador de EE. UU. en Jordania ignora el hecho de que el rey Hussein no se haya unido a la coalición liderada por EE. UU. contra Saddam Hussein después de la invasión de Kuwait (hasta Assad el padre del actual presidente de Siria se unió).

Sugiere que un acuerdo de 2011 con China redujo significativamente los robos comerciales habilitados por la red informática, lo cual es una exageración. Y demuestra su mayor vulnerabilidad cuando defiende el acuerdo nuclear del presidente Obama con Irán.

Burns ofrece una narración apasionante de las negociaciones secretas con Teherán. Iniciadas en Omán, las conversaciones ofrecen un estudio de caso en diplomacia: cómo cerrar una brecha de sospecha mutua que se remonta a la caída del Sha. Sin embargo, el resultado, aunque notable para frenar el programa nuclear de Irán, fue un acuerdo sin contexto. No abordó la conducta iraní, en particular el patrocinio del régimen del terrorismo y los representantes de Hezbolá en todo el Medio Oriente.

Sobre la primavera árabe que se convirtió en invierno, Burns le da crédito a Obama por tratar de reducir la involucración de EE. UU. en el Medio Oriente, girando hacia Asia y los poderes en ascenso de India y China. Pero la velocidad de los acontecimientos arruinó las mejores intenciones. El equipo de Obama se mantuvo fiel a su estrategia a largo plazo con demasiada frecuencia optando por la retórica elevada en lugar de la acción concreta.

Burns admite “graves errores” en Libia, donde EE. UU. fue arrastrado para derrocar a Muammer Gaddafi por un motivado David Cameron, primer ministro del Reino Unido, y el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy. En Egipto, un antiguo aliado de EE. UU., Obama vaciló y finalmente accedió a la caída de Hosni Mubarak en nombre de la democracia, sólo para verlo luego reemplazado por el autócrata general Sisi. La falta de respuesta al uso de armas químicas por parte de Assad en Siria fue un hito. Observar, en lugar de moldear, lo que Obama denominó el arco de la historia tenía un precio: una China más asertiva, encarnada por el presidente Xi.

Burns no tiene tiempo para la política exterior de ‘EE.UU. Primero’ de Trump, “una desagradable mezcla de unilateralismo beligerante, mercantilismo y nacionalismo no reconstruido” caracterizado por “posturas musculares y afirmaciones sin hechos”.
Deplora los ataques en contra de los diplomáticos de carrera que recuerdan a la época de McCarthy. Sin embargo, reconoce la necesidad de una reforma, no sólo de la burocracia del departamento de Estado, sino también a través de un nuevo acuerdo a raíz de la “militarización” de la diplomacia en los últimos años.

Éste es el requisito clave para que EE. UU. pase de ser una hegemonía a ser un “poder fundamental” frente a China. La transición a la fecha ha sido dolorosa. Un nuevo orden mundial exige el compromiso de Estados Unidos. Es una pena que Burns no estará presente para su creación.

Lionel Barber

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