¿TLC o no TLC?

Alabados por unos y criticados por otros, los TLC encienden la pólemica sobre si son la verdadera causa del pobre desempeño comercial de Colombia.

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Cada vez que alguien dice que hay que revisar un tratado, argumenta que la balanza comercial de Colombia con el país socio es deficitaria.

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septiembre 25 de 2018 - 06:32 p.m.
2018-09-25

¿De modo que ahora los tratados de libre comercio (TLC) son los malos del paseo? Si la economía crece me- nos, no es porque se haya acabado la bonanza mineroenergética, sino por los TLC. Si la industria no avanza, no es por ineficiencias sectoriales, sino por los TLC. Si el crecimiento potencial de la nación cae, no es por problemas de productividad acumulados durante años, sino por los TLC. Ahora que hay un nuevo gobierno: ¿qué pasará con los acuerdos?

Cada vez que alguien dice que hay que revisar un tratado, argumenta que la balanza comercial de Colombia con el país socio es deficitaria. Por más persuasiva que parezca esa posición, se trata de un razonamiento mercantilista ya superado por la historia. Hablo del mercantilismo como escuela de pensamiento económico, aquella que tuvo su auge hace más de dos siglos, cuando se pensaba que la razón de ser del comercio era vender mucho y comprar poco para acumular oro.

Esas ideas fueron superadas por los economistas clásicos, quienes demostraron que los beneficios del comercio para un país no radican en vender mucho y comprar poco, sino en vender lo que se produce abundantemente para adquirir aquello de lo que se carece. Esa no es una consideración menor para un territorio como Colombia, que no tiene producción competitiva de bienes de capital así como de muchas materias primas, y que, por el contrario, requiere de su importación para menguar su rezago competitivo.

Aunque la teoría económica moderna se ha construido sobre esas bases, aquí se sigue arguyendo que si una relación comercial es deficitaria hay que revisarla. Esa visión no solo es conceptualmente anacrónica, sino empíricamente engañosa. Es cierto que la balanza comercial con los socios con los que hemos suscrito los principales acuerdos de la presente década (Estados Unidos y la Unión Europea) registra un saldo deficitario, pero lo mismo sucede con la mayoría de los países con los que no hay tratados.

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Los acuerdos van en el sentido correcto, en la medida en que contribuyen a fortalecer y diversificar dicha oferta.

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El actual déficit comercial de Colombia tiene que ver con dos circunstancias que se incubaron durante más de 10 años. La primera es la bonanza mineroenergética, que se vivió hasta el año 2014 e hizo que la oferta exportable colombiana se concentrara en petróleo y sus derivados. A modo de ejemplo, la participación de los envíos de combustibles a Estados Unidos, en las ventas totales a ese país, pasó de 52 por ciento en el 2002 a 72 por ciento en el 2013, de modo que cuando el precio del crudo cayó, se desató el déficit.

La segunda causa es la enfermedad holandesa, que se derivó de esa bonanza. Con una tasa de cambio en alrededor de 2.000 pesos durante más de una década, los despachos no mineroenergéticos fueron perdiendo competitividad y desapareciendo lentamente, tanto que ahora, cuando esta se ha recuperado, pocos han sobrevivido. Hay que recordar que, entre las principales economías de América Latina, Colombia tiene la oferta exportable más concentrada en productos básicos, solo superada por Ecuador y Venezuela.

Buscar las causas del retraso comercial colombiano en los tratados de libre comercio equivale a soslayar serios problemas de competitividad del país.

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Buscar los motivos del retraso comercial del país en los TLC equivale a soslayar serios problemas de competitividad internos. Un caso elocuente es su inmenso rezago exportador: según el Foro Económico Mundial, Colombia ocupa el lugar 124, de 137, en exportaciones por habitante, y si alguien cree que se ha dedicado a importar, conviene recordar que está en el 125, entre 137 naciones, en importaciones por habitante.

Con un país tan aislado, cual- quier intento por fortalecer los vínculos comerciales con el mundo genera resistencia. Sin embargo, si se revisan los efectos específicos de los principales tratados, se encuentran datos interesantes.

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Un caso elocuente es el inmenso rezago exportador: según el FMI, Colombia ocupa el lugar 124, de 137, en exportaciones por habitante.

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En un entorno desolador, en el que casi no hay empresas despachadoras ni diversificación de las ventas externas, la vigencia de los tratados aumentó, en la mayoría de los casos, el número de firmas exportadoras colombianas y el de productos enviados al extranjero. Por ejemplo, en el caso del TLC con Estados Unidos, estas han aumentado 23 por ciento desde que está vigente el acuerdo, mientras que la cantidad de productos creció 13 por ciento.

La causa verdadera del pobre desempeño comercial de Colombia no son los TLC, es su rezago productivo y la pobreza de su oferta exportable. Los acuerdos van en el sentido correcto, en la medida en que contribuyen a fortalecer y diversificar dicha oferta. Para potenciar esos beneficios se requiere de una política deliberada que eleve la productividad del capital y el trabajo, así como estrategias de encadenamientos y atracción de la inversión, para aprovechar las posibilidades de los nuevos esquemas comerciales, como la Alianza del Pacífico.

En este contexto, revisar los TLC que ya tiene Colombia redundaría en hacer crecer las rentas de algunos sectores, a costa del bienestar de los consumidores, mientras que se aplazan, una vez más, las soluciones a los verdaderos problemas de competitividad del país.

Mauricio Reina
Investigador Asociado de Fedesarrollo 

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