Sergio Calderón Acevedo
Columnista

La ciudad de 300 minutos

Bogotá es uno de los mejores ejemplos del fracaso de las ciudades.

Sergio Calderón Acevedo
POR:
Sergio Calderón Acevedo
septiembre 21 de 2020
2020-09-21 09:22 p. m.
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Amanecimos hoy con la nueva versión del detestable Pico y Placa. A última hora excluyeron el sábado, que lo haría más insoportable. Pero no lo descartan a futuro. Mientras los bogotanos estuvieron encerrados en la cuarentena más larga del mundo, la administración distrital se encargó de improvisar unas ciclorrutas, y terminó de darles carácter permanente, como ocurre con los inmundos buses del SITP “provisional”, señalizándolas y separándolas con barreras de concreto o con las denominadas “maletas”.

Con este artilugio, la secretaría de inmovilidad suprimió carriles completos de las principales arterias y demostró poca inteligencia, estudio del problema, y una contradicción total con el propósito de lograr tener una ciudad de 15 minutos.

Olvidan los ejecutores de este adefesio, que Bogotá no puede ser de 15 minutos, porque no tiene transporte público eficiente, porque es demasiado grande y porque no hay suficientes polos urbanos independientes que permitan encontrar todo al alcance de los pies o de una bicicleta.

Bogotá es uno de los mejores ejemplos del fracaso de las ciudades, contrario a lo que afirma el urbanista Edward Glaeser, quien sostiene que ellas son el mejor invento humano, porque nos hacen, supuestamente, más ricos, más inteligentes, más verdes y sostenibles, más saludables y más felices. Hacia allá íbamos, hasta que Claudia López decidió destruir los logros del reciente pasado, por sus odios personales.

Por estar perifoneando, en traje de teletubbie, por toda la ciudad, la posesionada pero sin ejercer alcaldesa López, seguramente no se enteró de que Nicolás Estupiñán estaba tratando de convertir a Bogotá en la apacible Chapel Hill o la Washington de anchas avenidas, donde el ingeniero pasó muchos años de su vida. Se les ocurrió, nada más ni nada menos, que limitar a un solo carril el acceso a y la salida de Suba, una localidad de más de un millón de habitantes.

Liquidaron 50% de la carrera séptima en sentido norte-sur, habiendo archivado, con gran felicidad y revanchismo, el transmilenio de la séptima y los puentes e intercambiadores que hubieran solucionado el eterno trancón de la principal avenida de Bogotá y la Circunvalar.

Entre la lista de obras que no han arrancado, por estar López ocupada llamado lista, casa por casa, para que no salieran “sus ocho millones de bogotanos” a la calle, están el metro y las trocales de TransMilenio de la 68 y la avenida Boyacá, las cuales le dejaron contratadas. Ni una piedra, ni una palada, cero ejecución.

Esta es apenas una referencia a una larguísima lista de obras financiadas y/o contratadas por la administración Peñalosa, a las cuales dedicaré mi próxima columna. Si ellas fueran ejecutadas, decenas de miles de personas conseguirían empleo y la ciudad empezaría a resolver, por fin, sus problemas de inmovilidad.

El nuevo pico y placa es una medida adoptada por la incapacidad de solucionar problemas estructurales. Mientras tanto, López seguirá haciendo política, poniendo sillas vacías en actos públicos, mientras la suya, en el Palacio Liévano, es la más vacía de todas.

Sergio Calderón Acevedo
Economista

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