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La segunda guerra de los mil días

No puede ser esta la hora del oportunismo y el populismo.

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julio 01 de 2020
2020-07-01 09:01 p.m.
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La terrible guerra de los mil días que padeció Colombia entre los años 1899 y 1902, germen de la lucha fratricida que aún nos acosa, ha regresado a nuestra memoria, pero por un origen diferente al de aquel entonces, que era una confrontación local entre gamonales políticos.

Hoy se trata de la mayor depresión económica global de la historia, ocasionada por un microbio de naturaleza desconocida y, en consecuencia, de repercusiones, por lo pronto, difíciles de calcular.

La humanidad, en especial en los llamados países más avanzados en términos de bienestar material y conocimiento, por la fuerza de esta circunstancia tendrá que hacer el tránsito de la arrogancia hacia la humildad.

Serán, al menos, otros mil días de ‘sangre, sudor y lágrimas’, parodiando a Winston Churchill, cuando anunció a sus compatriotas británicos su programa de gobierno al asumir su cargo como primer ministro en el inicio de la segunda guerra mundial.

Y no podrán ser menos de otros mil días los que habrán de pasar antes de poder recuperar los más relevantes indicadores macroeconómicos previos a la pandemia, tales como la tasa de desempleo – que rondaba el 10%, y que ahora podría encaminarse, nadie sabe con certeza, hacia las cercanías del 25% o aún más–; el crecimiento de la economía, que venía robusto, muy por encima del promedio de la región, pasando del 3,2% anual a una muy probable contracción del 8%; el déficit fiscal, que oscilaba entre el 2,2% y el 2,5% del PIB, que ahora apunta hacia no menos de tres veces esta última cifra; el déficit de la cuenta corriente, el talón de Aquiles de la economía, que se hallaba en el 4% sobre el Producto Interno Bruto (PIB), llegando al 5,5%.

Pero, en mi opinión, mucho más que la contracción del aparato productivo de la Nación, el golpe más severo se materializará en el aumento de la desigualdad.

Es verdad que este virus, por ser global, no respeta fronteras territoriales. Sin embargo, resulta profundamente discriminatorio frente a las fronteras sociales. En efecto, los más pobres son quienes están recibiendo el mayor castigo por sus efectos, en particular en términos del empleo y de su seguridad alimentaria.

Semejante panorama tan desolador no tiene parangón en nuestra existencia como nación. Se trata de la más dura prueba que jamás antes generación alguna tuvo que asumir.

No puede ser esta la hora del oportunismo y el populismo. Por el contrario, tiene que ser el momento de los aportes a la construcción de un genuino sentido de la compasión.
Dicho sentido de la compasión clama por el concurso de la ciudadanía en general, y del empresariado en particular, a fin de preservar los puestos de trabajo de nuestros semejantes.

Como en toda guerra de origen exógeno - esto es, ajeno a nuestra directa responsabilidad -, ahora sí que es verdad que la unión hace la fuerza.

Carlos Gustavo Cano
Profesor de la Universidad de los Andes, director de Ecopetrol, ex director del Banco de la República y ex ministro de Agricultura

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