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Miguel Gómez Martínez

Mauricio

Mauricio Gómez Escobar murió esperando que la justicia de este país tuviese el coraje y la decisión de aclarar la muerte de su padre.

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
mayo 18 de 2022
2022-05-18 01:15 a. m.
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Mauricio Gómez Escobar era mi primo hermano. Pero era mucho más que eso. Era un ser humano muy especial. Estas letras son para él que tanta falta nos hará.

Más Escobar que Gómez, Mauricio era una sumatoria de facetas todas ellas atractivas y especiales. Como todos los de esta familia, y a pesar de ser periodista de televisión, era tímido y rehusaba estar en primer plano. Le costaba salir del caparazón. Campeón mundial de las caras y los gestos; de los apuntes y las historias.

Odiaba a los políticos que los había visto todos los días en su casa paterna. Conocía su falta de lealtad y oportunismo. Les huía sin disimulo. Se le notaba en sus investigaciones donde siempre ponía el dedo en la llaga en la corrupción que abunda en nuestra sociedad. No le faltaba carácter para denunciar a quienes, poderosos o influyentes, eran responsables de los abusos.

Nadie le metía los dedos en la boca. Era el símbolo del periodismo responsable: sereno, profundo e independiente. Sus trabajos brillaban en medio de la mediocridad que abunda en nuestros medios.

Cuando yo estudiaba mi carrera en Francia y él ya era una figura, lo acompañé a cubrir dos etapas del Tour de Francia cuando, por primera vez, participaban ciclistas colombianos. Siempre sensible al dolor de los demás quiso hacer una nota sobre el estado físico en que quedaban nuestros ciclistas después de esas aterradoras etapas de más de doscientos kilómetros. Las imágenes eran tan fuertes que no se atrevió.

También lo acompañé, como traductor, a una entrevista con el presidente de Francia, François Mitterrand, que acababa de ser electo. Le impresionó el color de su tez. Al salir me dijo: “tiene cáncer”. Sólo muchos años después, los franceses supieron que su presidente estaba enfermo.

No recuerdo cómo terminamos un día en una fiesta en París en casa de una de las herederas de Antenor Patiño, el célebre rey del estaño, que fue en una época uno de los hombres más ricos del mundo.

Tenían, en estaño, unas réplicas de los caballos de Marly, que están en la Plaza de la Concordia, de unos dos metros de alto. Mi padre tenía unas de veinte centímetros. En medio de la rumba me dijo, con una mirada pícara que nunca olvidaré: “Donde el tío Quique vea estas, se muere”.

Años después convivimos en París. Cada encuentro era un placer. Muy sensible veía cosas que nadie apreciaba. Allá no era figura ni lo reconocían. Sólo era Mauricio, “el godo”, apodo que todos los hijos de Álvaro Gómez han llevado con honor. Podía conversar sobre todo tipo de temas, siempre informado y con opiniones. Una delicia de momentos.

Mauricio murió esperando que la justicia de este país tuviese el coraje y la decisión de aclarar la muerte de su padre.

MIGUEL GÓMEZ MARTÍNEZ
migomahu@gmail.com

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