Carlos Gustavo Álvarez
Columnista

Moción de orden

Ojalá alguien se acuerde buenamente de todas esas personas en las dichosas asambleas, que deberían tener un principio imperativo: desarrollarse en paz

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
marzo 05 de 2020
2020-03-05 10:01 p.m.
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Edificios, conjuntos y urbanizaciones están realizando sus Asambleas de Copropietarios, el mayor órgano de dirección de la Propiedad Horizontal. Muchos propietarios son residentes. Y se encuentran por primera vez con sus vecinos, pues es común que el grado de desconocimiento puerta a puerta sea penoso.

Por eso en las asonadas de 2019, cuando los habitantes se congregaron para defenderse de los vándalos, los memes recrearon que había sido una gran oportunidad: no solo de conocer prójimo próximo, sino de saber qué tipo de armas portaba cada uno.

También se da el caso que aparecen los mismos de siempre. Es decir, los que han asistido a gran número de asambleas, cargando la representación de ausentes o renuentes o simplemente perezosos.

Entre ellos escogerán los integrantes del Consejo de Administración, que también serán los mismos mártires, pues si existe la negligencia de asistir a la Asamblea, que es anual, imagínense lo que despierta trabajar y gratis por el conjunto o el edificio, en reuniones después de las jornadas laborales.

Los temas serán los mismos de siempre: alza de cuotas, cobros extraordinarios, zonas comunes, parqueaderos, seguridad, iluminación, mascotas, shut y depósito de basuras… Y en muchos casos, será un milagro que no terminen en pelotera o con explosiones de ira que propiciarán retiros intempestivos y violentos, en los que se esgrimirán dos consignas: “Hagan lo que se les dé la gana” y “Lo que sea que aprueben, cuenten con mi rechazo”. En fin, la tolerancia y la convivencia, la resolución de conflictos, no son las materias destacadas de este país.

Por la buena marcha de las unidades residenciales trabajan muchas personas. Los ya mencionados en la heroica constitución del Consejo de Administración. También están los administradores o las administradoras.

Aunque esa tarea ya es una profesión, muchas veces ejercida por oficinas o personas expertas, son casi siempre figuras solitarias. Se enfrentan a un volcán de sentimientos de propietarios y arrendatarios, casi siempre eructados como una pesada lava de críticas y demandas de inmediata resolución, y en muy pocas ocasiones transfigurados en una felicitación o un reconocimiento.

Y hay vigilantes, todero y señoras del aseo. Casi todos ellos vienen de lugares tan lejanos y tortuosos en el transporte, y tan agotadores en sus horarios de ida y de venida, que merecerían más consideración y menos oprobio.

En muchos habitáculos son, respecto a los residentes, extremos de la escala social y de las condiciones de vida, y si aplicáramos una noción un poco más cotidiana de la equidad y el respeto, no los someteríamos a los tratos denigrantes que tantas veces reciben.

Los guardas hacen de celadores y recepcionistas. Tienen minutos para alimentarse con comida recalentada. El todero y las señoras del aseo se abocan al infame manejo de basuras y desechos.

Ojalá alguien se acuerde buenamente de todas esas personas en las dichosas asambleas, que deberían tener un principio imperativo: desarrollarse en paz. Pero no en paz descanse.

Carlos Gustavo Álvarez G
Periodista.
cgalvarezg@gmail.com

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