El problema del credencialismo y las inversiones responsables

Mientras este ejercicio siga siendo autorregulado en vez de ‘regulado’, se propician condiciones de información errónea para los inversionistas.

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agosto 08 de 2020
2020-08-08 12:07 p. m.

No es un secreto para nadie que el credencialismo es uno de los mejores negocios del planeta, así falle muchas veces en proveer la seguridad que el comprador del producto o un inversionista quieren.

En todas las décadas del siglo pasado, y del presente, ha habido grandes escándalos corporativos, que conllevan a que se inventen más regulaciones con la esperanza que, a futuro, estos escándalos no vuelvan a repetirse. Pero se repiten una y otra vez, y seguirán repitiéndose, ya que para la codicia y la avaricia humana no existe un límite preestablecido por la ley.

Cabe recordar a Enron y las empresas dotcom al comienzo de 2000, la crisis bancaria del suprime de 2008, y más recientemente las burbujas de los negocios “innovadores” como wework y “el Dios” del Fintech, Wirecard, en Alemania, donde una firma de auditoria multinacional no se molestó en verificar si realmente en las cuentas de esta firma había los 2.000 millones de dólares en caja que estos aseguraban que existían.

Después de cada escándalo se viene una serie de regulaciones. Prueba de ello es el famoso Sarbanes-Oxley (SOX) Act de 2002, que nos iba a solucionar todas las falencias en la información de la contabilidad financiera. O en 2008, todos los cambios en Estados Unidos y a nivel global de los montos destinados a fortalecer el capital de riesgo de las instituciones financieras y evitar el fraude, por citar algunas. Y finalmente una avalancha del por qué las grandes firmas de auditoría, revisoría fiscal y agencias crediticias fallaron en hacer su trabajo frente a este tsunami de descalabros financieros.

Es en este contexto que el credencialismo, o el hecho que un externo (que generalmente cobra un monto bastante importante) certifique que una empresa (que generalmente cotiza en bolsa) se porte bien, en mi opinión, va a ser el motor de futuros descalabros financieros para la década del 2020. En especial el término “sostenibilidad”, que últimamente se utiliza con la misma ligereza que la palabrita “coaching”, va ser el detonante de los escándalos corporativos venideros en este decenio que inicia. Ya Volkswagen, con sus emisiones de Diesel, nos ha dado un adelanto de que puede ir mal con esto.

El problema principal radica en lo que yo llamo el credencialismo autorregulado. La empresa opta voluntariamente por entrar en un proceso de certificación en que ella reporta una información, muchas veces sin que nadie la verifique, y se le da un puntaje en cuanto a sus medidas Ambientales, Sociales y de Gobernanza (ASG), más comúnmente conocida como ESG por sus siglas en inglés.

La idea es sencilla. Una empresa que se porte bien o puntúe alto en estas tres dimensiones, es una empresa atractiva para invertir porque en teoría es considerada con el medio ambiente, tiene iniciativa social, y es transparente con respecto a la información financiera, sus sistemas de control, y sus grupos de interés (a todos se les olvida que el objetivo principal de una empresa, desde el punto de vista capitalista, es proveer de riqueza a sus accionistas).

Utilizando la información pública de una de las calificadoras de ESG más reputadas, advertí que, por ejemplo, grandes cadenas de casinos, industrias licoreras, fabricantes de armamento, y petroleras estaban catalogadas como empresas de alta puntuación ESG. Lógicamente, es innegable que un casino sea un buen negocio y que, bien manejado, el autor de estas líneas invertiría sin problema. Pero lo que nunca alegaría es que esta inversión es socialmente responsable (un casino puede ser amigable con el medio ambiente, tener unos sistemas de gobernanza excelentes, pero nadie me puede convencer que es un negocio socialmente responsable).

Entonces, ¿cuál es la causa de esta contradicción? La respuesta es simple: la agencia calificadora, dependiendo del sector de industria, le da un peso diferente a cada uno de los aspectos. En el caso del sector industrial de los casinos el peso que se le da a lo social es mucho mas bajo de lo que se le da a la gobernanza y a lo ambiental. Su puntaje compuesto de ESG es alto pero, como cosa rara, ningún inversionista se molesta en verificar cuál es la ponderación de cada aspecto y la agencia calificadora se limita a dar la ficha técnica que nadie lee.

Y esto es grave porque, de acuerdo a Bloomberg, 1 de cada 4 dólares de inversión es destinado por inversionistas “socialmente responsables” a inversiones con calificaciones altas en ESG. Y es posible que el cliente final minorista no tenga ni la más remota idea de lo que está pasando, pero está tranquilo porque su inversión es alta en ESG.

En conclusión, mientras siga siendo un ejercicio de credencialismo autorregulado y no regulado, claramente lo único que se logra con este tipo de iniciativas es proveer información errada al inversionista y gesta las bases para otro esquema Ponzi de acciones sobrevaloradas que conllevarán a otro descalabro financiero en los años venideros.


PH.D. Edgardo Cayón Fallon
Director de Investigación CESA

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