El futuro de los independientes en las junta de las empresas

Si las empresas de la región se replantearan el modo en que seleccionan a los directores independientes, los inversionistas tendrían más confianza.

Ejecutivos

Los directores independientes siguen siendo directores, lo que significa que habitualmente son nombrados por mayoría de accionistas.

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Portafolio
enero 09 de 2019 - 09:22 p.m.
2019-01-09

Carl Furstenberg, uno de los banqueros alemanes más prominentes de su generación, dijo hace más de cien años, en una frase ya famosa, que los accionistas son irracionales e impertinentes. Son irracionales, afirmó, porque confían su dinero a personas sobre las que no tienen control, e impertinentes porque esperan recibir dividendos como recompensa por su estupidez. Esta dinámica constituye el eje central de los desafíos vinculados con el gobierno corporativo que enfrentan muchas empresas y tiene especial relevancia en América Latina.

(Las juntas directivas y “su deber de liderazgo”). 

No es ningún secreto que la propiedad de muchas empresas latinoamericanas está concentrada en manos de un pequeño número de accionistas, y a menudo uno solo posee la participación mayoritaria. Como resultado, los accionistas minoritarios pueden encontrar que el propietario mayoritario o la gerencia de la empresa se aprovechan de ellos. De hecho, la mera percepción de este riesgo puede desalentar la inversión extranjera en empresas latinoamericanas, lo que constituye un obstáculo clave para el desarrollo del mercado de capital local y, en última instancia, para el desarrollo económico.

Uno de los medios más eficaces para proteger los intereses de los accionistas minoritarios es el nombramiento de directores independientes en las juntas directivas de las empresas. En todo el mundo, la presencia de directores independientes activos ha sido una de las herramientas más utilizadas y más eficaces en función de los costos para proteger los intereses de los accionistas minoritarios, dado que una de sus tareas clave consiste en actuar como fiscalizadores, garantizando que se tengan en cuenta los intereses de todos los accionistas.

América Latina ha logrado importantes avances en el uso de directores independientes, y en la mayoría de los países de la región, las empresas que cotizan en bolsa tienen la obligación de contar con ellos en sus directorios. Pero aún resta mucho por hacer para lograr la implementación eficaz de esta medida fundamental. No basta con la mera presencia de un director independiente. La práctica -habitual en muchas empresas latinoamericanas- de nombrar en este cargo a una persona simplemente porque es respetada, conocida y experimentada no es suficiente.

El miembro independiente del directorio debe además y fundamentalmente estar preparado para desafiar y plantear preguntas complejas a los otros integrantes y a la gerencia de la empresa, y debe estar dispuesto a hacerlo. Después de todo, si no es él o ella, ¿quién lo hará? Con demasiada frecuencia, el director puede satisfacer el requisito legal de independencia pero no actúa de manera genuinamente objetiva ni guarda la distancia adecuada.

(Evaluar a la junta directiva, cuota del éxito empresarial). 


Si las empresas latinoamericanas se replantearan el modo en que seleccionan a los directores independientes, los inversionistas minoritarios, en particular los extranjeros, podrían desarrollar la tan necesaria confianza y considerar que sus intereses estarán mejor protegidos. Como consecuencia, esos inversionistas minoritarios podrían mostrarse más dispuestos a invertir en las empresas de la región que cotizan en bolsa, lo que aportaría mayor dinamismo y liquidez a los mercados de capitales, impulsando a la vez el crecimiento del sector privado y generando nuevos empleos.

Los directores independientes siguen siendo directores, lo que significa que habitualmente son nombrados por mayoría de accionistas en la reunión general y, por lo tanto, por el inversionista mayoritario frente al cual el minoritario desea protegerse. Dado que la confianza es un elemento esencial en los mercados de capitales, se podría argumentar que este sistema tradicional de nombramiento no ayuda a aplacar los posibles temores de los inversionistas minoritarios y podría terminar limitando la capacidad de las empresas para acceder al financiamiento.

Hay diversas opciones que podrían generar mayor confianza en los inversionistas sin afectar la posición privilegiada de quien posee la participación mayoritaria. Una de ellas, que he presentado con Aurelio Gurrea Martínez, director ejecutivo del Instituto Iberoamericano de Derecho y Finanzas, consiste en utilizar dos niveles de aprobación para el nombramiento de los directores independientes: el voto de la mayoría de todos los accionistas y el voto favorable de más de la mitad de los accionistas minoritarios.

Estos podrían entonces (al menos inicialmente) bloquear al candidato propuesto por el accionista mayoritario. De este modo se alentaría al propietario mayoritario a pensar cuidadosamente a quién planea nominar, creando así también las condiciones para un diálogo entre los grupos de accionistas. No obstante, para evitar posibles disputas y estancamientos, y para manejar las inquietudes que pudiera tener el propietario mayoritario, este requisito solo se aplicaría en la primera ronda de votación. De producirse una segunda ronda, se podría lograr la aprobación por mayoría de todos los accionistas más un mínimo especificado (por ejemplo, del 10 % o el 15 %) de los accionistas minoritarios.

Si bien algunas empresas y accionistas quizá consideren que este enfoque podría quitar poder al propietario mayoritario, e incluso disuadir a las empresas de comenzar a cotizar en bolsa, la realidad es que un miembro del directorio realmente independiente y objetivo, una persona verdaderamente ajena a la empresa también beneficiará al accionista mayoritario, pues mejorará la calidad del proceso de toma de decisiones del directorio e incrementará la confianza de los posibles inversionistas. Asimismo, el accionista mayoritario podrá seguir aplicando su estrategia de negocios de largo plazo.

De este modo, un mayor número de empresas latinoamericanas podrán acceder a capital extranjero, lo que dará origen a mercados de capitales más profundos que puedan respaldar la promoción del crecimiento económico de la región. Carl Furstenberg tal vez vea así que, después de todo, los accionistas no son tan impertinentes.

Oliver J. Orton
Gerente del Programa de Gobierno Corporativo de América Latina y el Caribe de la Corporación Financiera Internacional (IFC), Grupo Banco Mundial.

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