¿Se deben priorizar los objetivos antes que las ganancias?

Durante más de medio siglo se les ha dicho a las compañías que prioricen a los accionistas. 

Manhatan

La búsqueda de rendimientos para los propietarios de las compañías, a costa de otras partes interesadas, indudablemente ha generado mayores ganancias. iStock

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enero 11 de 2019 - 09:00 p.m.
2019-01-11

En 1974, el fondo de pensiones de Phillips-Van Heusen vendió sus acciones en International Telephone & Telegraph (ITT), por lo cual sufrió una gran pérdida, en protesta por las donaciones políticas del conglomerado estadounidense.

(Lea: Una economía de salvación para el planeta)

Fue, según informó el Financial Times, el primer ejemplo conocido de acciones “antisociales” de una compañía que desencadenaron la retirada de una inversión, por lo demás, atractiva. La decisión, tomada por un panel de rendición de cuentas corporativa, compuesto por los gerentes intermedios de la compañía de camisas, no impresionó mucho al corresponsal de FT en Nueva York.

“Por supuesto, la idea de que un comité de conciencia juegue a David con el Goliat de la ITT e imponga su voluntad al enorme conglomerado es ridícula”, escribió, porque el trabajo de un gerente de cartera era simplemente “ganar dinero en lugar de hacer juicios personales subjetivos”.


Ese veredicto logró un consenso que era relativamente nuevo en ese momento, surgido del argumento de Milton Friedman de que el hecho de que una compañía buscara otra cosa que no fuera la ganancia (legal) sería “socialismo puro y crudo”. Los ejecutivos que decían tonterías sobre la responsabilidad social eran las involuntarias marionetas de quienes querían socavar la sociedad libre, había dicho el economista de Chicago en un ensayo de 1970.

La protesta del fondo de pensiones no tuvo éxito, pero el argumento de Friedman sí, estableciendo la doctrina de la primacía de los accionistas que ha definido el capitalismo anglosajón durante casi 50 años y ha configurado un mundo cada vez más controlado por las corporaciones.

La búsqueda de rendimientos para los propietarios de las compañías, a costa de otras partes interesadas, indudablemente ha generado mayores ganancias, creando una enorme riqueza para los inversionistas y los ejecutivos, cuyas recompensas se han ligado cada vez más a los rendimientos de los accionistas.

Pero esto ha tenido un costo para los empleados, los clientes y el medio ambiente; ha incentivado a las juntas a pagar menos impuestos; ha desviado el dinero hacia las recompras de acciones, que favorecen las ganancias, en lugar de hacia inversiones; y ha erosionado la confianza de la que dependen, en última instancia, las compañías.

Una década después de que la crisis financiera sacudiera la confianza de los electores en el capitalismo, los desafíos al modelo de Friedman han ido ganando ímpetu. Ahora — incluso en momentos en que el presidente estadounidense Donald Trump busca estereotipadas políticas “pro-negocios”, como la reducción de impuestos y regulaciones corporativas — están comenzando a converger en lo que parece ser una nueva visión del mundo, compartida por los principales ejecutivos e inversionistas y definida por una insólita alianza de consumidores, empleados, activistas, académicos y reguladores.

Juntos podrían romper un consenso que ha controlado los negocios durante dos generaciones y ofrecer un nuevo modelo para el capitalismo basado en las consignas del propósito, la inclusión y la sostenibilidad. Sin embargo, para que estaeforma capitalista tenga éxito, tendrá que demostrar que es más que una simple tendencia, sobrevivir a los ciclos negativos del mercado y persuadir a un público cuya fe en las élites corporativas e institucionales sigue siendo frágil.

La mayoría de los capitalistas entrevistados por un periodista del FT recientemente se parecen más a los fabricantes de camisas de la década de 1970 que al economista ganador del Nobel.

Durante el año pasado, varios líderes empresariales se han quejado conmigo de que ningún analista de Wall Street les pregunta acerca de sus esfuerzos para enfrentar el cambio climático; he visto compañías como Merck y Johnson & Johnson recordarles a los inversionistas que sus fundadores anteriores a Friedman creían que las ganancias sólo fluirían si atendían otras prioridades primero; y he escuchado a Paul Polman, presidente ejecutivo saliente de Unilever, preguntar provocativamente: “¿Por qué deberían los ciudadanos de este mundo mantener compañías cuyo único propósito es el enriquecimiento de unas pocas personas?”.

Sorprendentemente sus argumentos han hecho eco entre los mayores inversionistas del mundo, las mismas personas que parecen estar en mayor riesgo ante cualquier cambio de los intereses de los accionistas.

Si bien el artículo de Friedman proporcionó la argumentación intelectual para la idea de que la única responsabilidad social de una compañía pública era aumentar sus ganancias, el texto catalizador de la nueva era del capitalismo consciente fue una carta enviada a los jefes ejecutivos hace un año por Larry Fink de BlackRock, quien, con US$6,3 billones de activos bajo gestión, cuenta como el mayor inversionista de todos.

Como los gobiernos no se están preparando para el futuro, escribió, las personas están recurriendo a las compañías para que estas ofrezcan no sólo rendimiento financiero, sino también una contribución positiva a la sociedad, beneficiando a los clientes y las comunidades, así como a los accionistas.

Sin un propósito social, sostuvo, las compañías no hacen las inversiones en empleados, innovación y gastos de capital necesarias para el crecimiento a largo plazo; y la rentabilidad superior para compañías como BlackRock.

Fink dista mucho de ser una voz solitaria en su industria. Los activos en fondos estadounidenses que tienen como objetivo producir beneficios sociales o ambientales, junto con rendimientos financieros, se cuadriplicaron hasta los US$12 billones en la última década, impulsados parcialmente por los millennials que, según las encuestas, tienen dos veces más probabilidades que las generaciones anteriores de desear que sus pensiones se inviertan responsablemente.

Una década después del colapso de Lehman, sólo una pequeña mayoría de los estadounidenses tiene una visión positiva del capitalismo (la mayoría de las personas entre 18 y 29 años favorece el socialismo).

¿Tendrán esperanzas de que los capitalistas hagan del mundo un lugar mejor? Y como no hay escasez de los escándalos corporativos, desde las cuentas falsas de Wells Fargo hasta las intrusiones de Facebook en la privacidad de sus usuarios, ¿puede la sociedad confiar que las finanzas o los negocios decidan qué es lo mejor para la sociedad?
Una respuesta, sostiene Fink, es que a los gobiernos se les tiene aún menos confianza. Su carta de 2018 fue inspirada, dice, por el fracaso de la globalización y el multilateralismo, y lo que percibió como una creciente frustración global de que los gobiernos están haciendo menos por los votantes.

En el año previo a su última carta, señala, los presidentes ejecutivos estadounidenses se pronunciaron a favor del acuerdo de París sobre el cambio climático y renunciaron a los consejos empresariales de la Casa Blanca, después de la confusa respuesta de Trump a la violencia de supremacistas de raza blanca en Charlottesville.


Desde entonces, BlackRock ha enfrentado presiones por su tenencia de acciones en compañías de armas, después del tiroteo en la escuela en Parkland.

Nos guste o no, a los negocios ya se les está arrastrando hacia los debates más espinosos de la sociedad, desde la inmigración hasta los derechos de las personas LGBT, a menudo por parte de consumidores y empleados a quienes les resulta más fácil influir en las marcas que en los funcionarios electos.

Empresarios

Si una compañía no alcanza su objetivo de rentabilidad, los inversionistas, los periodistas e incluso los algoritmos saben cómo responder.

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Los inversionistas institucionales se están convirtiendo en efectivos activistas ambientales y el concepto de presidente ejecutivo activista ya no suena a oxímoron.

Como muchos gobiernos tienen mala reputación, los líderes de las finanzas y los negocios han recibido — increíblemente — la oportunidad de encabezar algunos de los problemas más importantes de la sociedad. ¿Aprovecharán dicha oportunidad?
Colin Mayer, de la Escuela de Negocios Saïd de Oxford, argumenta que deben aprovecharla, porque la doctrina de Friedman de concentrarse sólo en las ganancias ha actuado como una restricción antinatural sobre las varias formas en que una compañía puede atender a todos sus representados.

Ha sido apenas en los últimos 50 años que hemos sido testigos de la “conversión de la corporación multipropósito y orientada al público en una entidad egoísta y centrada en sí misma”, escribe el economista en un nuevo e influyente libro, Prosperity.

Priorizar los intereses de los accionistas antes que los de los empleados, el medio ambiente o las comunidades puede haber tenido sentido cuando el capital financiero era escaso, dice, pero ahora las finanzas son abundantes, mientras que el capital humano, natural y social escasea.

El manifiesto de Mayer replantea el lugar de la compañía en la sociedad, argumentando que su propósito es “producir soluciones rentables para los problemas de las personas y el planeta”. Las ganancias, en otras palabras, se derivan de la búsqueda de un propósito social más amplio.

Es una visión atractiva, pero ya tiene detractores. Según Anand Giridharadas, ex miembro del grupo de estudio del Instituto Aspen, las “buenas obras” corporativas no son más que “una farsa de la élite” que les permite a los plutócratas sentirse mejor consigo mismos mientras esquivan los desafíos reales al sistema que los hizo ricos.

Giridharadas, autor del libro de 2018 Winners Take All (Los ganadores se lo llevan todo) escribió: “A los ganadores de nuestra era se les debe retar a que hagan más el bien. Pero nunca, nunca se les debe decir que hagan menos daño”.


Para escépticos como Giridharadas, pedirles a los filántropos corporativos que resuelvan los problemas de la sociedad es una receta para el paternalismo desenfrenado que se impuso en la Edad de Oro de EEUU. Andrew Carnegie, el magnate del acero que deshizo sindicatos, argumentó en su ensayo de 1889 “El Evangelio de la Riqueza” que las concentraciones de poder y riqueza corporativos eran menos importantes que la forma en que los ricos distribuían su riqueza excedente para el bien común. En otras palabras, no cuestiones cómo lo conseguimos si también lo repartimos.

Algunos de los que han argumentado durante más tiempo que las empresas deben tener un propósito social argumentan que no pueden tenerlo dentro del sistema actual. Jay Coen Gilbert dice: “El colmo de la locura es buscar diferentes resultados mientras se sigue haciendo lo mismo”.

Gilbert es uno de los fundadores de B-Lab que en 2007 comenzó a certificar un nuevo tipo de compañía llamada Corporación B, con el mandato de beneficiar a todos los interesados y el compromiso de someterse a pruebas periódicas de su impacto social y ambiental.

Conforme el sector empresarial convencional se orienta más hacia sus misiones, las grandes multinacionales están mostrando mayor interés, desde los bancos hasta las compañías de energía. Danone North America se convirtió en Corporación B en abril del año pasado, uniéndose a otras 2,600, entre ellas Patagonia, Athleta, subsidiaria de Gap, y Seventh Generation, propiedad de Unilever, y Ben & Jerry's.

Incluso los partidarios del capitalismo consciente que preferirían rebalancear las prioridades de las compañías dentro del sistema actual admiten que hay obstáculos en el camino hacia la reforma. El mayor es el desafío de cómo medir algo tan vago como el propósito, el cual puede abarcar desde tratar a los proveedores de forma justa hasta reducir las emisiones de carbono.

Algunos ven una oportunidad en la necesidad de mejores datos: El presidente ejecutivo de EY, Mark Weinberger, predice que la tarea de evaluar semejantes parámetros para los clientes algún día será un negocio tan importante para su firma de contabilidad “Big Four” como lo son las auditorías financieras ahora.

Pero nadie ha inventado todavía una forma de medir el propósito que sea tan simple como el resultado final de una cuenta de pérdidas y ganancias. Si una compañía no alcanza su objetivo de rentabilidad, los inversionistas, los periodistas e incluso los algoritmos saben cómo responder. Pero, ¿cómo deberían reaccionar si no cumple con su propósito declarado?

Mientras los inversionistas activistas y los postores oportunistas estén esperando para abalanzarse sobre las de bajo rendimiento, ninguna junta descuidará los parámetros que impulsan más sus acciones. Y mientras que el movimiento de propósito-antes-de-ganancias ha cobrado impulso en un mercado en alza, no sabemos cómo le irá en la próxima recesión.

Fink y Polman se han convertido en influyentes campeones para el modelo orientado a un propósito, pero están en una corta lista de nombres que suelen aparecer en la mayoría de las discusiones sobre este movimiento. Si el propósito corporativo sigue siendo el dominio exclusivo de un pequeño grupo de presidentes ejecutivos occidentales en el circuito de Davos, se quedará corto.

“China, India y otros países no están involucrados en lo absoluto”, dice Elizabeth Littlefield, una veterana estadounidense del desarrollo que preside el foro de inversionistas de Global Impact Investing Network: “Me preocupa cómo hacer de esto un movimiento verdaderamente global”.

Un presidente ejecutivo, quien no quiso decir esto de forma oficial, comentó secamente: “Casi todos nuestros clientes están interesados en lo que podemos hacer para limpiar el medio ambiente y otras cosas. Se puede decir que es uno de sus valores fundamentales.?.?. hasta que les decimos el precio”.

En resumen, el primer movimiento en favor del capitalismo consciente todavía está lejos de ser omnipresente y carece de datos confiables, pero ¿acaso es la búsqueda de algo más allá de las ganancias algo peor que el enfoque singular de Friedman en el rendimiento para los accionistas?

Alentar a las compañías a que tengan una misión clara, tengan consideración por sus comunidades y dirijan sus impulsos innovadores hacia buenos propósitos puede que no llegue a ser un cambio sistémico, pero seguramente es mejor que la alternativa.

Los críticos como Giridharadas preferirían que la sociedad se concentrara en restablecer la política como el foro a través del cual abordamos sus desafíos. Pero como a los políticos se les ve con más sospecha que a los presidentes ejecutivos, los capitalistas conscientes pueden ser nuestra mejor esperanza.

La búsqueda de un propósito no terminará con las preguntas sobre cuánto deben ganar los presidentes ejecutivos, qué salarios e impuestos deben pagar las compañías o cuánto poder corporativo tolerará la sociedad. Tampoco los inversionistas dejarán de juzgar a los presidentes ejecutivos por los precios de sus acciones. Pero 50 años de priorizar a los accionistas ha mermado la confianza que los no accionistas sienten por las corporaciones y muchas están listas para probar algo diferente.

Conforme el interés propio de las compañías converge con los intereses de otras partes interesadas, quienes quieren mejorar el mundo tienen la oportunidad de atraer para su causa algunos de los instrumentos más poderosos para el cambio. Deben aprovechar la oportunidad que les ha dado este momento decisivo de ética de las empresas.

Andrew Edgecliffe-Johnson

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