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‘Siempre me ha gustado ser el número uno’, Bernard Arnault

El tercer hombre más rico habla del lujo, la política y la sucesión de LVMH.

Bernard Arnault es el dueño del imperio de lujo LVMH

Bernard Arnault es el dueño del imperio de lujo LVMH y en estos momentos se estima que su fortuna le convierte en el tercer hombre más rico del mundo.

AFP

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julio 05 de 2019 - 08:20 p. m.
2019-07-05

Dicen en París que todos los caminos conducen a Arnault. O sea, a Bernard Arnault, cuyo enfoque despiadado hacia las adquisiciones le ha valido el apodo de “el lobo vestido de cachemira” y recientemente lo ayudó a superar a Warren Buffett como el tercer hombre más rico del mundo.

Su imperio está presente en todo París. Apenas el otro día, su grupo de lujo LVMH lanzó una nueva casa de moda, o ‘maison’, con Rihanna, la estrella del pop; cuando un incendio devastó Notre-Dame, la familia Arnault se hizo presente con una donación de €200 millones para financiar su reconstrucción.

Pero este hombre como tal es una persona profundamente privada. He estado organizando nuestro almuerzo durante casi 18 meses. Como es una persona a quien no le gusta perder el tiempo, me han dicho que los almuerzos de negocios habituales de Arnault en el comedor privado de LVMH a menudo duran sólo media hora. Elige Le Frank, el restaurante de su propia Fundación Louis Vuitton. Este centro cultural, diseñado por Frank Gehry en el oeste de París, refleja la influencia parecida a la de la casa de los Medici, que la familia Arnault ha adquirido a lo largo del tiempo. Espero a su patriarca en una mesa discreta. Arnault entra calladamente al restaurante, pasando en gran medida desapercibido por parte de los otros clientes. Se inclina ligeramente cuando camina, habla en voz baja y tiene una penetrante mirada azul.

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Arnault luce elegante con su traje característico de marca Christian Dior; con una complexión que ha pulido en las canchas de tenis, donde incluso ha jugado un set con Roger Federer. “Obviamente perdí 6-0”, dice, “pero gané un punto”. Este año, agrega, “mi objetivo es ganar dos puntos contra Roger Federer”.

Claramente, la edad no ha moderado sus deseos de ganar. Este hombre de 70 años está obsesionado con poseer marcas hermosas y transformar su creatividad en ganancias. En el transcurso de las últimas cuatro décadas, ha convertido LVMH de una compañía textil francesa casi en bancarrota en un grupo global con ventas de €46.800 millones en 2018, entre cuyas 70 marcas se incluyen Louis Vuitton, Dior, Givenchy, Bulgari, Veuve Clicquot y Dom Pérignon. Bloomberg estima que su fortuna es de US$100.400 millones.

“Siempre me gustó ser el número uno”, asegura Arnault sencillamente. “No tuve éxito en el piano, no tuve éxito en el tenis. Creo que mi éxito ha sido llegar a un punto donde el grupo es el número uno del mundo”.

Y añade sin ironía: “Aún somos pequeños. Apenas estamos empezando. Esto es muy divertido. Somos el número uno, pero podemos llegar más allá”.

Quizás LVMH sea sinónimo de glamour, pero Arnault se formó en el mundo de los bienes raíces. Este hombre, nacido en Roubaix, una ciudad industrial en el norte de Francia, después de pasar la École Polytechnique, una de las más prestigiosas grandes escuelas de Francia, en 1971 se unió a la empresa de construcción familiar. Fue en ese momento cuando visitó Estados Unidos por primera vez y descubrió el poder que podían tener las marcas de lujo.

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Le preguntó a un taxista de Nueva York qué sabía de Francia. “No sabía el nombre del presidente, pero sí conocía a Dior”, cuenta Arnault a menudo.

Esa historia se le quedó grabada en la mente. Años más tarde, en 1984, convenció al Gobierno francés para que le permitiera tomar el control de una compañía textil prácticamente en bancarrota, Boussac. La compañía poseía una joya que él codiciaba: Christian Dior. Arnault compró Boussac por la simbólica cifra de un franco, tras asegurarle al Gobierno que se conservarían los empleos.

En cinco años, vendió la mayor parte de sus activos, pero mantuvo Dior. El Gobierno simplemente vio con impotencia cómo despedía a unos 8.000 trabajadores, inyectándole una nueva crueldad anglosajona al cortés mundo empresarial francés de la década de 1980.

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Arnault recuerda su primera incursión en el mundo de los productos de lujo. Su madre sentía “fascinación por Dior” y usaba su perfume Diorissimo, recuerca. Su hijo usaría la marca como la piedra angular de su grupo de lujo mundial.

“Le dije a mi equipo que construiríamos el primer grupo de lujo en el mundo”, agrega. Su visión era crear una estructura donde las marcas individuales disfrutaran de libertad creativa mientras gozaban del respaldo financiero y las sinergias de un gran grupo que las representaba.

La adquisición de LVMH por parte de Arnault en 1989 fue lo que confirmó el rumbo. Diseñó una participación mayoritaria en el grupo - producto de una fusión entre la casa de modas Louis Vuitton y la compañía productora de champán y coñac Moët Hennessy - y luego despidió al presidente de Louis Vuitton, Henry Racamier, de su firma familiar.

Arnault utilizó la misma estrategia de despedir a los fundadores, dividir familias o distanciar a socios comerciales en sus otras adquisiciones como Givenchy, Château d’Yquem y Duty Free Shoppers. Su estrategia fracasó en muy pocas ocasiones, especialmente con las marcas de lujo Gucci y Hermès (aunque, aun así, Arnault ganó cientos de millones de euros en cada intento).

La familia Dumas, dueña de Hermès, acudió con éxito a los tribunales para evitar que LVMH armara una adquisición. Le sugiero a Arnault que quizás algunos lo considerarían un depredador.

“No lo sé”, dice, con indiferencia. (Claramente conoce muy bien su reputación.) “Nadie espera que la competencia diga cosas positivas”.


Arnault encabezó el movimiento que transformó el mercado de una industria artesanal fragmentada en una sofisticada máquina corporativa. Los críticos dicen que esto ha conducido a una democratización del lujo que ha enriquecido a los magnates dueños de los conglomerados multimarca al tiempo que ha eliminado la artesanía tradicional. Las ganancias no provienen de la alta costura, sino de las líneas de perfumes, maquillaje y accesorios que le permiten a la gente común ser parte del sueño tras pagar apenas US$20 por un lápiz labial.

“Lo que llamas verdadero lujo es un concepto relativo para cada individuo”, asegura Arnault. Cree que el rol de LVMH es “producir productos y experiencias que transmitan un sentido auténtico de valor a nuestros clientes”. Esta idea de lujo vivencial es lo que LVMH quiere desarrollar con su reciente adquisición de Belmond, el grupo de viajes y hotelería que posee el Hotel Cipriani en Venecia y el Orient Express.

La clave del éxito de LVMH ha sido su ventaja de “pionero”, especialmente en China, donde reciben a Arnault como un jefe de estado cuando va de visita, y le abren paso entre el tráfico a su caravana de coches. En 1992, cuando China comenzaba a abrirse bajo las reformas de la economía de mercado de Deng Xiaoping, Louis Vuitton abrió una tienda en Pekín, la primera en China continental, en el sótano del Palace Hotel (ahora The Peninsula Beijing). Arnault recuerda que no había agua caliente en el hotel, y había bicicletas en las calles, en lugar de coches. Su idea era: “Somos los primeros, pero con el tiempo se desarrollará un mercado”.

Su apuesta dio resultados. Desde entonces, China ha impulsado el gasto en productos de lujo, y LVMH ha sido uno de los principales beneficiados. Arnault tiene una perspectiva conciliatoria en cuanto a las recientes tensiones comerciales entre China y Estados Unidos. A pesar de los “problemas a corto plazo”, cree que “eventualmente llegarán a un acuerdo”. Los consumidores chinos no dan señales de desaceleración y están repatriando el gasto hacia la China continental, dice.

A más largo plazo, Arnault dice tener “optimismo” de que las mismas tendencias que explican el éxito de los últimos 30 años, como las economías emergentes y el aumento del nivel de vida, seguirán brindando oportunidades para las marcas de productos de lujo y abrirán nuevos mercados como África.

De vuelta en casa en París, donde las tiendas de LVMH dominan las glamorosas calles del centro de la ciudad, el grupo ha enfrentado la ira del movimiento antigubernamental de los chalecos amarillos. Las protestas semanales, que alcanzaron su punto álgido durante el pasado invierno, obligaron a muchas marcas de LVMH a cerrar sus tiendas.

Y hablando de los chalecos amarillos, Arnault apunta que es cierto que hay desigualdades en Francia. Pero si la comparas con otros países europeos, “Francia está muy bien colocada, porque redistribuye mucho. Francia es el país campeón de los impuestos”.

¿La presidencia de Emmanuel Macron es la última oportunidad de reformar Francia antes de la posible elección del partido de extrema derecha Agrupación Nacional de Marine Le Pen? Arnault no cree que los populistas puedan llegar al poder porque dice que la mayoría aún los rechazan y que “sus teorías son un desastre económico”. Como es lógico, le satisface la atmósfera fomentada por Macron, de que “la riqueza de un país la conforman sus compañías”, no los empleos respaldados por el Estado ni el gasto público.

¿Qué tan difícil fue construir la tercera fortuna más grande del mundo en un país donde no siempre se celebra la riqueza? Arnault desecha la pregunta. “¿Cuál es mi riqueza?”, pregunta. “Son las acciones de LVMH, el resultado de lo que construimos con el grupo LVMH”. Empieza a recitar cifras: bajo su mandato, el grupo ha crecido de aproximadamente 12.000 a 156.000 empleados, y contrata entre 12.000 y 15.000 personas cada año. “Y somos el grupo que paga más impuestos en Francia”.

Arnault se mudó a EE. UU. durante unos años a principios de la década de 1980 para evitar un ambiente empresarial hostil y un impuesto sobre el patrimonio durante el mandato de François Mitterrand. Le recuerdo que, en 2012, bajo el mandato del presidente socialista François Hollande, solicitó - infructuosamente - la nacionalidad belga. Dice, de forma poco convincente, que lo hizo con la intención de establecer una fundación privada para evitar que sus cinco hijos vendieran las acciones de LVMH si él muriera.

“Nunca fui residente en Bélgica”, asevera. “Siempre pagué mis impuestos en Francia”.
Ha llegado el momento de abordar otro de los temas menos favoritos de Arnault: la sucesión. La directiva de LVMH dice que es un tema ‘tabú’ internamente, a pesar del hecho de que casi todos los hijos de Arnault están en el negocio familiar. De los dos hijos de su primer matrimonio, Delphine, de 44 años, es vicepresidenta ejecutiva de Louis Vuitton, la fuente principal de las ganancias de LVMH, mientras que Antoine, de 42 años, dirige la marca de ropa masculina Berluti y es el director de comunicaciones de LVMH. De los tres hijos del segundo matrimonio de Arnault con la pianista concertista Hélène Mercier, sólo el más joven, Jean, de 21 años, aún no tiene un puesto oficial en LVMH.

Los otros dos ya empiezan a imponerse. Alexandre, de 27 años, es el director ejecutivo de Rimowa, el fabricante alemán de maletas de lujo que LVMH adquirió en 2016 a propuesta suya. Frédéric, de 24 años, es director de estrategia y medios digitales de la marca de relojes Tag Heuer y el único de los cinco hijos que estudió en la alma mater de Arnault.

El traspaso de la compañía a la próxima generación se hará “según sus deseos, sus habilidades, sus capacidades”, dice Arnault. Rechazamos el postre y pedimos dos expresos.

Le comento que han pasado casi 20 años desde la mayor derrota de Arnault: cuando François Pinault lo venció en una larga y dura batalla por el control de Gucci. ¿Acaso le molesta aún la oportunidad de adquisición perdida, especialmente teniendo en cuenta el éxito que ha tenido Gucci bajo la propiedad de la familia Pinault?

“Odio el pasado”, dice Arnault, impasible. “Lo que me interesa es el futuro”.

Cuando la familia Pinault anunció en abril una donación de €100 millones para ayudar a reconstruir Notre-Dame después del incendio, no fui la única en París que pensó que Arnault superaría esa cifra. Efectivamente, horas más tarde, la familia Arnault anunció una donación de €200 millones. Arnault no se inmuta cuando señalo que su rivalidad con los Pinault parece extenderse incluso al campo de las donaciones benéficas. Las relaciones con Pinault son “absolutamente buenas”, afirma.

Nuestro almuerzo se ha extendido a una hora y media, y Arnault está ansioso por regresar a su trabajo. Para comprobar si es verdad que el Financial Times (FT) paga los almuerzos, de mala gana pide la cuenta “para la señora”. Es la primera vez que almuerza con una mujer y la deja pagar, dice, pero le consuela que “no elegí un restaurante de tres estrellas Michelin”.

Días después, alguien ofrece US$4,6 millones por un almuerzo privado con Buffett. Tras pagar apenas €169 por el almuerzo con Arnault, creo que le fue bien al departamento de gastos del FT.

Harriet Agnew

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