Pobreza y muerte en lejanías

Redaccion Motor
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Redaccion Motor
junio 30 de 2011
2011-06-30 11:59 p.m.

 

En mi infancia en Chaparral, oía a mi padre hablar con frecuencia de ‘Bilbao’, un corregimiento de Planadas, al sur del Tolima, en la empinada cordillera Central, de difícil acceso y escenario de crueles episodios durante la violencia partidista.

Años después, en ajetreos electorales para llegar a la Cámara de Representantes, conocí el lugar, tenido como ‘zona roja’ no sólo por ser una región liberal, sino por los hechos violentos que se sucedían a manos de las Farc.

Volví a evocar ese recuerdo de Planadas, observando en El Tiempo del miércoles 29, la foto del príncipe Felipe de Borbón, al lado del féretro –cubierto por la bandera española– donde yacía Niyireth Pineda Marín, muerta en Afganistán como soldado del Ejército de la Península Ibérica.

Por extraña paradoja, esta joven y bella soldado tolimense, nacida en una región deprimida en donde hubiese podido encontrar la muerte en una emboscada, en una toma guerrillera o en un cruce de disparos, vino a ser asesinada en un lugar extraño y dentro de una guerra que tal vez, como la mayor parte de la población, nunca entendió.

Ella, como otros colombianos muertos en Afganistán o en Irak, no han ido a la guerra por convicción, ni a defender principios, ni por patriotismo, así reciban, ya muertos, tratamiento de héroes.

Estaba allí, como tantos otros compatriotas, por necesidad económica.

Es triste y dramático el testimonio de una de sus parientes cuando narra que corría serios peligros para tratar cómo comprarle a su humilde madre la casa que la sociedad y el Estado nunca le dieron.

Esta es, por dolorosa, una oportunidad propicia para reflexionar sobre el drama de nuestros conciudadanos que han tenido que abandonar su terruño en busca de cosas elementales que aquí no encontraron: trabajo, ingreso digno, satisfacción de sus necesidades básicas, una casa para ellos, sus padres o sus hijos.

Hoy, existen más de cuatro millones de colombianos en esta situación. Abandonan su país, no por gusto, sino en busca de oportunidades que aquí se les niegan.

Vemos médicos en cuya formación invertimos grandes sumas, que luego van a trabajar como obreros rasos a Estados Unidos; abogadas que trabajan como meseras en cruceros; comunicadoras sociales que van a cuidar niños a España; contadores que trabajan como conductores de tractomula; y economistas que se ganan la vida como porteros de hotel, y pare de contar.

Muchos de nuestros compatriotas realizan en Europa o Estados Unidos labores que los nativos de esos estados ya no quieren hacer, por azarosos y difíciles.

Es seguro que el día que ataquemos a fondo los problemas de inequidad social no tendremos más Niyireths Pinedas caídas en guerras ajenas. Por lo menos estarán aquí, sirviendo como soldados profesionales.

Los países desarrollados exportan bienes y servicios.

Nosotros estamos en la situación triste de exportar personas, bien sea como trabajadores inmigrantes, profesionales subutilizados intelectualmente, niños en adopción por falta de condiciones para desarrollarse en su propio país, o, como ahora, soldados para que mueran en lejanas y absurdas guerras.

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