MARTES, 16 DE ABRIL DE 2024

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Roberto Angulo

De la opinión a la acción

A fuerza de ensayo y error, ahogado en un mar de versiones fallidas, emergió ante mí un salvavidas: la analogía.

Roberto Angulo
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Roberto Angulo

El primer gran consejo para escribir columnas me lo dio mi amigo Juan Esteban Constaín: “lo más importante es escribir con un estilo claro y ameno”.

Parece trivial, pero no lo es. Constaín, maestro de la escritura clara y amena, alcanza en sus columnas algo que muy pocos logran y es el artificio de una voz que leemos como si la escucháramos en la sala de nuestra casa. Algunos columnistas de esta estirpe son el Nene Cepeda, que se lee con la misma frescura de una conversación de amigos en Barranquilla; Arturo Pérez Reverte, que cuando escribe columnas reproduce el habla de un jinete engatillado, o el maestro Antonio Caballero, que usando el mismo símil que le leí a él sobre Picasso escribía sus columnas con la naturalidad de quien se está fumando un cigarrillo.

El segundo consejo creo que se lo leí a Paul Krugman, en una entrevista en la que recomendaba elegir el tema de la columna en el momento de sentarse a escribirla. Tiene razón, cuando el tema se elige con demasiada anterioridad a la ejecución de la idea, podemos terminar padeciendo una suerte de fatiga mental como consecuencia de hacerla y deshacerla en la cabeza.

Aunque el consejo de Krugman es sobre el oficio de escribir columnas, aplicarlo tiene consecuencias sobre el estilo: comprimir el tiempo de concepción y ejecución de la columna hace que ésta salga con la contundencia del trueno que le sigue al rayo.
Hace tres años acepté la generosa invitación de Pacho Miranda a escribir una columna en Portafolio, pero tan pronto empecé me di cuenta que era muy difícil seguir al mismo tiempo los dos consejos. ¿Cómo escribir una columna clara y amena de economía concebida en tan poco tiempo?

A fuerza de ensayo y error, ahogado en un mar de versiones fallidas, emergió ante mí un salvavidas: la analogía. Si algo tienen en común los autores amenos con los economistas (que casi nunca somos amenos) es facilitar la comprensión de una cosa a partir de la búsqueda de relaciones de semejanza con otra cosa aparentemente distinta. De hecho, eso es lo que hacen las metáforas y los modelos económicos.

Esa es la razón de por qué esta columna, casi siempre dedicada a temas de pobreza y desigualdad, se refirió a imágenes como la de una ficha de lego, un cuadro de Lowry, el barco ebrio de Rimbaud, los carruajes de Dickens, y al tiempo desfilaron personajes tan variopintos como los Beatles, el Flecha, Dr. Strange, Daddy Yankee, Blacaman, Voltaire o Hulk.

Toda esta comparsa ha tenido un solo objetivo: razonar y opinar sobre la reducción de la pobreza y sobre cómo podemos contribuir a que todos podamos escoger la vida que queremos vivir.

Pasar de la opinión a la acción implica tener que despedirme con esta columna. Quiero agradecerles a todos los lectores por su tiempo y a Portafolio por la hospitalidad. Tomaré nota para traer nuevas imágenes e historias que contar.

ROBERTO ANGULO

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