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Cristina Vélez

Orgullo nacional

Mi llamado es solo a poner luz en donde no estamos viendo y donde podemos crecer

Cristina Vélez
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Cristina Vélez

Que a mí me conste, durante décadas, hemos ensayado la misma receta a la hora de potenciar nuestra capacidad de exportación de moda. Emparejamos diseñadores con muchos pergaminos con artesanos y costureros.

La premisa detrás de estas alianzas era llevar ‘buen diseño’ a quiénes tenían la capacidad de producir, lograr inyectar de lo que se considera ‘buen gusto’ a las maquilas y talleres de confecciones. Como ñapa, dotábamos de talleres comunales a estas personas donde hay mesas de corte, fileteadoras y demás máquinas costosas que no siempre puede comprar un microempresario solo.

Y hablo de nosotros, porque esta ha sido la aproximación desde la política pública y los esfuerzos de gobiernos locales y nacionales, de la que somos responsables todos.

De estos esfuerzos, han salido cosas preciosas. Colecciones de nicho que tenemos algunas señoras en el clóset y usamos para cosas importantes. Sin embargo, lo que no han salido son grandes potencias exportadoras. Mientras tanto, en un sector al que poca atención le ponen los biempensantes de la moda, se ha consolidado una potencia exportadora de prendas que le llegan a mujeres que quieren exaltar sus curvas de todo el mundo, desde el Caribe hasta Asia suroriental.

El rey de estas prendas es el famoso bluyín colombiano. Ese que levanta las nalgas con sus pinzas estratégicamente ubicadas, tapa rollitos con sus pretinas altas y atrae todas las miradas con su capacidad de adherencia. Ese del que deberíamos sentirnos orgullosos. La industria de los bluyines superó en 2022 los US$70 millones en exportaciones jalonada por esta prenda con sello nacional.

El bluyín colombiano tiene de facto una denominación de origen. Un sello de calidad que implica un sobreprecio que pagan las conocedoras del tema. Una marca que genera recordación y tiene una historia de éxito empresarial con todos los elementos detrás.

Empresas medianas que generan encadenamientos con microempresas, muchas veces de mujeres vulnerables en barrios de Bogotá y Medellín. Empresas que generan empleos formales. Empresas con la capacidad de penetrar mercados y con una prima de precio de más del 20% para el sector. Empresas que venden un producto que se sigue comprando en momentos de crisis económica porque genera estatus. Y una industria que floreció en un punto oculto de la política pública, justo donde nadie estaba viendo lo que estaba pasando en el apetecido mercado del long-tail.

Ojalá sigan surgiendo espacios en los que diseñadores y manufactureros se encuentren. En los que artesanos aprendan de moda y la moda de los artesanos. Pero también otros en los que diseñadores aprendan de la capacidad de leer el mercado de la moda de quienes ya lo conquistaron. Y sobre esto han escrito conocedoras de verdad como Lux Lancheros y Diana Gómez a quien recomiendo leer. Este cuento también me lo sé con la industria metalmecánica y con químicos. Mi llamado es solo a poner luz en donde no estamos viendo y donde podemos crecer. 

Cristina Vélez Valencia
Decana Escuela de Administración
Universidad Eafit.

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