VIERNES, 23 DE FEBRERO DE 2024

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Jorge Restrepo

Un impuesto tóxico

Como la Ley quedó tan mal hecha, la autoridad de impuestos trata de llenar ese vacío con conceptos, excluyendo selectivamente pan y otros alimentos.

Jorge Restrepo
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Jorge Restrepo

Los impuestos para mejorar la salud son convenientes: hacen que quienes generan un costo a la sociedad por sus hábitos de consumo y adicciones paguen parte de lo que se gasta en cuidarlos, le dejan plata al Estado y hasta podrían tener beneficios para la salud.

Muchos de los productos que causan daño a la salud son también adictivos, o por lo menos es difícil dejar de consumirlos, así suba su precio (igual que los combustibles).
Los parlamentos que imponen estos impuestos “saludables” persiguen tanto un objetivo moral como el alcabalero: moderar el consumo, al tiempo que se quedan con parte de las utilidades que generan la gasolina, el tabaco, el alcohol y, donde ya es legal, el cannabis.

En lo anterior, diría, hay consenso. Lo extraño y excepcional es el nuevo impuesto sobre “producción, venta o importación” a “los productos comestibles” que impuso el Congreso en la reforma tributaria y que sagazmente llamaron “saludable”.

Pese a que la Ley se gastó páginas en tratar de precisar los “alimentos ultraprocesados que como ingredientes (sic) se les haya adicionado azúcares, sal/sodio y/o grasas”, terminó creando otro impuesto al consumo, en el que “El hecho generador es la venta, la producción…” y “La base gravable del impuesto está constituida por el precio de venta”.


Como la Ley quedó tan mal hecha, la autoridad de impuestos ha tratado de llenar ese vacío con conceptos, excluyendo selectivamente a restaurantes, el pan, y otros alimentos, según su criterio.

El límite no es claro: no se sabe si una simple ensalada en un restaurante -sin sal ni aceite de oliva- por ejemplo, debe pagar el impuesto o por qué el pan -con sal y margarina- no. Inseguridad tributaria total. La tarifa, que éste noviembre comenzó en el 10%, sube al 15% en el 2024 y llega al 20% en 2025, cuando será superior al IVA que, como éste, el estatuto tributario también llama Impuesto a las Ventas.

Más que saludable el impuesto es tóxico: por inoportuno, pues llega cuando por fin comienza a bajar la inflación; porque no cambia el comportamiento, pues aplica a casi todos los comestibles no sólo a los que tengan más grasa, azúcar o sal, sin diferenciación de contenido; porque es injusto, pues genera una cascada de impuestos a quienes ya pagan el IVA o el impuesto al consumo a niveles expropiatorios.

Los empresarios de restaurantes y del sector de alimentos tienen ahora un gran incentivo a la informalidad, a la des-industrialización. Como los únicos “productores de comestibles” exceptuados (y favorecidos) por la Ley son las “personas naturales con ingresos brutos” menores a $424 millones de pesos, el consumidor tendrá un incentivo para comprar lo que producen pequeños productores, sin economías de escala y sin supervisión ni cumplimiento sanitario alguno.

Ojalá la Corte Constitucional declare pronto inexequible este tóxico impuesto a los alimentos.

Jorge Restrepo
Profesor de economía, Universidad Javeriana.

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