Carlos Gustavo Álvarez
Columnista

Babel

El futuro es una senda de bruma, luego de que el virus desperdigara insolente por el mundo sus coronas fúnebres.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
junio 04 de 2020
2020-06-04 09:00 p.m.
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En aquellos tramos del escasamente milenario acontecer humano en los que se extravían los cánones y se desquician las brújulas, suele acudirse a la imagen de atónito desconcierto que nos legó en el testamentario relato bíblico la Torre de Babel, que imaginamos como el advenimiento de la constitución gutural o el desencadenante barullo de las lenguas que el más grande y castigador Dios de entonces y de los tiempos innúmeros precipitó sobre la frenética soberbia de la criatura que había forjado humilde y aprehensiva, a la que había infundido como un soplo que el principio de la sabiduría era el temor a su némesis, y sin embargo, ahora estaba ahí irguiendo la piedra insolente hacia el cielo, jactancioso y trastornado, si bien Isaac Asimov, que es mi lazarillo histórico en la Escritura, asegura que los autores del Génesis derivaron “Babel” de la palabra hebrea “balal”, que significa ‘mezclado’, ‘confuso’ , ‘confundido’, y aunque inmediatamente aclara que ese linaje etimológico es falso, no puedo emplear en esa disquisición los caracteres que se van agotando y que me veo obligado a usurpar en el viaje raudo de los siglos hasta el presente, único tiempo que nos queda, pues el pasado, al que ahora llaman “la normalidad”, no volverá como lo conocíamos, ojalá, y el futuro es una senda de bruma, luego de que el virus desperdigara insolente por el mundo sus coronas fúnebres, y no obstante el dolor impío, los obituarios anónimos cedieran indefensos ante la pandemia del miedo, la peste de la duda, el contagio de la desconfianza, la plaga de la incertidumbre y el desbocado galope que los jinetes del hambre luctuosa y la pobreza irredenta desbordaran por el mundo cabalgando la pregunta si este monstruo invisible y su cuarentena que asumimos salvadora son causantes o sencillamente detonantes de un volcán silenciado, desdeñado o remitido como una basura bajo la alfombra que tendimos en la forma fetiche de la excluyente dicha individual que levantamos como el zigurat de Babel, pátina de mentira que nos veló la verdad de millones de personas que tenían como espacio de vida unas horas graneadas, exiguas para ellas y para sus descendientes, esparcidos por las calles y los parques y las colinas, sobreviviendo en la extensión de un día perpetuo, mientras manos carroñeras robaban los dineros públicos y hacían de la corrupción una guía abominable de vida gozosa, con la complicidad de la indiferencia nuestra que acolitaba esa riqueza inconmensurable que nos extraía la educación, el pan o la salud o los espejismos de la droga y sus beldades de silicona como modelos sostenibles y lúcidos, paradigmas de barro, atalayas de arena que hoy se derrumban llamándonos no solo a entender el escarmiento que son la desatención, el desdén, la indolencia con que ignoramos la realidad escueta, sino a profesar la obligación de postrarnos ante la epifanía de la compasión y el advenimiento de la solidaridad en esta Babel que no puede malograrnos y debe terminarse como esta nota, ya.


Carlos Gustavo Álvarez
Periodista
cgalvarezg@gmail.com

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