Carlos Gustavo Álvarez
columnista

Chóquenlas, chinos chirriados

Si me faltó alguna por embocholar, me la recuerdan. Yo les pago con un puchero y les encimo una panocha chiquita.

Carlos Gustavo Álvarez
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Carlos Gustavo Álvarez
noviembre 29 de 2018
2018-11-29 10:02 p.m.
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Al chequear las columnas que chapuceé este año, las cuales me permitieron hacer chócalas con buenos chinos y hasta chacotas con chirriadas chicuelas, creo que la más chivateada y chachareada fue la de la CH https://www.portafolio.co/opinion/carlos-gustavo-alvarez-2/carlos-gustavo-alvarez-chichipato-y-chuchumeco- 514795. Todavía la siguen reproduciendo como un chisme chévere o una chiva chocante, pero yo ya estoy muy cucho y con muchas chocheras para chicanear como un chulo y tirármelas de chacho.

No tuve que meterme a un chuzo chapucero a chorearme unas palabras. Me enchipa la chabacanería y me choca la cháchara. Me llegó así, de pura chepa, un chiripazo, y a mí me pareció una chimba –como se chancean ahora los chivatos– que mis lectores aprendieran que una cosa es una chupa chapucera y otra una chuspa chusca. Chapaleé un tanto y chapoteé en el antaño, cuando no había que ser un currutaco para chantarse con un grupo de chiflamicas frente a las ventanas de las filimiscas por las que uno chorreaba la baba, que reposaban en chinelas, chanclas o chancletas, pero no en chapines, y chasqueaban como si estuvieran frente a la chispa chaval de ‘Los churumbeles de España’, aunque no pasara de ser una chirimía. Y luego, a comer chunchullo y a tomar chicha, a pesar que se desgajara un chubasco o se viniera una chapuza y el adoquinado se llenara de charcos.

Mucho después vinieron los charros y ‘chente’ Fernández, que se plantó la hebra. Y ni los maquetas ni los jumentos y, mucho menos, los mequetrefes, los muérganos, los chisgarabís y los desguarambilados podían dar serenatas si no tenían un pite de pasta en los fundillos, carachas, chanceaba El Chato.

Los hombres cacharreaban y chancleteaban los carros, les cuidaban el chasis y les soplaban el chicler de mínima, cuyo sabor pasaban aspirando cachimbas. Las mujeres cuchicheaban, les echaban ojo a los chuscos y paladar a los churros, y se ponían felices cuando les decían ‘mi cuchi cuchi’.

El país era el mismo de ahora, pero como vivíamos aislados no se sabía nada y todo lo volvíamos chascarrillos. Había chanchullos y chancucos, mucha gente se quedaba viendo un chispero por las chambonadas del gobierno y las chalequeadas al presupuesto, y, entonces, sí que vivían dándose chumbimba y temerosos de los Chulavitas y de la chusma.

El peor lugar para vivir era un cuchitril que podía volverse un chiquero, en el que siempre transitaban cucarachas, no había palo para cucharas y la única diversión era hacer sombras chinescas, don Cuchufleto.

Chita era la mica de Tarzán, porque la mona era Jane. Había gente que tenía cabeza de chorlito y era tan chinchosa como el regaetón.

El país era el paraíso de la CH. Salpicaban la geografía nacional nombres como Chachaguí, Chaguaní, Chalán, Chaparral, Charalá, Chigorodó, Chimá, Chimichagua, Chinácota, Chinavita, Chinchiná, Chiní, Chipaque, Chipatá, Chíquiza, Chiriguaná, Chiscas, Chitaraque, Chivatá, Chivor, Chiquinquirá, Choachí, Chía (donde habita la Gracia) y Choconta, la patria chica de ‘El chupo’ Plata, adonde uno iba de chismoso a ver las antenas de Telecom. Hoy Telecom no existe y las antenas están descascaradas y canchosas.

Si me faltó alguna por embocholar, me la recuerdan. Yo les pago con un puchero y les encimo una panocha chiquita.

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