Carlos Gustavo Álvarez
Columnista

Conspiración de Acuario

En la redacción mandaba la voz imperial de don Enrique Santos Castillo, por quien guardo un afecto espléndido y una admiración inmarcesible. 

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
diciembre 17 de 2020
2020-12-17 08:30 p. m.
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En 1979, cuando comencé a volcar el magma de mis inquietudes literarias en el quehacer periodístico, la redacción de El Tiempo, que la visión de Luis Fernando Santos había puesto a acampar en los entonces potreros ventosos de la Avenida El Dorado, era una especie de Olimpo irrepetible.

Los cronistas dominicales de lujo eran Germán Manga, Fernán Martínez Mahecha y Germán Santamaría. Las páginas deportivas volaban con la pluma fina de José Clopatofsky y la revista Cronómetro era bañada por el don de la buena palabra de Mario Posso Jr.

Las crónicas pasaban por el faro del maestro Bonilla, y llegaban a las manos de Guarino Caicedo, que escribía en clave de son y corregía con el mismo bongó. La cultura medraba en el poeta y maestro y amigo Rogelio Echavarría y en Carrusel brillaba la figura de Beatriz de Barcha. Las caricaturas eran de Pepón, Barti y Naide, que ilustró con munificencia mis primeros artículos e iluminó con su amistad aquella época de mi vida. Al frente de la mejor fotografía estaba el Maestro Carlos Caicedo. Muy poco después, llegarían esos sabuesos escritores investigativos que son Alberto Donadío y Gerardo Reyes.

En la redacción mandaba la voz imperial de don Enrique Santos Castillo, por quien guardo un afecto espléndido y una admiración inmarcesible, pues las tres veces que me fui del periódico me despidió con un regaño de última faena y me recibió con la postrera bienvenida de una oreja.

En las columnas de prensa irradiaban tres reflectores. Roberto Posada García Peña, que fue un ángel de mi guarda. Daniel Samper Pizano, que debe estar cansado de las tantas veces que le escribo bondades y gratitudes, y que, creo, prologó “Tome pa’ que lleve el libro” para que aplacara la salmodia. Y Enrique Santos Calderón. Enriquito, como le decíamos para diferenciarlo del papá y con una sincera deferencia de cariño, brillaba desde 1970 con su columna “Contraescape”, que junto con “Reloj” eran las más leídas, en su caso jueves y domingos.

Enriquito era tan buen conversador como escritor, inigualable cuando estaba de buen genio y respetable en el caso que algo –mediocridad o desatino– le saltara la piedra. Le reporté durante el tiempo que me desempeñé como Editor Dominical y me gané la moneda de su exigencia: su cara y su cruz.

No esperé, nunca, que él me diera la pista de un libro excepcional. Hablaba del “extremo centro” en la columna que tiene en “Los Danieles”. Acaparó mi curiosidad inmediata con el nombre de la Era que se inicia el 21 de diciembre, suceso cósmico para el cual elaboré mi álbum musical “Aquarius”.

De “La conspiración de Acuario” (Marilyn Fergusson, 1980) nadie le comentó al columnista, enzarzados como vivimos en la política de parroquia, que es una especie de cicuta. La lectura me sirvió, en todo caso, para reiterarle a Enriquito mi admiración y mi cariño y recomendarles a ustedes un libro solar en esta primera Navidad pandémica.


Carlos Gustavo Álvarez
Periodista
cgalvarez@gmail.com

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