Carlos Gustavo Álvarez
Columnista

El extranjero

Soy un extranjero en la intolerancia que cada día acrecienta el odio entre quienes son hermanos y van a tener que abocarse a la misma desgracia.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
abril 08 de 2021
2021-04-08 08:49 p. m.
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Escribía esta columna cuando la tarde era en el ventanal un cuadro de sol estival, mientras un frío pasmoso asolaba una Bogotá cada vez más inhóspita y desheredada.

De pronto, el tema comulgó con la instantánea del aire y de la luz, y yo me asomé al crepúsculo de una coincidencia: ¿quién era el extranjero? ¿El sol que transcurría en el filo de un viento de páramo o el frío que se incrustaba en este sortilegio de verano?

Creo haber trasegado esta fortuna que ha sido mi vida con cierta solvencia de novedad entre dos siglos. Considero que he ido más allá de los logros esperados para un adulto al que no acunó la digitalización. Y la pandemia encarnizada y falaz no ha derribado con su catapulta de argucias y sus castigos de ausencias la alcazaba de mi ánimo entusiasta.

Y, sin embargo, he comenzado a sentirme extranjero en esta actualidad. En sus convenciones de masas, sus protocolos de trato, sus manías, pomposamente llamadas tendencias.

Al carruaje imperial, más que de la imagen, del afán de exhibirnos para que nos reconozcan y nos loen, no quise abordar mi vida privada. Y soy un extranjero en esa orgía de fotos que exhiben hasta nuestros instantes más íntimos o cargan las redes de insustanciales registros, como la captura de un plato de comida, en el que el me gusta palatal es reemplazado por afanosos “me gusta” forasteros.

Soy un extranjero en esa deriva del conocimiento que, como nunca antes, había sido tan cuantioso y desbordado, y que de tanto ir y venir se ha dilatado, sin consuelo, como una pátina de superficialidad. La pérdida de la profundidad ha hecho metástasis en relaciones y amistades, en las palabras y en las confianzas, y en el mismo amor, menesteroso soberano de burlas. Tal vez mi nacimiento al casi extinguirse la quinta década del siglo XX. O la formación espartana que me infundió mi madre, ella misma acrisolada en el rigor de su vida. En todo caso, esas instancias u otras epifanías me llevaron a ser completamente fiel a la palabra que doy o a comportarme con las damas, mucho más las amadas, con una cortesía indeclinable de caballero atávico.

Nada qué hacer: hoy mis modales me convierten en un extranjero, disonante en este mundo ladino de groserías y procacidades, de descomedimientos para hablar el amor, y mis voces calmosas para hacerme oír zozobran en un cosmos tiranizado de gritos y gargantas estentóreas.

Soy un extranjero en la intolerancia que cada día acrecienta el odio entre quienes son hermanos y van a tener que abocarse a la misma desgracia. Un extranjero en la impaciencia que nos traído la dictadura del instante, en el quebrantamiento de la voluntad para aguardar, esperar, persistir y no tomar la ruta rampante del atajo, de la viveza, del camino no más simple sino más expedito de la trampa.

Extranjero, en fin, que soy, como esta tarde inaudita.

Carlos Gustavo Álvarez
Periodista
cgalvarezg@gmail.com

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