Carlos Gustavo Álvarez
Columnista

El mago Lémber

Heredó el alcoholismo de su padre de ultramar y vino a vivir con su madre. Junto a ella yace.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
enero 14 de 2021
2021-01-14 08:00 p. m.
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La última vez que había advertido una referencia a Ambalema fue en diciembre, mientras leía “Los sordos ya no hablan”.

Gustavo Álvarez Gardeazábal me envió la reedición de su libro profético, en el que compara la bombada del Río Lagunilla con los aguaceros que venían de ese lado del Tolima.

O tal vez, no. Hace más bien pocos días que mi mamá abrió de nuevo su agenda memoriosa y desplegando sus recuerdos cristalinos a los 95 años, me habló de Ambalema. Ella, nacida también en el noroccidente del Tolima, pero en Venadillo, un crisol canicular a 26 kilómetros al oriente de la tierra signada por el Cacique Ambalema a la orilla del Río Magdalena, maceró alguna remembranza.

La Ambalema de Gardeazábal o la de mi madre se ha puesto de moda desde hace pocos días por la historia que Óscar Murillo Mujica publicó en El Tiempo el 9 de enero. Titulada “El ilusionista tolimense que conquistó a Europa” demuestra que, como refrendaba Gabriel García Márquez, aquí no hay que inventar nada para fraguar el realismo mágico: se trata solo de mirar con atención la vida que pasa.

Carlos Eduardo Cázares nació en Ambalema el 16 de septiembre de 1906. Niño avispado, les cargaba las maletas a los viajeros que llegaban en los barcos de vapor por el Magdalena, y con el agrupado de vender dulces y periódicos ayudaba a su madre, que se ganaba la vida en oficios domésticos de agonía.

Hasta que un día, con doce o trece años pajizos, el muchachito se embarcó en la aventura del río. Lo pillaron en Barranquilla y cuando lo iban a emplazar apareció Charles Lémber, un mago británico engominado, que hacía fantasías por el Caribe ya de por sí ilusorio. Se hizo cargo de él.

A punto de acabar el espacio que tengo solo me resta contarles que le cambió la vida. El inglés le enseñó las artes del cubilete y los cuchillos que franquean mujeres de lujo, un ilusionismo de familia, lo adoptó como su hijo, volvió por su madre y la sacó de la inopia y a él lo transmutó en el famoso e internacional “Mago Lémber”.

El relato se nutre de las voces de su esposa Beatriz Andrade, enferma de vejez, y de su hija Patricia, que completa cinco décadas de vida y de orgullo imbatible por la figura de su papá revivido por la crónica mágica de Murillo.

Carlos Eduardo Lémber Cázares murió el 19 de agosto de 1969, según consta en una placa de cemento empotrada en el cementerio del municipio, en el que es una verdadera leyenda.

Heredó el alcoholismo de su padre de ultramar y vino a vivir con su madre. Junto a ella yace. Lo enterraron luego de una despedida de bambucos, como era su ilusión. Aún se pasea por ahí en su función de mago y hoy es una noticia increíble, que, como un conejo de vodevil, ha sacado Ambalema del insondable cubilete del pasado.

Carlos Gustavo Álvarez
Periodista
cgalvarezg@gmail.com

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