Carlos Gustavo Álvarez
Columnista

Los últimos zares 

Y que siempre, siempre, pueden andar por ahí desde un Lenin hasta un Rasputín…

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
julio 11 de 2019
2019-07-11 10:00 p.m.
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La más reciente serie estelar de Netflix confirma el auge del género histórico como alternativa de entretenimiento y combina en las dosis adecuadas tres elementos complementarios. Un drama desarrollado con apropiados actores y escenarios de lujo. Imágenes de la época, que enriquecen la trama. Y el testimonio de historiadores que contextualizan el relato.

Algo más: trae sobradamente a referencia esa frase famosa atribuida a Confucio, Napoleón y Santillana, y que puede ser de ninguno de los tres, que vaticina que quien no conoce la historia, está condenado a repetirla.

Se trata de “Los últimos zares”. Historia de Nicolás II de Rusia, que asciende a la condición suprema y divina de zar a la muerte de su padre Alejandro III, y que gobierna desde 1894, y con solo 26 años, un imperio de convulsiones. Su familia poderosa, los Románov, la nobleza autocrática, los bolcheviques, la Primera Guerra Mundial y la sedición paulatina de una población famélica y descuidada -- ignorada por el zar y su mundo de huevos Fabergé--, son algunos de los elementos que confluyen en uno de los momentos cruciales de la historia.

La serie ilustra el destino de calvario al que se ve abocado un buen tipo. Eso era Nicolás. Elegante, buen bailarín, políglota, inteligente, honrado y meticuloso, combinaba ese dechado de cualidades con un amor artístico por la milicia. Con sus dotes culturales y su gusto almibarado por la buena vida, era también un padre ejemplar.

Pero, como él mismo lo dijo, no estaba preparado para ser zar. Punto. Rápidamente se deja embaucar por los consejos de su tío Sergio, quien lo obliga a refrendar el carácter autocrático del gobierno. Y que, además, lo mete en su primer lío, justo el día de su coronación. La mala organización de un convite monumental al que convoca al pueblo hambriento que crecía en los suburbios de San Petersburgo, y en la extensión infinita de la madre Rusia, termina con la muerte de cerca de 3.000 personas. Nicolás, mal orientado, por supuesto, no atiende ese pecado contra su pueblo. Prefiere irse a bailar. Cero y va una.

Lo que sigue es una sucesión de errores, en los que colabora de manera decidida su esposa, la alemana Alix de Hesse, conocida como Alexandra Fiodorovna, protagonista de un drama familiar que aportó su cuota de desastre en la vida de Nico. Este tenía dos obligaciones: conquistar territorios y procrear un hijo hombre para que lo sucediera. De lo primero, nada. Tuvieron cuatro hijas. Y amparados por todo tipo de peticiones al Dios que ungía al “padrecito”, y del que era descendiente directo, dieron a luz a Aléksei. Y con él, hemofílico, se abrió la puerta para el que, sin duda, es el personaje más siniestro de la serie.

Si estaban mal, y el mundo comenzaba a conflagrar a su alrededor, la llegada de Rasputín, el monje loco, es su condena. Y hasta aquí cuento. Para no dañarles la serie a los que quieran verla. Y entender cómo a un hombre, por más simpático y buena papa que sea, le puede quedar grande su lugar en la historia. Y que siempre, siempre, pueden andar por ahí desde un Lenin hasta un Rasputín…

Carlos Gustavo Álvarez
cgalvarezg@gmail.com

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