Carlos Gustavo Álvarez
Columnista

Memoria de un gran hombre

Admiré y sentí por Belisario Betancur un afecto de asombro, que se volvió gratitud cuando prologó mi libro “Paisas en Bogotá”.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
agosto 13 de 2020
2020-08-13 09:45 p.m.
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¿Puede suceder que luego de tres años de conversaciones regularmente semanales, que no sobrepasaban el lindero de los 90 minutos, y cuando en la más reciente ya se habían puesto en el crisol editorial las fotos elegidas, la portada y el título, el gran personaje del libro se despidiera de esta vida y transmutara la tertulia en memorias?

Es el caso de “Sin límite”, que la Universidad de Los Andes publicó unos días antes de que la cuarentena rompiera la normalidad de espejismo de nuestras vidas. Es la recopilación valiosa de las charlas que sostuvieron Carlos Caballero Argáez y Diego Pizano Salazar con Belisario Betancur Cuartas Sánchez León, un campesino desplazado que quería ser tipógrafo, poeta y librero y alcanzó, aferrado a la cometa del mérito, la Presidencia de Colombia.

No ha habido testimonio más esperado que el de este hombre que creció con el rasero del pie descalzo y murió en la más alta dignidad del exilio gubernamental, guardando desde la vespertina del siete de agosto de 1986, y sobre los asuntos de ocho períodos presidenciales, un silencio de cartujo ejemplar.

La historia es de película. Y se desgrana atractiva combinando lo que caracterizó a este buen hombre de Amagá, Antioquia, que remonta el origen de su apellido a un filibustero francés que conquistó en el siglo XV las Islas Afortunadas, y a quien pusieron el nombre de su primer hermano muerto, de los 22 que tuvo su mamá, en honor a un general que figuraba en un libro sobre el Imperio Bizantino que le fiaron a su papá.

Así es el relato: filigrana de memoria meticulosa, cultura inverosímil, hablar de acento y manotazos y hechizo de magistral conversador de cultura, historia, música, minucias, personajes y el acontecer inmenso de un mundo que conocía a través de las letras –niño genio que aprendió a leer y a escribir a los cuatro años en las pausas de la arriería– y de un periplo vital escanciado de fortunas y reveses.

Entre estos últimos, nada qué hacer, está la desdicha colosal de esos días cavernosos que comenzaron el 6 de noviembre de 1985. Y en los que el mundo se le desplomó con las tragedias del Palacio de Justicia y de Armero. Capítulos del libro ahondan en la adversidad que sigue sin zanjarse, aún transcurridos los 35 años que se cumplirán en este 2020 de virosis fatal.

Escribo esta nota recomendando “Sin límite” no solo por el personaje y por el respeto al buen trabajo de sus autores, de Marcela Villa y Yadira Niño, que los acompañaron en la orfebrería silenciosa, y de Conrado Zuluaga, que lo maceró en una edición de alquimista…

Admiré y sentí por Belisario Betancur un afecto de asombro, que se volvió gratitud cuando prologó mi libro “Paisas en Bogotá”, del que por supuesto, hizo parte, atendiendo la invitación de Fernando Panesso Serna. Entonces, como ahora, sigo pensando que su leyenda memoriosa corresponde a esas de “no te lo puedo creer”.

Carlos Gustavo Álvarez
Periodista
cgalvarezg@gmail.com

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