Carlos Gustavo Álvarez
columnista

Papel higiénico: ¡qué rollo!

Ojalá este tiempo de tantas lecciones, que nos llegan como del oráculo, también nos enseñe a no malgastarlo en el cubículo.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
marzo 19 de 2020
2020-03-19 10:39 p.m.
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La calamidad de salud que azota al mundo, gústenos o no, será también la enfermedad infecciosa más caricaturizada y ‘memeada’ de la historia. Es una paradoja infame, solo posible por el desbordado sentido del humor bueno y la mentecatez del chiste funesto que inundan las redes.

Memes, montajes y burlas se han recreado con la singular orgía de compra de papel higiénico que se ha dado en los países afectados, incluido Colombia. Paquetes y ‘pacas’ de rollos desbordan la contención de los carros de mercado. Y miles de personas salen de tiendas y de grandes superficies con el artículo en la mano. Como un trofeo, protección tutelar contra una especie de jinete del Apocalipsis, encarnado en la bestia de una diarrea ecuménica.

La demanda fenomenal del papel toilette, como se le llama con afrancesado acento, ha quedado registrada en imágenes que hacen incontrovertible la desmesura. Incluyen el registro de un hombre en Australia –donde se reguló la venta per cápita–, que, cuchillo en mano, disputó a muerte la última unidad que había dejado la rapiña. Ha sido tan sorpresivo y multitudinario este delirio, que ya se ha convertido en una curiosidad científica.

También la historia del papel higiénico es digna de fisgoneo. Si el covid-19 salió en un estornudo de China para el mundo, allá, también, y como casi todas las cosas que conocemos, nació el papel higiénico. Y no fue ayer. Aunque fue inventado por el conocidísimo Cai Lun, en el siglo II D.C., está probado que, cuatro centurias antes, ya servía para lo mismo que sirve ahora.

Wikipedia reseña que, en el siglo XIV, durante la Dinastía Yuan, la producción del adminículo ya era cuantiosa: diez millones de paquetes de 1.000 a 10.000 hojas de papel higiénico cada uno. El estrato imperial lo usaba perfumado en el receptáculo y los de más abajito “se limpiaban con la mano y agua, trapos viejos, virutas, hojas, hierba, paja, piedras, arena, musgo, nieve, cáscaras de plantas, helechos, pieles de frutas, conchas o corazones de maíz, según el país, las condiciones climáticas y costumbres sociales”. El aguante in situ era mayúsculo.

Estados Unidos es el mayor consumidor. Por cada persona, al año, 12,7 kilogramos y 141 rollos. Resulta minúsculo, porque otra fuente refiere 22 kilos por gringo. Le siguen en el montículo, Alemania y el Reino Unido.

En mi opinión, el papel higiénico es el símbolo del desperdicio. Tal vez por su condición de rollo, como lo vendieron en 1890 los inolvidables hermanos Scott, años después de que su compatriota Joseph Gayetty lo comercializara como “papel medicinal”, le pusiera alóe vera y lo recomendara para las hemorroides. Todos sabemos cómo se jala sin piedad. Incluso las propagandas han puesto desde bebés hasta canes a derrocharlo alegremente.

Existe el imaginario que, como el agua, nunca se va a acabar. Bien lo saben los administradores de baños públicos. Ojalá este tiempo de tantas lecciones, que nos llegan como del oráculo, también nos enseñe a no malgastarlo en el cubículo.

Carlos Gustavo Álvarez
Periodista
cgalvarezg@gmail.com

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