Carlos Gustavo Álvarez
Columnista

¡Váyanse pa’l carajo!

Difícil encontrar un hablante del español que no haya o al que no hayan mandado pa’l carajo.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
agosto 27 de 2020
2020-08-27 10:04 p. m.
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Una de las palabras más usadas en nuestra lengua castellana, traspasando tiempos, curvas sociales y caprichos geográficos, ha adquirido más notoriedad por volverse recurrente en protestas y estribillos de arenga.

Es el famoso “carajo”, que hoy apalanca y remata consignas como “¡El pueblo no se rinde, carajo!” y “¡Viva la libertad, carajo!”, y quién sabe cuántas más expresiones del carajo, vaya uno a saber…

Y, sin embargo, no se sabe (exactamente, digo) qué significa “carajo”. De esa manera, clasifica en la categoría de misterios, como la razón sucinta y categórica que explique esta insoportable volubilidad del carácter humano, qué carajo.

Difícil encontrar un hablante del español que no haya o al que no hayan mandado pa’l carajo; que no haya dicho o al que no le hayan dicho “¡Me importa un carajo!” o que alguna vez no se haya sentido como un carajo.

La coincidencia es que tampoco hay persona que sepa (puntualmente, digo) dónde queda el carajo, qué tamaño tiene y qué lo caracteriza, para que yo pueda decir que esta columna me quedó del carajo.

Nadie ha ido hasta el carajo –enviado, mandado o compelido— y ha regresado a contar la historia. Digamos, “estuve y vengo del carajo, queda en tal parte, qué jartera, no vuelvo…". Nadie. Y nadie sabe tampoco si el carajo es más chiquito que el yanomi, el nanómetro o la micra y por eso es un verdadero carajo.

Busqué en el diccionario de mi amiga María Moliner y ella, sin más, lo mandó pa’l carajo. No aparece. Está “caraja”, que es el nombre aplicado a una tribu del Brasil o un término de marinería pesquera, referido a una vela cuadrada. No está “carajo” en ningún carajo lugar.

Su tocayo de la RAE refiere que carajo es el miembro viril, acepción que yo jamás he escuchado y no creo que se diga, a menos que uno tenga un pene del carajo. Relaciona también a “carajo” (y “caraja”, por equidad de género) como un término despectivo, y pasa a incluirlo en una serie en la que participan: al carajo, carajo, del carajo, irse algo al carajo, mandar a alguien al carajo, un carajo y qué carajo.

Una versión, también ella marina, asegura que el carajo era un puesto en lo alto del palo mayor, adonde se remitía a los castigados (mismo origen punitivo de “la porra”, que queda un poco más acá de “la quinta porra”). Luego de pasar varios días ahí –pleno sol, pájaros revoloteando–, cuando descendían valían menos que un carajo.

No es, tampoco, el puesto del “vigía de los galeones”, como también se le define. Esa es la cofa. Así que, después de tanta carajada, sobre su procedencia y significado estamos en las mismas.

Del carajo, pues, se sabe taxativamente eso: un carajo. Más se conoce del carajillo. En todo caso, así el pueblo no se rinda, carajo, y viva la libertad, carajo, si no cambiamos esto y seguimos igual, nos estamos yendo todos pa’l carajo.

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