Cecilia López Montaño
análisis

La desigualdad: el gran pecado de Colombia

Es clave un cambio fundamental en las políticas sociales y una gran reforma laboral que deje de concebir el trabajo como un costo. 

Cecilia López Montaño
POR:
Cecilia López Montaño
mayo 13 de 2020
2020-05-13 10:21 p. m.
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La sociedad colombiana no puede seguir tomando sus profundos niveles de desigualdad como parte del panorama nacional. Tampoco es consuelo el ser parte de la región más desigual del planeta, lugar que se empieza a compartir con el África, según algunos analistas.

Sea como sea, estamos entre los más desiguales de los desiguales. Ningún modelo de desarrollo ha podido abordar eficientemente esta forma tan injusta de distribuir costos y sobre todo beneficios del crecimiento económico y cuando mejoramos mínimamente, como sucedió en la última década, algo sucede y retrocedemos.

Lo vivimos entre finales de la década del 80 y los años 90. Es decir, la desigualdad en Colombia parece ser una de esas realidades que se resisten a mostrar cambios realmente sustantivos independientemente de que tengamos o no bonanzas económicas.

La pregunta que debe hacerse es por qué somos así y la primera respuesta se sale del campo de la economía para tocar más bien otras dimensiones como la de los valores de los distintos sectores de la sociedad.

La verdad es que la desigualdad les conviene a los sectores privilegiados: mano de obra abundante y barata no solo en sus actividades productivas sino en su vida personal. No es sino escudriñar un poco en esas áreas muy poco estudiadas por los economistas: el servicio doméstico y todos aquellos trabajos que le hacen la vida fácil a quienes están en los sectores de mayores ingresos y que además concentran la riqueza.

Los jardineros, los y las cuidadoras de niños, enfermos o adultos mayores, los conductores y muchísimos más, porque son millones de mujeres y hombres a quienes no se les paga de acuerdo con lo que manda la ley.

A estos trabajadores agreguemos todos aquellos que nos ofrecen en las calles aguacates y frutas de cosecha que no siempre se consiguen en los super mercados, que se ubican especialmente en barrios elegantes. A los que se agregan los pintores y todos los que nos salvan cuando algo se daña en el hogar y que forman parte de ese ejército informal de personas que viven del día a día. Pero hoy, la desigualdad de la sociedad colombiana muestra la terrible cara de esta situación y saca a la luz sus peores vicios.

Desde la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, hasta los dueños de apartamentos lujosos, pasando por aquellos que dejan encerrado al cuidador de su propiedad durante la pandemia, los tratan no como trabajadores sino como esclavos en pleno siglo XXI. Es la expresión de su profundo desprecio por aquellos que menos tienen.

Ahora bien, como era de esperarse, esta inmensa crisis en nuestro país tan desigual no distribuye sus costos de la misma manera. Y esto tomará dimensiones inimaginables porque como lo señala recientemente el estudio del BID y la Universidad de Cornell, la desigualdad se profundizará en la región latinoamericana de manera muy severa.

Pero, además, en el ambiente se evidencia que el Estado en estos momentos no tiene la conciencia de que precisamente por estos profundos desequilibrios de nuestro país, las ayudas requieren priorizar a los que más lo necesitan. Mucho para los grandes poco para los pequeños.

La propuesta de los gremios de grandes productores y de políticos como Germán Vargas Lleras de que todos ponen, refiriéndose a la distribución de los costos de la pandemia entre trabajadores y empresas, reflejan ese profundo desconocimiento de la desigualdad de ingresos y de riqueza que nos caracteriza.

Y lo grave es que el gobierno parece comprar algunas de estas ideas como se desprende de las palabras de la vicepresidenta. Pero resulta que se les olvida que el mundo no empezó hoy y que estas grandes empresas han acumulado ganancias y los sectores de ingresos muy altos han acumulado ahorros.

Esto es exactamente lo que no les pasa a la mayoría de sus trabajadores que, en este país de salarios bajos, viven con lo necesario. Se necesita ser muy ignorante o muy insensible para proponer ahora que todos, empresas y empleados, aporten por igual en medio de esta crisis.

Como gracias a la pandemia el Gini que mide la concentración de ingresos volverá a sus peores niveles, la desigualdad debe ser la prioridad entre los temas que no pueden seguirse postergando cuando se vuelva a recuperar la economía y se discutan los lineamientos de las nuevas estrategias de desarrollo.

Pero no será fácil, porque esta estrategia de reducir inequidades empieza por una reforma tributaria como nunca la hemos tenido en el país que además, que elimine de una vez por todas los beneficios para sectores y empresas de ingresos altos y de mayor tamaño.

Y para solo iniciar esta discusión, se requiere un cambio fundamental en las políticas sociales y una gran reforma laboral que deje de concebir el trabajo como un costo y reconozca su aporte a la demanda interna y por ende al crecimiento de la economía del país. ¿Será posible?

Cecilia López Montaño
Exministra
cecilia@cecilialopez.com

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