Francisco Miranda Hamburger
Editorial

Cerrados y protegidos

Revivir los aranceles a las confecciones implica el regreso a viejos instrumentos proteccionistas que no mejoran la productividad. 

Francisco Miranda Hamburger
Director de Portafolio
POR:
Francisco Miranda Hamburger
febrero 10 de 2020
2020-02-10 09:41 p.m.
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Hace unos días la Corte Constitucional declaró inexequibles dos artículos del Plan Nacional de Desarrollo que aumentaron desde noviembre pasado los aranceles para las importaciones de textiles.

El alto tribunal consideró que, con los artículos 274 y 275, el Congreso se había atribuido la competencia del poder Ejecutivo en lo que se refiere a la regulación del régimen de aduanas, aranceles, tarifas y otros instrumentos.

En consecuencia, la caída de estos dos artículos tumba un arancel de 37,9 por ciento a las importaciones de prendas y complementos de vestir cuando el precio sea menos de 20 dólares por kilo, y otro de 10% dependiendo del valor más 3 dólares por kilo. En otras palabras, un encarecimiento en la entrada de este tipo de productos provenientes del extranjero.

El fallo del alto tribunal respondió a una demanda interpuesta por gremios como la Andi, Analdex y Fenalco. Si bien no se conoce la totalidad de ese fallo, la decisión revivió la polémica de los textileros y confeccionistas contra sectores exportadores y comerciantes por la medida.

Otra consecuencia de la interpretación del fallo es que el balón pasa entonces a la cancha del Ejecutivo. Es decir, el presidente, Iván Duque, debe decidir la resurrección de estos aranceles.

Zanjada la discusión jurídica por los magistrados, los argumentos restantes para la decisión presidencial son los mismos que cuando se debatieron los artículos del Plan de Desarrollo.

Los confeccionistas defienden un mayor costo a las importaciones, ya que protege no solo a la industria nacional, sino también a muchos empleos. Según sus voceros, se habrían creado unos 30.000 nuevos puestos de trabajo en los casi tres meses que duró la medida vigente.

Por otro lado, los gremios opositores esgrimen que estas subidas de aranceles terminan por impactar vía un precio mayor al consumidor final y fomentan el contrabando. En este caso, Fenalco estima en 25 por ciento ese aumento.

El trasfondo de este pulso es qué tanta protección debemos establecer para los distintos sectores- en este caso el textilero y de confecciones-, cómo desmontar las barreras y las medidas no arancelarias y cómo fortalecer un comercio más fluido.

La economía global atraviesa un momento de revisión, e incluso desmonte, de los principios y las arquitecturas tanto de la globalización como del libre comercio. Los nacionalismos y populismos vienen desplegando un brazo económico que tiene su máxima expresión en la guerra comercial entre Estados Unidos y China.

En Colombia se tiene la percepción de que hemos vivido desde principios de los años noventa una “apertura” económica que es la responsable única del declive de muchos sectores industriales y agropecuarios.

Un reciente libro sobre comercio exterior en Colombia, editado por el Banco de la República, indica que la economía nacional ha usado de manera generalizada medidas y barreras no arancelarias que exacerban el proteccionismo.

Las conclusiones de este estudio, en especial con respecto a los últimos 30 años, son contundentes: la estrategia económica ha sido “la protección de la industria nacional sin importar sus costos ni el bienestar de los consumidores”. Para los autores la economía colombiana está menos liberalizada hoy que en 1991 y tan restringida como finales de los años ochenta.

No se trata de negar los impactos negativos que el contrabando, los bajos precios y la competencia desleal de otros países han infligido en los textileros y los confeccionistas.

Tampoco de ignorar que requieren medidas que protejan sus puestos de trabajo. La pregunta es si los aranceles y el regreso al viejo proteccionismo son el mejor instrumento para mejorar la productividad. No lo son.

Francisco Miranda Hamburger
framir@portafolio.co
Twitter: @pachomiranda

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