Ricardo Ávila

Después de la tempestad

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
marzo 12 de 2014
2014-03-12 04:15 a.m.
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A finales de febrero, los 47 gremios que componen la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC) decidieron pedirle una cita al Presidente de la República con el fin de transmitirle varias inquietudes relacionadas con su sector. Temas como la marcha del proceso de paz, la seguridad jurídica, el pacto agrario, la institucionalidad del ramo y la misión rural formaron parte de la agenda propuesta.

Adicionalmente, más de un dirigente se encontraba molesto con el trato recibido por parte del gabinete, incluyendo a los titulares de las carteras de Comercio y Agricultura. La negociación de los acuerdos de la Alianza del Pacífico dejó un mal sabor entre grupos de cultivadores, a lo cual se sumaron las declaraciones del ministro Rubén Darío Lizarralde, quien sostuvo enfrentamientos con entidades como Fedearroz.

Para completar, una entrevista dada por el presidente de la SAC al diario El Tiempo, agitó aún más las aguas. Al referirse a los diálogos con las Farc, Rafael Mejía, se preguntó “¿quién manda aquí: el Presidente o la isla de Cuba?”; y en relación con el pacto comercial suscrito a comienzos de febrero entre Colombia, México, Chile y Perú, afirmó que “el Gobierno fue tramposo, no fue transparente”.

Tales palabras cayeron muy mal en la Casa de Nariño, a donde llegaron las cabezas de las agremiaciones el lunes a las 9 y 30. Bien puede decirse que el ambiente estaba cargado y que llegó a su punto más álgido cuando el propio Juan Manuel Santos, apenas comenzada la cita, le exigió a Mejía que se disculpara por lo dicho.

Tal como sucede a veces en momentos de crisis, la temperatura disminuyó rápidamente, apenas el dirigente presentó excusas, que fueron aceptadas. El golpe de mano dado por el Presidente no impidió que este le dijera a Lizarralde que, como encargado de la cartera que lleva los asuntos del campo, tenía que mejorar sus relaciones y su capacidad de interlocución con el sector.

Tras los sendos jalones de orejas, las cosas fluyeron. Como conclusión del encuentro se definió que los agricultores harán sus observaciones con respecto a la situación de los cultivos transitorios, los permanentes, la actividad pecuaria y la forestal. Puesto de otra manera, hubo un énfasis en puntos sustantivos, lo cual es bienvenido.

Superado el impasse, según lo ratificó ayer la SAC en un comunicado en el que manifiesta su voluntad de trabajar con la administración –y entre líneas se desmienten los rumores sobre la salida de Mejía–, quedan lecciones que vale la pena destacar. Ese aprendizaje es importante, cuando se tiene en cuenta que hay gente que sigue queriendo pescar en río revuelto, como lo atestiguan los llamados a un nuevo paro agrario a finales de abril.

En consecuencia, el Gobierno tiene que ser más rápido a la hora de reaccionar ante las señales de descontento. Por ejemplo, las quejas de la SAC sobre la Alianza del Pacífico llevaban meses en el ambiente y es muy posible que una conversación a tiempo las hubiera desactivado.

Igualmente, las percepciones erradas sobre el acuerdo al que se llegó con las Farc en lo que hace al desarrollo rural, merecen ser aclaradas con regularidad. Si las explicaciones se dan, lo lógico es que sean los gremios vinculados a la producción de alimentos los que identifiquen las oportunidades que vienen con la paz, pues esta ampliaría la frontera agrícola y permitiría que lleguen nuevas inversiones a las zonas rurales.

Lo anterior debe venir acompañado por un pronunciamiento de Santos en el sentido de que las reformas necesarias, tanto en uso de tierras, como en otros aspectos de una política agropecuaria integral, tienen una prioridad que no se puede supeditar al ritmo de La Habana. Y, por último, es evidente el requisito de comunicarse mejor y de manera continua, para que gremios y Gobierno, que necesitan estar del mismo lado, eviten antagonismos que no tienen razón de ser.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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