Ricardo Ávila

Del dicho al hecho

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
diciembre 19 de 2013
2013-12-19 03:53 a.m.
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Vaya manera de celebrar un aniversario. A comienzos de esta semana, el Banco de la Reserva Federal congregó en Washington a algunos de sus exfuncionarios, con el fin de conmemorar en un sobrio acto académico aquel 23 de diciembre de 1913, cuando el entonces presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, firmó la ley con la cual nació la entidad que se ha convertido en una piedra angular de la economía más grande del mundo.

Más allá de los discursos pronunciados para resaltar el camino recorrido, la verdadera importancia de la institución volvió a quedar clara ayer, cuando los mercados recibieron la noticia que estaban esperando: a partir de enero, el programa de compra de papeles –bonos del Tesoro norteamericano y títulos hipotecarios– empezará a disminuir de forma gradual. En un comienzo, la reducción será de 85.000 a 75.000 millones de dólares mensuales, pero con el correr del tiempo la llave se seguirá cerrando hasta acabar con una estrategia que resultó fundamental para que una temida debacle económica no se volviera realidad.

El anuncio coincidió con la determinación de hace cinco años, cuando se desataron las fuerzas que llevaron a la primera contracción del Producto Interno Bruto global, desde el final de la Segunda Guerra. Fue en ese momento que la Reserva Federal adoptó una medida audaz, consistente en darles liquidez a los bancos y conseguir que los engranajes del crédito se siguieran moviendo.

El inspirador de la idea fue Ben Bernanke, quien antes de llegar a la presidencia de la entidad se había destacado como un estudioso de la Gran Depresión, ocurrida en los años treinta del siglo pasado. Convencido de que mantener a flote al sector financiero era fundamental, el economista rompió con los cánones vigentes hasta entonces, incluyendo el de que el banco central no tenía por qué involucrarse tanto en los asuntos del día a día, ni mucho menos correr riesgos al adquirir activos que le podían generar pérdidas.

Por cuenta de lo hecho, los mercados en todas las latitudes se llenaron de dinero abundante y barato. Tal circunstancia permitió no solo que las tasas de interés se mantuvieran en niveles históricamente bajos, sino que las acciones subieran de precio y que las economías emergentes recibieran flujos de recursos a las que no estaban acostumbradas. Como consecuencia, el dólar perdió terreno ante múltiples monedas, incluyendo el peso colombiano, lo cual le restó competitividad a los países en desarrollo.

Al cabo de angustias y debates, el ensayo empezó a dar sus frutos. La economía estadounidense salió de la recesión y, aún sin recuperar todavía la salud que tenía antes de que todo comenzara, ha podido reducir el desempleo hasta el 7 por ciento y reactivar la industria y la actividad constructora. Debido a ello, y como ocurre con los enfermos cuando mejoran sus signos vitales, la Reserva Federal consideró hace unos meses que había llegado la hora de reducir la dosis.

La primera señal generó cierto nerviosismo, evidenciado por un alza en los márgenes de riesgo de los bonos públicos y privados que afectó a los países emergentes. Con el paso de las semanas se vieron muchos altibajos, dependiendo de las señales que hacían ver más o menos inminente el apretón.

Curiosamente, cuando Bernanke dio a conocer la determinación, las bolsas reaccionaron favorablemente. El motivo es que el presidente de la entidad -quien pronto será reemplazado por su número dos, Janet Yellen- subrayó que esta velará porque los intereses se mantengan bajos, lo cual, al fin de cuentas, es lo más importante.

No obstante, sería ingenuo pensar que todo se mantendrá como antes. En consecuencia, es bueno tener en mente que el acceso al crédito internacional será menos fácil y que la presión cambiaria subirá, influyendo sobre el peso. Desconocer el cambio que viene puede salir costoso.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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